
La maquinaria paranoica de Thomas Pynchon se desplaza al mundo de entreguerras
La confusa y oscura realidad que el escritor norteamericano viene auscultando en toda su obra emerge en A oscuras, relato donde la inminencia de la Segunda Guerra se traduce en la certeza de que ya “no habrá ningún lugar al que huir”

El mundo quiere presentarse de manera clara y ordenada. Pero por debajo de ese intento inútil hay tramas subterráneas, erráticas y confusas, hilos dispersos manejados por manos demasiado misteriosas como para conocer lo que, incluso, escapa a su influencia. Ese es el gran sustrato sobre el que Thomas Pynchon (Nueva York, 1937) ha creado su literatura y establecido lo que, a falta de una palabra más precisa para describir su refinada percepción estética del clima mental contemporáneo, podría llamarse “reputación”. Y en el caso de que A oscuras, esta nueva novela, fuera también la última, está claro que a los 88 años Pynchon no cree que lo esencial de ese clima haya cambiado. De hecho, ¿no es posible que nuestra auténtica realidad, la que se extiende más allá de los libros, se haya vuelto más confusa, sobreinformada y “pynchoniana” que antes? Lo cual, por otro lado, no significa que Pynchon, al ambientar esta historia en el Medio Oeste estadounidense de la década del treinta del siglo pasado, no pueda mirar hacia atrás con un afecto genuino, al mismo tiempo que, proyectada sobre el presente, la novela susurre un previsible escepticismo, quizás una nota más oscura que el habitual.
