Íntimas novedades del cuento argentino
El género breve se actualiza, y no solo en el territorio del terror; autores como Sofía Balbuena (reciente Premio Ribera del Duero) indagan en los pliegues de las convenciones afectivas
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Ya no es un secreto: el cuento argentino tiene una vitalidad capaz de renovar las distintas formas del género breve. Y no solo en el territorio del terror, que tan magistralmente exploran autoras multipremiadas como Samanta Schweblin y Mariana Enriquez; existen otras escrituras, más íntimas, que empiezan a hacerse visibles porque son capaces de desmalezar las formas de la amistad, el amor y la familia, y así encuentran de múltiples maneras los nombres de las convenciones afectivas de la contemporaneidad.
Sin ir lejos, ocurre con la recientemente premiada Sofía Balbuena (Salto, 1984), quien ganó el Premio Ribera del Duero por Personaje secundario. Son cinco relatos que ahondan en el mundo interior de sus protagonistas y exponen la densidad y las contradicciones que las acechan mientras son madres, profesoras, parejas de alguien, amigas, mujeres que deambulan por una ciudad dormida. Esto aparece ya desde el primer cuento, “La mejor persona del mundo”, que sigue la historia de una joven que cuida a su hija en una plaza. La observa y se pregunta qué hace ahí, cómo se convirtió en madre y si verdaderamente quiere serlo. Las escenas tienen la amabilidad de tramar una realidad familiar que, sin estridencias, muestra su contracara en un ida y vuelta que habla del deseo con toda su luminosidad y sus sombras.
El deseo, sin duda, es el núcleo incandescente de los cinco cuentos. Desde el comienzo “Tsunami” lo hace evidente: “Reina llegó a Lorenza como una ola”, dice. Y así da vida al amor de una pareja de profesoras que viven casi aisladas en un pueblo perdido de los Estados Unidos. Dan clases en una universidad, compiten, son intensas y, a la vez, independientes. Tratan de ser honestas, aunque no siempre lo logran. De igual modo, en “Mejores amigos” se narra el vínculo entre una chica y un chico que crecieron juntos porque sus madres los criaron solas. Se llaman primos, pero no lo son y empiezan a sentir una tensión que enrarece la familiaridad que tenían. Son inexpertos; sin embargo, los cuerpos parecen saber algo que ellos todavía no. El pueblo, la siesta, el calor y un paseo en moto hablan, mejor que cualquier explicación, de eso que los incendia.
Con más extrañeza y una sensación de revelación similar, los siete cuentos de El nombre de todos los sonidos del bosque, de Santiago Craig (Buenos Aires, 1978), consiguen que lo extraordinario se vuelva íntimo. Ocurre, por empezar, en el texto que da título al volumen: una mujer duerme y sabe que, al abrir los ojos, va a ver un bosque, la maravilla de todos los árboles. Vive sola en una cabaña, un poco aislada; se encuentra con un grupo de chicos que tiran botellas a los patos y, luego, con un desconocido que maneja una camioneta. Siempre escucha los sonidos que la rodean: percibe, y nos hace percibir, lo imperceptible. Es uno de esos relatos en los que una mirada es un personaje y, a la vez, un universo. También hay una mujer sola en “Seis cartas desde el campo”, solo que esta vez vive rodeada de gente. Por empezar, su marido, quien no la deja tener noticias del mundo y quiere aislarla porque está embarazada; dice que así la cuida. La narración avanza a través de las cartas que ella envía a su abuela, en las que aparecen, entre líneas, signos de que algo no anda bien entre ella y el recién nacido, y en el mundo que la circunda.
Se nota la madurez de Craig en este cuarto libro de cuentos, que le permite la libertad de asumir riesgos. Se ve en su modo de desorganizar el lenguaje para hallar un orden más honesto, o bien en el fluir entre géneros. Es cierto que algo de esto ya aparecía en los relatos de Las tormentas, que fueron finalistas del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez en 2018; sin embargo, en estas nuevas narraciones breves parece aventurarse más lejos. Un buen ejemplo es “Hombre en llamas”, que narra la historia de un peón de campo que repite frases de las películas de Denzel Washington como si fueran mantras. Obedece a sus patrones y parece tener una mente que siente diferente. Es un relato que toma elementos de la tradición rural y los lleva con sutileza hacia una atmósfera apocalíptica. La de Craig es una escritura profundamente poética, sin giros rimbombantes ni pretensiones; al contrario, se vale de lo mínimo con frases cortadas al bies.
En ese cruce entre los vínculos actuales y el lenguaje capaz de mostrarlos, resultan esenciales los libros de cuentos de Magalí Etchebarne (Buenos Aires, 1983). Tanto el primero, Los mejores días, como el más reciente La vida por delante, que le valió en 2024 el Premio Ribera del Duero de Narrativa. Son, en general, historias llenas de frescura que, de todas formas, exponen las heridas de sus protagonistas, madres, parejas, familias, hermanas, tan nítidas que por momentos duelen y, en sus pasajes más luminosos, encarnan toda la felicidad que cabe en una relación. Se ve, en especial, en la trama de la mujer que asiste a su madre en “Piedras que usan las mujeres”. La narración parece avanzar en dos sentidos: por un lado, la hija acompaña a su madre mientras transita una enfermedad terminal; por el otro, la recuerda a lo largo de la vida que compartieron. A través de un juego con la memoria, aparece la fortaleza de ciertas experiencias para operar como refugio, juego y salvación.
Una compasión similar, vulnerable pero visible, aparece en el último relato de Balbuena. De hecho, con algo de ironía, se llama “Felicidades”. Resulta interesante el modo en que todo el cuento se organiza alrededor de las charlas de un grupo de amigas. Algunas son por WhatsApp, otras presenciales; la cuestión parece ser que una de ellas quedó embarazada de un hombre que conoció por Tinder. Sin embargo, hay otra cosa que ronda el vínculo entre ellas y que los diálogos dejan ver con destreza.
Más allá de su singularidad, Personaje secundario propone un recorrido al que se entra fácil. Los relatos componen realidades reconocibles y simulan no estar diciendo nada del todo importante; y aquí reside el gran hallazgo: tensan entre líneas los hilos de los vínculos, que ya no responden a lo que solían ser, pero tampoco se definen aún. Balbuena parece escribir como si condensara en su lenguaje la sensibilidad latina y la mejor tradición del cuento norteamericano. Así, su escritura muchas veces parece narrar lo que se ve, lo que se conoce, pero inesperadamente gira y queda de frente a un espacio vacío: puede que ahí revele un sentido recién nacido.

Personaje secundario
Sofía Balbuena
Páginas de Espuma
126 páginas
$ 28.000

El nombre de todos los sonidos del bosque
Santiago Craig
Tusquets
155 páginas
$ 28.900
