La democracia ante su prueba decisiva: resistir ya no basta
Ante el embate autocrático, urge renovar y mejorar la calidad democrática para situarla a la altura de los desafíos del siglo XXI
8 minutos de lectura'

La democracia afronta su prueba más exigente desde el inicio de la Tercera Ola. Es decisiva, pero su desenlace aún no está escrito. Ese es el diagnóstico que se desprende de las evaluaciones internacionales examinadas en este artículo con motivo del Día Internacional de la Democracia, conmemorado el pasado 15 de setiembre. La recesión democrática se prolonga; la autocratización avanza; la inteligencia artificial y los algoritmos multiplican la capacidad de manipular el debate público; y Estados Unidos ha renunciado al papel que desempeñó como garante del orden liberal. Numerosas sociedades conservan, sin embargo, reservas institucionales y cívicas capaces de contener el embate autoritario. Pero resistir ya no basta: urge repensar, renovar y mejorar la calidad de la democracia para situarla a la altura de los desafíos y amenazas del siglo XXI.
Tendencia global
La mayoría de los reportes coinciden en una conclusión inquietante: la democracia está bajo fuerte acoso y el declive es grave. El instituto V-Dem plantea la cuestión desde el título de su informe de 2026: “¿Se está desmoronando la era democrática?" A fines de 2025, contabilizaba 92 autocracias frente a 87 democracias. El 74% de la población mundial -unos 6000 millones de personas- vive bajo regímenes autocráticos, mientras apenas el 7% -cerca de 600 millones- reside en democracias liberales. Más personas viven hoy en autocracias cerradas -2300 millones— que en democracias electorales y liberales combinadas (2200 millones).
Freedom House ofrece una valoración similar. La libertad global retrocedió en 2025 por vigésimo año consecutivo: 54 países registraron deterioros en derechos políticos y libertades civiles, frente a 35 que avanzaron. IDEA Internacional, por su parte, advierte que 2025 marcó el undécimo año consecutivo en que los retrocesos democráticos superaron a los avances: 98 países, equivalentes al 57% de los evaluados, registraron deterioros, frente a 55 -el 32%- que mostraron progresos.
El retroceso ya no respeta a las democracias que se creían blindadas. No solo varios países europeos sino también Estados Unidos han caído en diversos indicadores a mínimos de medio siglo, habiendo sufrido este último una degradación de democracia liberal a electoral. Si durante décadas Washington combinó cálculo geopolítico con una promoción imperfecta pero real de la democracia, Trump ha desmontado buena parte de ese andamiaje, recortando la cooperación democrática y normalizando la cercanía con líderes autoritarios.
A esto se suma una mutación en la forma en que mueren las democracias. Ya no lo hacen por golpes de cuartel, sino desde dentro: líderes depredadores que llegan al poder mediante elecciones legítimas y luego colonizan gradualmente el Parlamento, la Justicia y los árbitros electorales, hostigan a la prensa y a los defensores de derechos humanos, y reescriben las reglas para perpetuarse, todo bajo la retórica de una “voluntad popular” supuestamente amenazada por élites conspiradoras. Las elecciones no se cancelan: se vacían de contenido.
Sería un error, sin embargo, confundir tendencia con destino. En numerosos países, sociedades civiles movilizadas, autoridades electorales y tribunales independientes, y medios de comunicación valientes siguen demostrando capacidad y determinación para contener el avance del autoritarismo. La autocratización es una fuerza poderosa, pero no invencible ni irreversible.
Caleidoscopio latinoamericano
Según V-Dem, en 2025 el 71% de la población latinoamericana vivía bajo regímenes democráticos, pero apenas el 5% lo hacía en democracias liberales. Uruguay -y, en menor medida, Costa Rica y Chile- conserva las instituciones de mayor calidad; Cuba y Nicaragua son dictaduras, mientras Venezuela atraviesa la singular situación de un “neoprotectorado” estadounidense. Haití padece un colapso estatal y El Salvador avanza por una senda autoritaria, tolerada por amplios sectores sociales debido a los resultados del Gobierno en materia de seguridad. Entre estos extremos coexisten democracias resilientes -como la Argentina-, sistemas estancados y regímenes híbridos.

Como advierte el PNUD en su informe Democracias bajo presión, Latinoamérica continúa siendo la región más democrática del mundo en desarrollo. Pero esa conquista convive con un malestar creciente: la insatisfacción con la democracia aumentó del 56,2% en 1995 al 64,7% en 2024. A ello se suman Estados débiles, desigualdad persistente, corrupción, violencia criminal, expansión del narcotráfico, sistemas de representación fragmentados y una marcada incapacidad para traducir las demandas sociales en políticas públicas eficaces y sostenibles.
Pese a ello, El pulso de la democracia 2026 de LAPOP, revela una paradoja. El 65% de los latinoamericanos considera que, con sus claroscuros, la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. Esta señal alentadora coexiste sin embargo con una preocupante tolerancia hacia fórmulas iliberales y liderazgos fuertes dispuestos a sortear los presuntos obstáculos del Congreso, la Justicia, la oposición o los derechos de las minorías. Para muchos ciudadanos, la democracia comienza a significar menos pluralismo y límites al poder que capacidad para resolver problemas.
Es el régimen que denomino “eficracia iliberal”: la disposición a sacrificar procedimientos democráticos y garantías del Estado de derecho a cambio de que el gobierno me resuelva problemas inmediatos y concretos. Si su atractivo es comprensible, su peligro es innegable. Un gobierno sin contrapesos puede ofrecer resultados rápidos, pero también destruir los mecanismos necesarios para fiscalizarlo, corregirlo y, llegado el momento, sustituirlo pacíficamente.
Renovar la democracia
Las graves amenazas que hoy se ciernen sobre la democracia son innegables y no deben subestimarse. Pero sería igualmente equivocado desconocer la resistencia y la resiliencia que numerosas sociedades e instituciones siguen demostrando frente a la ola de autocratización.
¿Qué hacer ante esta coyuntura crítica? Primero, abrir con urgencia un debate riguroso sobre la democracia. Como aconseja Daniel Innerarity, es preciso desarrollar una teoría más compleja y sofisticada, capaz de comprender y gobernar democráticamente la complejidad de nuestras sociedades y de responder a los nuevos y crecientes desafíos del siglo XXI. Ya no basta con contener las amenazas ni preservar las instituciones existentes. Es indispensable acelerar la innovación política e institucional para repensar, adaptar y renovar la democracia.
Segundo, reconstruir sus fuentes de legitimidad. Una democracia sostenible debe descansar sobre tres pilares complementarios: la legitimidad de origen, fundada en elecciones libres, auténticas e íntegras; la legitimidad de ejercicio, garantizada por el Estado de derecho, la separación de poderes y la rendición de cuentas; y la legitimidad de resultados, derivada de gobiernos capaces de responder con eficacia y de manera oportuna a las demandas de sociedades más informadas, impacientes y exigentes.
Tercero, impulsar una agenda ambiciosa de reformas capaz de ofrecer respuestas a los problemas de la democracia, antes de que el malestar con su funcionamiento se transforme en rechazo al sistema mismo. Esto exige revalorizar la política, devolver credibilidad a sus instituciones -en particular, a los partidos y los congresos- y reconstruir la confianza ciudadana. También, atender la dimensión social, reduciendo los elevados niveles de desigualdad económica, que alimentan la polarización, erosionan la confianza institucional y contribuyen al deterioro democrático.
Es igualmente necesario reformar estratégicamente el Estado para mejorar su eficacia y dotarlo de una fiscalidad adecuada; elevar la calidad de las políticas y los servicios públicos; fortalecer la gobernanza, la independencia judicial y el Estado de derecho; revitalizar los valores de la cultura democrática; ampliar los canales de participación ciudadana; y garantizar la libertad de expresión. A ello se suma la necesidad de desarrollar capacidades estatales para combatir con eficacia la criminalidad -una de las prioridades en la mayoría de nuestros países-, siempre dentro de los límites del Estado de derecho y con pleno respeto de los derechos humanos, así como enfrentar con firmeza la corrupción y la impunidad.
Cuarto, fortalecer la ciudadanía digital y proteger el debate público frente a la manipulación algorítmica. Esto requiere promover una alfabetización mediática capaz de dotar a los ciudadanos de las herramientas necesarias para identificar la desinformación y evaluar críticamente los contenidos que consumen; establecer principios y estándares democráticos para el desarrollo y el uso de las redes sociales y de la inteligencia artificial; garantizar una regulación eficaz, así como una mayor transparencia y rendición de cuentas por parte de las plataformas digitales, de las empresas de IA y de los magnates tecnológicos, que se encuentran hoy entre las principales amenazas para la salud de las democracias; y reforzar la cooperación internacional para impedir que la innovación tecnológica avance más deprisa que la capacidad de las instituciones para supervisarla y controlarla. En este terreno, los riesgos no se limitan al deterioro de la calidad del debate público o de la competencia democrática: si no se establecen límites y salvaguardas adecuados, también pueden adquirir una dimensión existencial.
Y quinto, regenerar el consenso y reforzar la defensa regional de la democracia. Veinticinco años después de su adopción, es preciso actualizar la Carta Democrática Interamericana, dotándola de herramientas más eficaces para prevenir y responder a las nuevas formas de autoritarismo.
En suma, la democracia no está condenada al fracaso, pero tampoco tiene el futuro asegurado. Ambos desenlaces siguen abiertos. La respuesta no dependerá solo de los gobiernos o las élites, sino también de la conducta de los ciudadanos. Porque la democracia no se erosiona ni se renueva en abstracto: se sostiene, se defiende o se pierde con cada decisión colectiva. Sin ciudadanos dispuestos a ejercerla y demócratas decididos a defenderla, ninguna democracia perdura.
Daniel Zovatto, politólogo, es director y editor de Radar LATAM 360 @zovatto55
