La orfandad de los jóvenes y el gesto extremo de la violencia
El crimen en la escuela de Santa Fe denota una deuda pendiente del mundo adulto
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Nada nos protege del horror. El crimen ocurrido en Santa Fe el 30 de marzo -un adolescente que inicia un tiroteo en la escuela y mata a un compañero- nos confronta con algo que excede el caso particular. No se trata de violencia importada ni de globalización, sino de una pregunta más antigua y difícil: ¿qué es lo que falla cuando un joven no encuentra otra salida que un acto irreversible?
Este tipo de hechos no suceden aleatoriamente. Son el síntoma de algo que se fue perdiendo: los marcos que antes contenían a los jóvenes, que les ofrecían un camino, aunque fuera accidentado.
El mundo ya no ofrece modelos formativos para los jóvenes. Y cuando hablamos de modelos formativos, nos referimos ante todo a las formas narrativas: relatos que permiten a un joven situarse en la existencia, imaginar un camino, por sinuoso que sea. Lo que impera hoy es la fragmentación: contenidos que se consumen y se descartan sin dejar huella, sin forma que los sostenga.
Esto no es nuevo. Hacia las décadas finales del siglo pasado, François Lyotard hablaba de la caída de los grandes relatos: la disolución de las narrativas que permitían a los sujetos situarse en la vida bajo la aspiración a una forma.
Esa forma, cabe aclarar, nunca fue perfecta. No existe la buena forma, el camino sin tropiezos. Lo que los modelos formativos ofrecían no era un ideal sino algo más modesto y más valioso: un marco dentro del cual equivocarse. Un lugar donde el conflicto con el otro pudiera tener alguna salida que no fuera la violencia. Pensar el declive de la idea de forma es pensar en la ausencia de un recurso central frente al mal encuentro entre las personas.
La propia noción de adolescencia es producto de una larga elaboración cultural. La adolescencia no existía hace apenas algunos siglos. Y dentro de las cosas que más contribuyeron a su conformación encontramos las llamadas novelas de formación. El término en alemán es Bildungsroman, que incluye la raíz Bildung, forma. Lejos de proponer un modelo idealizado, estas novelas ilustran que el camino de formación está hecho de tropiezos. La más emblemática es Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, de Goethe, donde el protagonista comprende finalmente que fueron los desvíos y los fracasos los que lo formaron como sujeto. Esa misma tradición llegó al cine: en Los 400 golpes de Truffaut, Antoine Doinel avanza de tropiezo en tropiezo, siempre movilizado por un hilo vital.
En definitiva, la adolescencia puede pensarse como un síntoma. Un síntoma en el sentido más fecundo: una forma de estilo. La adolescencia es el momento de la vida por excelencia en que un joven se encuentra con su forma singular. Esto no implica en modo alguno que esa forma tenga una medida estándar. Por el contrario, se trata de apropiarse del estilo que cada uno lleva como un modo personal de tropezar en la existencia.
El proyecto formativo, entonces, puede operar como una mediación. Permite un circuito distinto en la vida que el que apunta a la satisfacción directa. Es una apuesta por el deseo, porque el deseo necesita caminos trazados para ponerse en forma.
La ausencia de una mediación confronta al sujeto directamente con el acto. El pasaje al acto es el momento en que el sujeto se sale de la escena, del marco que podría contenerlo. Es el límite más radical del llamado al otro, en donde éste simplemente desfallece, se ausenta, y lo que queda es solamente una caída.
Los destinos más extremos del pasaje al acto implican la desaparición del otro, o la propia. El homicidio y el suicidio son las dos caras de esa misma caída. Cuando el otro no responde de ninguna forma, cuando el sujeto no es alojado de algún modo en una escena, termina arrojándose fuera de ella. Los adolescentes actuales dan sobradas muestras de esta ausencia radical del otro, con formas del llamado que a veces se convierten en gritos desesperados. Pero si no hay nadie ahí para escucharlos, para alojar ese grito y convertirlo en un llamado, lo que resta conduce a lo peor.
Por eso, frente a este declive de la idea de forma, lo que encontramos son modalidades de la soledad y de la ausencia de coordenadas. Un sujeto pasa al acto cuando cae de la escena, cuando no hay un marco que lo contenga. Es decir, cuando se encuentra solo.
El síntoma, por el contrario, da testimonio de un conflicto, el conflicto con un otro. Eso significa que allí existe la oportunidad, si la atendemos, de una mediación entre los jóvenes para evitar el acto violento.
Si el síntoma demanda siempre un otro que escuche, que aloje, entonces la pregunta no es cómo evitar la violencia adolescente, sino más bien qué tipo de presencia adulta hace posible que un joven se forme y encuentre una salida que no sea la violencia.



