Federico Andahazi: “En las misiones jesuíticas, Bonpland concretó la utopía del buen salvaje”
El médico y naturalista francés, obsesionado con el cultivo de la yerba mate, que dejó todo para instalarse en la selva misionera a principios del siglo XIX, protagoniza el nuevo libro del autor de El anatomista
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Aimé Bonpland se enamoró de la yerba mate mucho antes de llegar a América del sur. No bien probó un mate, el botánico francés se obsesionó: estaba convencido de que esa infusión podía convertirse en un fenómeno tan grande como el té en Inglaterra -o incluso mayor- y dedicó años a descubrir el secreto para cultivarla en grandes extensiones. Cuando lo logró, ese saber le costó diez años de cautiverio en Paraguay y una transformación profunda que lo llevó a abandonar la vida europea para abrazar el mundo guaraní.
En El prisionero del yerbatal (Grijalbo), la última novela de Federico Andahazi, el autor rescata esa historia extraordinaria y la reconstruye a partir de una minuciosa investigación: viajó a la Triple Frontera para convivir con comunidades guaraníes, rastreó documentos y viejas enciclopedias, conversó con descendientes de Bonpland y armó hipótesis literarias para iluminar los silencios de esa biografía que lo fascinó. Así logró una novela que, además de contar una aventura desconocida e increíble, invita a mirar de otra manera ese gran compañero de muchísimos argentinos: el mate.
-¿Cómo se encontró con esta historia y por qué convertirla en un libro?
-Estaba trabajando en la bibliografía de mi novela anterior, Mares de furia, y Bouchard y Bonpland eran contemporáneos. A medida que iba buscando bibliografía para Bouchard, me encontraba una y otra vez con Bonpland. Cuando terminé la otra novela supe que tenía otro gran personaje, además muy inexplorado. Humboldt y Bonpland son dos calles paralelas en Palermo, y en general lo que sabemos de ellos es poco. Pero, ese viaje que hicieron juntos fue, para mí, el segundo descubrimiento de América.
-¿Por qué?
-La cantidad de especies que catalogaron, las mediciones que realizaron, el ascenso al Chimborazo, un monte de más de 5000 metros, con un equipo tan rudimentario para la época… En fin, es toda una épica de la que se habló muy poco. Y lo que más me sorprendió fue que, durante todo ese viaje, Bonpland mantuvo en secreto, incluso para Humboldt, una idea que llevaba in pectore. Era una idea genial, porque él había probado el mate en Francia: un comerciante de té se lo dio a conocer y, desde ese momento, el mate se convirtió en una obsesión para Bonpland. Él sabía que había algo allí que podía cambiar el curso de la historia.
-¿Para tanto?
-No se equivocaba. El primer jalón hacia la independencia de Estados Unidos fue el “Tea Party” de Boston, cuando los ciudadanos se rebelaron contra el abuso de los impuestos y arrojaron toneladas de té al mar. Bonpland imaginó algo así como un “Mate Party”. Pensó que podía ser no solo un gran emprendimiento económico, sino también una forma de financiar la futura independencia de los pueblos del sur de América. Por eso hace un segundo viaje, esta vez con su esposa francesa, Adélie. Llega con esa idea: se instala primero en Buenos Aires y después se dirige a las antiguas misiones jesuíticas, que para entonces ya estaban en ruinas. Allí empieza a experimentar con la yerba mate. La primera gran sorpresa que se lleva es descubrir que se trata de una planta indómita, que hace lo que quiere. Cuando no quiere crecer, no hay forma; en cambio, donde no la quiere, aparece como una maleza. Los guaraníes la consumían en estado silvestre.
-Ahí se le complican sus planes...
-Después de mucho experimentar, Bonpland encuentra la manera de domesticar la semilla de la yerba mate. Y lo hace, curiosamente, bajo los efectos de un mate alucinógeno. Eso es lo fascinante. Los guaraníes tenían un mate para todo: ritual, ceremonial, medicinal. Para cada acto de la vida había un tipo de mate. A partir de entonces consigue desarrollar plantaciones como nadie había logrado hasta ese momento. Lo que ocurre es que, del otro lado del río estaba el dictador [José Gaspar] Rodríguez de Francia, un personaje increíble. Cuando ve esos yerbatales, comprende que representan su sueño. Porque él ya se había apropiado de todos los campos, de las llamadas “estancias de la patria”. Entonces decide enviar una partida de soldados. Asesinan a los peones de Bonpland y a él lo secuestran. Su esposa francesa ya había regresado a París y él convivía, como era costumbre en esos pueblos originarios, con una esposa y una concubina, con quienes tenía dos hijos. Lo secuestran junto con toda su familia.
-Ahí empieza su cautiverio.
-Duró diez años, y los pasó trabajando como un esclavo. Bonpland hizo muchísimas anotaciones botánicas, pero nunca escribió sobre su cautiverio. Entonces ahí empiezo trazar hipótesis literarias. Yo creo profundamente en las hipótesis literarias. Muchas veces terminan confirmándose de una manera u otra.

-Entonces, ¿hay mucha ficción construida a partir de la investigación?
-Totalmente. Soy un ferviente creyente en la literatura. Me parece que, a través de la hipótesis literaria, la narrativa puede reconstruir la historia mucho mejor que muchos historiadores. Cuando estudiás profundamente a Rodríguez de Francia, por ejemplo, podés entender el cautiverio de Bonpland. Cuando investigás a los personajes cuya historia sí conocemos, podés reconstruir con bastante precisión aquello que falta.
-¿Cómo se organiza para una investigación que terminará en una novela?
-Hay muchísimo trabajo de investigación. Todavía conservo la vieja enciclopedia Espasa-Calpe. Recurro muchísimo a ella porque me gusta trabajar con papel. Después consulto también todo lo que aparece en formato digital, aunque siempre con muchísimo cuidado. Mientras escribo trato de no leer ficción para no contaminar mi propia voz.
-¿Y cómo sabe cuándo la investigación está terminada y hay que escribir?
-Llega un momento en el que necesitás no hacer nada. Ya recopilaste toda la información y, sin embargo, no tenés ganas de escribir. Pero hay algo que está trabajando por debajo. Hasta que una mañana te levantás y decís: “Ya está”. Todo se ordenó. Entonces te sentás a escribir y el texto empieza a fluir. Ese tiempo en el que, en apariencia, no pasa nada, es cuando empieza a trabajar la literatura. El magma del que nace una novela es profundamente inconsciente.
-¿Qué decisiones tomó a la hora de estructurar la novela?
-Mientras investigaba hice un viaje a la Triple Frontera y recorrí comunidades guaraníes de los tres países. Fue una experiencia tremenda. La pobreza en la que viven esas comunidades es desgarradora. Bonpland se entrega por completo a esa vida y comparte esa pobreza, a pesar de ser un hombre que lo había tenido todo. Ellos fueron muy generosos conmigo. Compartieron ceremonias rituales y me permitieron participar del mate ceremonial. Fue una experiencia que trascendió la literatura.

-¿Qué aportó ese viaje?
-Bonpland había participado de la Revolución Francesa y termina desencantado de la cultura europea. Entonces encuentra, en las misiones, la posibilidad de concretar esa utopía del buen salvaje. Y termina convirtiéndose él mismo en ese buen salvaje. Cuando uno ve las comunidades guaraníes de hoy entiende que allí también hubo una ruptura. Incluso esas comunidades tienen hoy un vínculo con la naturaleza atravesado por una cultura que las empobreció. Lo que sí permanece es la yerba mate. Gracias al contacto con ese pueblo y a la participación en sus ceremonias pude recuperar muchas de esas recetas tradicionales. En la novela aparecen como si pertenecieran a un antiguo botánico, pero en realidad provienen de esa tradición oral. Para mí fue una experiencia que me permitió comprender el lugar que ocupa el mate en nuestra cultura. En todas las sociedades donde se consume mate, esta bebida es muchísimo más que una simple infusión. Todavía hoy conserva lo ritual.
-Para quienes no conocen la historia, ¿quién diría que fue Aimé Bonpland?
-Era un hombre con una formación académica extraordinaria, médico, botánico, el botánico preferido de Napoleón y de Josefina. Sin embargo, cuando estaba en el punto más alto de su carrera, renuncia a todo y decide instalarse en el fin del mundo. Después de aquel viaje épico, la tarea de Bonpland era escribir todo lo vivido. Y no pudo hacerlo. Pareciera que había algo que le impedía cumplir ese destino académico. Como si su verdadero destino estuviera marcado por esa conexión con la tierra.
-¿Qué descubrió del cautiverio y cuál fue su transformación?
-Entiende cómo funciona la sociedad guaraní y se adapta por completo a esa vida. Comprende que tiene que desprenderse de los patrones culturales que trae de Europa y convertirse en uno de ellos. Además de compartir la esclavitud con los guaraníes, pasó de ser el dueño de una plantación a convertirse en esclavo de Rodríguez de Francia. Desde ese lugar de sometimiento logra comprender mucho mejor la esencia de ese pueblo y del ideal del buen salvaje.
-¿Cree, como él, que el mate puede llegar a equipararse con el té?
-Yo creo que el mate tiene un potencial mucho más poderoso que el té. Primero, porque es portátil. Después, porque el mate, como objeto, ya tiene algo ritual. El té, salvo la ceremonia inglesa de las cinco de la tarde, no tiene esa fuerza. En cambio, cuando aparece un mate, automáticamente se genera un ritual. No tengo dudas de que esta utopía del “Mate Party” a nivel global va a funcionar.
-¿Su rutina de escritura es con mate?
-Los tiempos de la escritura para mí siempre están marcados por el mate. Es muy loco, porque empiezo a escribir con un mate recién hecho y, en general, cuando termino un capítulo, coincide con que se terminó el termo. Además, cada vez que cebás uno, te da la posibilidad de releer lo que venís escribiendo. El mate termina marcando el tempo de la escritura.
-Si pudiera tomarse unos mates con Bonpland, ¿qué conversación tendría con él?
-Le haría todas las preguntas que les hice a las comunidades originarias cuando viajé. Pero, sobre todo, trataría de entender su decepción con la cultura. Le preguntaría cuál fue exactamente el momento en que decidió romper con la civilización. Cuál fue la gota que rebalsó el vaso.
-Cuando habla de cultura, ¿también refiere al consumo?
-En última instancia, sí. Creo que la palabra es alienación. Estamos alienados por el consumo. Yo miro alrededor mío y pienso que podría prescindir del 99% de las cosas que tengo. Estamos metidos en una carrera y ya ni siquiera sabemos por qué estamos corriendo. ¿Para qué todo esto? ¿Cómo llegamos hasta acá?
