
La biblioteca de Genaro Carrió y las ideas de un jurista de excepción
Figura esencial dentro del grupo de hombres de derecho que promovió el Juicio a las Juntas, se ha cumplido el centenario de su nacimiento
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En octubre de 2016, por generosidad de las hijas y los hijos de Genaro Carrió, una parte importante de la biblioteca de su padre pasó a manos de la Sociedad Argentina de Análisis Filosófico (Sadaf). Genaro Carrió no solo había sido parte de los fundadores de Sadaf (1972), inspirados en la Philosophical Society de Oxford, sino que otro gesto fértil, esta vez suyo, hizo que Sadaf tuviese casa propia. Fue Genaro Carrió quien donó la propiedad que hoy es su sede. Una sucesión de eventos afortunados hicieron que Julio Montero y yo fuésemos los encargados de seleccionar los libros que tomarían ese destino. Digo afortunados porque, al no haber tenido la suerte de conocer a Genaro Carrió en persona, tomar contacto con su biblioteca fue un modo único de acceder a uno de los ámbitos privados más preciados por quienes destinan gran parte de su vida a las ideas, y es aquel en el cual se encuentran sus libros.
Su biblioteca cubría las paredes de su escritorio, que quedaba en un silencioso departamento de planta baja de corazón de manzana en el cual supo vivir, en Barrio Norte de la ciudad de Buenos Aires. Se trataba de un espacio cálido, donde daban ganas de permanecer, y desde el cual se veía, al fondo, un patio lleno de verde. Contrastaba la pared que daba la espalda a su escritorio, empapelada con una reproducción de diseño antiguo de la acrópolis griega. No solo sus libros estaban minuciosamente clasificados en un archivero bibliotecario, sino también sus discos de música clásica y su colección de películas (que, decía, acopiaba para sus días de retiro). Parecía ser un espacio que intentaba asir la belleza del mundo.
Pero la impresión mayor para mí fue acceder a sus propios libros, y ver el impacto físico que Carrió había dejado en ellos. Se trataba en su gran mayoría de textos muy trabajados, leídos seguramente por él más de una vez, subrayados y vueltos a subrayar, con lápiz unas veces, lapicera otras, en diferentes colores, con precisas anotaciones en los márgenes y símbolos añadidos, muchos de los cuales parecían ser de un lenguaje privado. Parecía que su apropiación de las ideas de los libros tenía que ser, primero, física, pero también, dados sus pulcros subrayados hechos con regla, y anotaciones prolijas, respetuosa. A juzgar por las marcas en sus libros, parecía verse tomado por el pensamiento de quien leía; o, más bien, entrar en comunión. Se me ocurre que fue esta actitud y disposición en sus lecturas lo que lo llevó a ser un gran traductor. Es a través de sus traducciones al castellano que muchos y muchas llegamos por primera vez a las ideas de Austin, Bobbio, Hohfeld, Levi, Ross, Fuller, entre otros; y muy especialmente, claro, a las de Herbert Hart. Se me ocurre que fue, entonces, también esa actitud y disposición la que lo lleva a construir con Hart el vínculo que transforma su vida, y así un modo de entender al derecho y su filosofía en la Argentina.
Carrió se topa con el artículo de Hart “Positivism and the Separation of Law and Morals” (1958), que dio lugar a su conocido debate con Lon Fuller, y le escribe pidiéndole autorización para su traducción. Y es Hart quien luego contacta a Carrió para preguntarle si estaría interesado en traducir su gran The Concept of Law (1961).
La relación con Hart lo lleva a dos estancias de investigación en la Universidad de Oxford, con Hart como supervisor. En correspondencia entre ambos luego de una de ellas, Carrió declara: “Mi breve estadía en Oxford fue la experiencia más placentera que jamás haya tenido”. Se me ocurre que, aún siendo un hombre de acción (como destacadísimo abogado y primer presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación con la recuperación democrática en 1983), fue en los libros y sus bibliotecas y en las aulas de excelencia académica en donde se sentía fluir, estar a sus anchas. Fue quizás también esa fruición con la cual se aproximaba a las ideas de los libros, que lo llevaría a trabar una relación intelectual y fraternal con Hart, la que lo hizo escribir: “Es cosa relativamente fácil hacer una crítica aceptable de un fallo importante de la Corte. Más difícil es hacer el fallo”.
Carrió parecía tener conciencia como pocos no solo de los límites propios, sino, de la mano de Hart, también del derecho. Para Hart el derecho es relativamente indeterminado. Y esta era una idea compartida por Carrió. Fue tal vez esta consciencia del carácter inevitable de la discrecionalidad judicial, de la creación judicial del derecho, la que lo vuelve cauto en relación a la tarea de las cortes. Tenía dimensión cabal de su impacto práctico y político. En particular, cuando, como ministro y presidente de la Corte, tuvo que ejercer esa función en un contexto de máxima fragilidad institucional, tras la búsqueda del restablecimiento del Estado de derecho. Sintió esa responsabilidad en sus espaldas, que asumió aun cuando su propia fragilidad lo consumía, y el 27 de diciembre de 1984, poco antes de abandonar su rol en la Corte, firma la sentencia que confirma la decisión de la Cámara de Apelaciones Federal en lo Criminal de la Ciudad de Buenos Aires de asumir el juzgamiento a las Juntas Militares.
Estas breves líneas quieren ser un homenaje a esa forma de aproximarse a las ideas contenidas en los libros, y que conducen, si se tiene la suerte de ser Genaro Carrió, a transformar para mejor el mundo. Las escribo en el año en que Genaro hubiese cumplido cien años (nació el 16 de febrero de 1922); van, entonces, también, en su recuerdo.
Paula Gaido es investigadora de Conicet, coeditora de La Corte Genaro Carrió (Ad Hoc, 2019)



