La historia detrás de la caída del padre Grassi
El testimonio de Oscar Aguirre llevó a la cárcel al cura mediático por abuso; hoy cuenta su vida en un libro que revela, además, la trastienda de la pesquisa de Telenoche Investiga
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El 23 de octubre de 2002 a las once de la noche empezó la emisión del programa de investigación con más rating en la historia de la televisión argentina. Casi cuatro millones de personas -38,7 puntos de rating, con un pico de 40,4- en Capital y Gran Buenos Aires se sentaron frente a la TV esperando el trabajo de Telenoche Investiga.
Hasta ese día, los avances que anunciaban el programa solían aparecer en la pantalla de Canal 13 desde por lo menos cuatro o cinco días antes. Pero en aquella emisión salieron al aire apenas veinticuatro horas antes. Tampoco usamos cámara oculta, recurso estrella de Telenoche Investiga, que solía corroborar lo que el imaginario popular entendía por corrupción.
El ciclo se emitió entre 2000 y 2003: cuatro temporadas. Fueron casi setenta programas en los que pudimos revelar y demostrar una larga lista de delitos, omisiones y calamidades. Los transformadores de luz que usaban PCB y podían generar leucemia a los que vivían cerca, las tropelías de “la doctorcita” Giselle Rímolo, una jueza que ofrecía adopciones on demand, curas truchos que falsearon casamientos a cientos de argentinos de buen pasar porque iban a celebrar las uniones a sus quintas, fronteras desguarnecidas por las que pasaba cualquiera, pesca furtiva en zonas protegidas, feudos políticos que esclavizaban a pueblos originarios, el uso de asbesto cancerígeno en construcciones. La lista sigue, hasta incluir temas de salud aparentemente menores como los protectores solares que no protegían de los rayos UV.
Pero sabíamos que el abuso de menores por parte del cura más famoso del país era un tema de altísimo impacto por la popularidad de Julio César Grassi, y más allá de que coincidimos en el tiempo y de casualidad con la investigación de The Boston Globe sobre curas pedófilos, no queríamos quedar como especuladores por un punto más de rating o como promotores de una campaña contra la Iglesia.
Sin imaginar que después de la publicación esas serían las acusaciones más banales, titulé el envío de manera directa: “Yo, Grassi (la investigación que más duele)”. La frase entre paréntesis reflejaba el shock que nos había provocado el hallazgo, el mismo que más tarde sufriría la audiencia. El trabajo que había encabezado Miriam Lewin con la productora Irene Bais fue presentado por los conductores históricos de Telenoche Investiga: María Laura Santillán y Juan Miceli.

El cura más mediático de la época -no superado hasta hoy- se había instalado como el más bueno de los buenos y había anudado una alianza con el poder, con empresarios, periodistas, figuras televisivas y obviamente con sectores de la Iglesia.
El juez de Morón Alfredo Meade sorprendió a todos los que hacíamos Telenoche Investiga librando una orden de detención de Grassi -que tardó en cumplirse- horas antes de la emisión del programa que presentaba la investigación. La orden del juez respondía a la denuncia hecha por “Gabriel” -se usó ese nombre para proteger su identidad- por abuso y corrupción de menores. El cura protector de los chicos desamparados, el creador de la Fundación Felices los Niños, estaba acusado de atacar sexualmente al menos a uno de los chicos a los que debía proteger.
A “Gabriel” lo conocí muy pocos días antes de la emisión de Telenoche Investiga. Me lo presentó Federico Cuervo, productor ejecutivo del programa, a instancias de Miriam Lewin. Bajito, muy rubio, tímido y temeroso, le agradecí su valentía por denunciar a Grassi en la Justicia y me despedí de él pensando que no volvería a verlo. Pero, a partir del programa y de todo lo que se generó después, asumí de alguna manera una responsabilidad sobre él. Por aquellos días lo visité donde estaba aislado por el sistema de protección y luego nos vimos varias veces por año y mantuvimos contacto telefónico.
Nunca pidió nada a cambio -como dijeron el cura y algunos de sus defensores- que no fuera información sobre la causa. Nos juntábamos para que le contara qué decían los medios de él y cómo avanzaba esa causa que tuve que seguir de cerca durante tantos años.
Fue perseguido, amenazado y hasta un abogado de renombre intentó que cambiara su testimonio a cambio de dinero. Nunca la jerarquía de la Iglesia católica se preocupó por él. Nunca Jorge Bergoglio respondió la carta que le envió.
Oculta su cara y a veces su nombre, porque no quiere que lo vinculen ni con Grassi ni con el abuso. Pero no se esconde de la verdad: declaró en el juicio ante la mirada de Grassi, sus defensores y parte de su escudo mediático. Su testimonio fue el que llevó a la cárcel a Grassi. Fue el único denunciante al que no pudieron quebrar.
Fue aprendiendo oficios y vive de su trabajo de pintor, haciendo también tareas de albañilería y de plomería. No tiene familia. Estuvo en pareja con una chica y conserva el vínculo con la hija de ella. Sigue viendo a su madrina, a quien conoció estando en la Fundación. Sigue siendo amigo de Paula Bernini, a quien conoció cuando ella era productora de Telenoche Investiga.
Durante varios meses nos sentamos a grabar su historia. La historia de un chico que, abandonado a los seis años por su madre, terminó en la calle y pasó la infancia y preadolescencia de hogar en hogar, hasta terminar huyendo de la Fundación Felices los Niños después de haber sido abusado.
De deambular por los andenes de Constitución y fugarse de hogares a denunciar al cura más popular del país. De entregar estampitas en el subte a cambio de monedas a transformarse en el botín mediático más perseguido. De dormir en el asiento del fondo de colectivos de la línea 60 para evitar los abusos en Constitución a convivir con policías en casas que ni siquiera sabía dónde estaban, con el único objetivo de evitar los ataques de los que lo querían arrepentido o muerto.
Contra toda lógica, como el pequeño pastor David contra el gigante Goliat, la caída de Grassi tuvo lugar gracias a él. Abusado por Grassi. La hora de romper el silencio no cuenta la historia de “Gabriel”. Cuenta la vida de Oscar Aguirre, cuyo nombre hoy, finalmente, se puede escribir.



