IA y educación. ¿Cómo debería ser el aula del futuro?
El desafío es cambiar viejos paradigmas ante el nuevo ecosistema digital, preservando la capacidad crítica
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El badajo siempre termina funcionando en las tendencias. Cuando una sociedad empuja demasiado hacia un extremo, el péndulo vuelve. Después de dos décadas de hiperconexión, los padres de la generación Beta (aquella que comprende a los nacidos a partir de 2025) comienzan a criar a sus hijos en la pausa: menos estímulo, más silencio. En el mundo donde todo puede simularse, lo auténtico se volvió un lujo. Un estudio realizado por el MIT Media Lab junto con la Unesco advierte que las políticas educativas tenderán a retrasar la exposición digital. El modelo proyecta entornos sin pantallas para los primeros años, con el fin de reforzar la atención, la imaginación y la empatía.
El hallazgo coincide con un estudio longitudinal de la Universidad de Oxford: los niños que pasan sus primeros cinco años con juegos analógicos presentan mejores niveles de concentración y vocabulario. La generación Beta podría ser la primera que asocie la tecnología con el límite, no con la expansión. En sus aulas, la IA no será un misterio sino un paisaje.
Mientras la IA se infiltra en la vida cotidiana, emergen signos de saturación
“Ya el arco y flecha, al permitir matar a mayor distancia, cambió nuestra manera de habitar el espacio –explica Iván Petrella, director de Cultura y Ciencia en la Fundación Bunge y Born–. Hoy los grandes cambios que se vienen tienen que ver no con la IA concebida de manera aislada, sino con la cruza entre ella y desarrollos como la biotecnología o la edición génica. Por ejemplo, vamos en camino a ser el único animal con la capacidad de hackear nuestro desarrollo y el de otras especies. Eso sí me parece un cambio de paradigma civilizatorio. ¿Estaremos a la altura de semejante responsabilidad?”. Para Petrella, la revolución es más antropológica que informática: la inteligencia híbrida redefine qué entendemos por humano. Si los algoritmos aprenden de nosotros y a la vez nos enseñan, la educación se vuelve una defensa ética frente a la automatización. No se trata sólo de dominar una herramienta, sino de comprender qué clase de vínculo estamos creando con ella.
Mientras la IA se infiltra en la vida cotidiana, emergen signos de saturación. UNICEF registró en 2024 que más del 60% de los padres europeos y latinoamericanos intenta limitar el uso de pantallas en menores de seis años. La neurocientífica Tania Singer, desde la Universidad de Stanford, comprobó que la exposición prolongada a dispositivos en la infancia altera los circuitos neuronales de la empatía y la autorregulación emocional. En la contracara, crecen las escuelas “low tech”, inspiradas en experiencias ensayadas en Finlandia y Corea del Sur, donde los alumnos aprenden primero a concentrarse y después a programar.
El informe 2025 del Oxford Internet Institute refuerza la hipótesis: los aprendizajes mediados por pantallas tienden a ser más superficiales y menos persistentes que los basados en exploración directa
El economista Eduardo Levy Yeyati, profesor plenario en la Universidad Torcuato Di Tella, observa el panorama con cautela: “No existe aún evidencia empírica sólida de este fenómeno, sino una tendencia emergente que suele interpretarse como respuesta al exceso digital y la fatiga tecnológica de los hijos de millennials hiperconectados, y de los temores de sus propios padres. Esta inclinación hacia lo analógico es saludable porque reconecta con la experiencia física y presencial, que es el complemento natural de una IA generativa entrenada en conocimientos explícitos, pero sin discernimiento ni flexibilidad contextual”.
El informe 2025 del Oxford Internet Institute refuerza la hipótesis: los aprendizajes mediados por pantallas tienden a ser más superficiales y menos persistentes que los basados en exploración directa. Para Levy Yeyati, eso traduce un riesgo: “La educación debería invertir su lógica de siglos: dejar la transferencia de contenidos al modelo y concentrarse en la práctica, la prueba y error, la creatividad y el accidente, que como son difíciles de describir, hoy le son esquivos al algoritmo”. En esa línea, advierte: “La automatización no desplaza solo tareas, sino también valores. Cuando todo se mide por su productividad, lo humano queda fuera del cálculo. Pero la educación no puede guiarse por la lógica del mercado: su función es formar criterio, no rendimiento. Si el aula se parece a un tablero de control, perdemos la experiencia de aprender con otros, que es lo que nos hace sociedad”.
A esa idea se suman datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE): los estudiantes que pasan más de cuatro horas diarias frente a pantallas fuera del aula presentan, en promedio, un 15% menos de comprensión lectora y una mayor dificultad para sostener la atención. En ese contexto, lo analógico deja de ser nostalgia y se convierte en un nuevo capital cognitivo. Los cuadernos, los lápices, incluso el dibujo a mano, recuperan valor pedagógico: son los espacios donde la mente todavía se permite divagar.
Equilibrio
La pandemia aceleró la digitalización educativa, pero también reveló su límite. Un estudio de la Universidad de Buenos Aires y la UNESCO mostró que el aprendizaje remoto amplificó brechas socioeconómicas y de atención. Desde entonces, las políticas educativas buscan integrar la IA sin perder la mediación humana. “Internet reconfiguró las formas en que construimos conocimiento –indica Mariana Maggio, doctora en Educación y miembro del Consejo Nacional de Calidad de la Educación–. Luego, el acceso generalizado a los teléfonos celulares marcó nuestras subjetividades de diversas formas. Atravesamos, además, una pandemia que aceleró procesos de digitalización y, desde el punto de vista educativo, dejó claro que podemos seguir educando en condiciones muy alteradas. Sin embargo, la vuelta a la presencialidad mostró que aquello no alcanzó para desarticular una matriz didáctica clásica centrada en la transmisión y la repetición”.
La especialista sostiene que la desconexión total es un espejismo: “Tenemos que reconocer que vivimos una realidad híbrida y que nosotros también lo somos. A partir de ahí, construir un balance en el que la escuela enseñe cabalmente a moverse y a crear tanto en el lado físico como en el virtual del mundo. Muchas veces el discurso de la desconexión viene de hogares altamente conectados. Se le pide a la escuela que resuelva un problema que no creó, ya que son las familias las que entregan los teléfonos celulares a edades cada vez más tempranas, y también se le exige que renuncie a las tecnologías cuando en realidad lo que se discute es el uso masivo del teléfono celular”.
En la conversación sobre el rol docente, Maggio insiste en que el aula no puede convertirse en un laboratorio de prueba para algoritmos, sino en un espacio de vínculos y creación compartida. Para ella, la pedagogía sigue siendo el eje que permite habitar la tecnología sin perder humanidad. “La pregunta no es cuánta tecnología hay en el aula, sino qué clase de vínculos produce. Si el aprendizaje ocurre entre pantallas que no dialogan, no hay transformación. Pero si usamos la IA para crear, contrastar y debatir, el conocimiento se vuelve vivo. Lo importante no es domesticar la herramienta, sino reencantar el proceso educativo”.
La cuestión ya no es si la IA reemplazará a los docentes, sino qué lugar ocupará en la formación del juicio
En un artículo reciente publicado en este diario, Guillermina Tiramonti, magíster en Educación, afirma que la educación debe cambiar y adaptarse a estos tiempos: “Además de la capacidad de moldear los modos de vivir, lo digital utiliza una metodología para abordar el conocimiento que dista mucho de la que prevalece en las escuelas. Una investigación por internet o un adecuado interrogatorio a la IA permite acceder a la compleja trama que sostiene la realidad y/o identificar los múltiples elementos que se articulan entre sí para producir un determinado fenómeno, una circunstancia histórica o política”.
Información y sentido
La Universidad de Harvard, en un trabajo conjunto con UNICEF, determinó que la alfabetización digital crítica reduce en un 40 % la propagación de desinformación entre adolescentes. Los programas más exitosos, concluye el informe, no enseñan “a usar tecnología”, sino a interrogarla. Allí aparece un nuevo tipo de alfabetización: ética y algorítmica a la vez. Los nuevos programas de Finlandia, Singapur y la provincia de Buenos Aires apuntan en esa dirección: aulas que alternan lectura en papel con IA supervisada, talleres de pensamiento computacional y pausas de silencio. Cada una de esas pausas se vuelve un gesto político: enseñar a habitar el mundo sin demanda constante. En ese equilibrio, la escuela podría redefinirse como un espacio de resistencia cultural.
La cuestión ya no es si la IA reemplazará a los docentes, sino qué lugar ocupará en la formación del juicio. “Sobra información –indica Petrella–; el sentido y el juicio tienen que ser la prioridad. Hay que poner foco en cómo aprenden los modelos, cómo recomiendan, cómo influyen con pequeños empujones para impulsar conductas. Hay que enseñar a preguntar ¿por qué veo esto?, a verificar fuentes y hacer una pausa antes de aceptar una respuesta. Hay que enseñar a comprobar, contrastar, conversar. Así la IA puede ayudar, pero no decide por vos. La prioridad no es usar tecnología, sino formar criterio, carácter y vida en común”.
La investigación del Center for Humane Technology, en San Francisco, señala que los adolescentes que incorporan rutinas de desconexión voluntaria, como lectura sin pantalla, escritura manual o interacción cara a cara, desarrollan una mayor estabilidad emocional y creatividad sostenida. Lo analógico aparece como ejercicio de libertad: el recreo frente al algoritmo.
“Cuando analizamos la realidad que nos rodea, lo que sobra son problemas inmensos que como humanidad no hemos logrado resolver –coincide Maggio–. La pobreza, la crisis ambiental, los conflictos bélicos, las pandemias… Si abrazamos en la educación esos problemas como horizontes de transformación, está todo por inventar. Necesitamos hacernos nuevas preguntas, crear conocimiento original, colaborar a escala, intervenir en un sentido de paz y de justicia”.
Para Levy Yeyati, el desafío será preservar lo irreductiblemente humano: “Lo que va a tener valor no es lo que se repite bien, sino lo que se imagina distinto”.
En medio de un debate abierto, todo parece sugerir que el futuro de la educación no será enteramente digital ni enteramente analógico. En el mejor de los casos, será consciente. Quizá la apuesta por una infancia analógica no sea un regreso al pasado, sino una defensa del porvenir. La generación Beta crecerá entre pantallas, pero tal vez aprenda a mirarlas con distancia. Los muchos milennials que hoy enseñan a desconectarse no son tecnófobos: buscan rescatar la pausa, la conversación, el asombro. En la escuela del futuro, la verdadera innovación podría ser el silencio: ese territorio donde el pensamiento todavía respira.


