
La sensatez, herida de muerte
En una mesa tendida en una ciudad del interior del interior, un reconocido historiador interroga a su anfitrión, un intendente de la nueva generación, sobre cómo caracterizaría la conducta de los dirigentes políticos nacionales.
“Es gente que hace malabares con granadas”, sintetiza este intendente, nacido después de la refundación democrática de 1983. El profesor, de diálogo frecuente con aspirantes presidenciales de estas horas, saluda la ocurrencia como un acierto y sugiere tomar nota.
Los comensales celebran con risas la frase que, tomada con seriedad, retrata con certeza una serie ininterrumpida de desatinos que empujan al electorado a responder con la misma temeridad.
La sensatez está en fuga y copan el escenario los discursos furibundos, las soluciones extremas y las promesas de cumplimiento urgente pero dudoso efecto.
Habían pasado apenas días después de esa comida para que el país político se encontrara frente a dos sacudones sucesivos, dos corridas. Una nueva corrida cambiaria con una excusa insólita como motivo y la decisión del presidente Alberto Fernández de correrse de la reelección.
Fernández no puede tocar a Massa y, al mismo tiempo, quedó al desnudo la inevitable vía muerta de su proyecto reeleccionista”
El nuevo mandato al que aspiraba Fernández era un proyecto vaciado de antemano. El Presidente perdió esa posibilidad una vez que no pudo resolver su sometimiento respecto de Cristina Kirchner y luego de dejar en evidencia que no estaba a la altura de las enormes dificultades que debía resolver al frente del Gobierno.
Algo bastante serio debe estar ocurriendo en la Argentina que los presidentes se van peor de lo que llegan. Cristina no pudo hacer presidente a Daniel Scioli; ella misma no se atrevió a postularse a la reelección en 2019, advertida de que no podría ganar.
Mauricio Macri perdió las elecciones de ese año a manos del delfín Fernández y apenas tres semanas atrás arrió su proyecto de volver a aspirar a la presidencia.
La misma Cristina usa como excusa una falsa proscripción para evitar postularse ella misma, pese a la insistencia de su tropa, que encuentra que ella sigue siendo la que mejor intención de voto tiene dentro del peronismo. Ir primera, en ese caso, no borra que una derrota se asoma en el horizonte por el fracaso estrepitoso del gobierno que comparte con Alberto y Sergio Massa.
El ministro, por fin, todavía parece seguir aspirando a la presidencia, aunque entre el dólar sin freno y la inflación en alza constante su vieja ilusión se destiñe a cada minuto.
Después de la formalización del paso al costado, el peronismo fija dos destinos. Los que pueden -como la mayoría de los gobernadores- establecieron fechas separadas para no ser dañados por una derrota nacional. Los que no pueden, se apuran a darle la lapicera a Cristina para que ella, otra vez, decida por el resto.
Entre el 70% de aceptación en el comienzo de la pandemia -marzo y abril de 2020- y el 70% de rechazo de estas horas, hay un tobogán por el que la presidencia de Fernández se despeñó sin pausa. Y con él, su mentora.
Frente a semejante cuadro brilla una inquietante ausencia: el liderazgo de Juntos por el Cambio es más una expectativa que una realidad”
Antes del renunciamiento de Fernández, el país asistió a una tanda de presiones explícitas para que apurara ese anuncio. Y, por si fuera poco, sufrió la angustia de otra corrida cambiaria salpimentada de una excusa insólita.
Es una etapa más de un ciclo de inflación ascendente, destrucción de la moneda y reducción a mínimos históricos de los ingresos de las personas, en especial de las más pobres.
La alborotada salida del jefe de asesores del presidente Alberto Fernández, Antonio Aracre, ocurrió luego de dos días de suba vertical del dólar libre, una vez que el mercado cambiario creyó que era real la versión de que el funcionario había presentado un plan económico para suceder a Sergio Massa.
Peor que la minicorrida del dólar fue la estupidez política que la causó. Massa reaccionó con un enojo que su esposa y titular de AySA, Malena Galmarini, sintetizó en un tuit. Aunque luego lo borró, escribió una amenaza pura y dura: “Massa se queda hasta el final, porque el final es cuando se vaya Massa”.
La presidenta de la Cámara de Diputados, Cecilia Moreau, hizo causa común con Galmarini y disparó una vez más contra la Casa Rosada, a la que imputó una maniobra para sacar a Massa.
Con la misma potencia que el influenciable mercado de cambios local desalojó a Silvina Batakis para que el exintendente de Tigre pudiera reemplazarla, ahora son los mismos jugadores financieros los que defienden a Massa acelerando las pulsaciones del dólar.
Luego de la salida de Aracre y también del paso al costado del Presidente, el dólar libre siguió subiendo. Massa tendrá que encontrar otro motivo para explicar cómo se dispara la desconfianza.
Más importante que conocer la defensa que hace Massa de Economía como si fuera su propio feudo, es comprobar que ya ni las formas salvan de la insignificancia al mando presidencial.
Fernández no puede tocar a Massa y, al mismo tiempo, quedó al desnudo la inevitable vía muerta de su proyecto reeleccionista.
La fragilidad no es un detalle menor para un peronismo que mira cómo el aspirante alternativo es devorado por el fracaso de su gestión. No puede siquiera maquillar a alguna fracción de los suyos o algún tramo de su gestión como para hacerlos atractivos para el electorado.
Fernández quería ser, pero nadie lo apoyó. Massa asumió como ministro para ser candidato, pero la inflación y el empobrecimiento le quitan chances de ser competitivo. En todo caso, su destino es tratar de cumplir el propósito con el que fue apoyado desde el principio por las grandes empresas, Estados Unidos y el Fondo Monetario.
El interés común de todos ellos es que Massa evite un quebranto explosivo de la Argentina y que el país llegue herido, pero no muerto a cambiar sus autoridades mediante el voto.
Cristina Kirchner participa de ese mismo propósito, pero además pretende que Massa le sirva de máscara para atraer votos moderados para sus listas legislativas integradas exclusivamente por sus incondicionales.
Las críticas de su sector a la gestión de Massa y sus acuerdos con el FMI constituyen una distracción malintencionada. El ministro sigue en su lugar porque Cristina coincide con los sectores a los que ella dice cuestionar y de los que se declara proscripta.
En medio de semejante descontrol oficialista, el Gobierno se diluye en pedazos inconexos. Su expectativa ya no es ganar y retener el poder, sino llegar a entregar el poder en tiempo y forma. Una vez más, como un reflejo condicionado, el peronismo espera una definición mágica desde su cúspide. Cristina calla y espera que los ruegos le recarguen una lapicera rota de tantos fallidos.
Frente a semejante cuadro brilla una inquietante ausencia: el liderazgo de Juntos por el Cambio es más una expectativa que una realidad.
La coalición opositora expone sus dudas, muestra sus divisiones y no habla con sus votantes sobre el plan de gobierno que propone, si es que lo tiene.
Marcar un rumbo, convencer sobre ese destino, mostrar firmeza para alcanzarlo ha sido siempre una obligación para cualquier fuerza que se proponga alcanzar el poder.
Juntos por el Cambio es un enredo cotidiano acrecentado por un autoinfligido riesgo de destrucción. Contra el manual que dice que suelen ser los oficialismos los que logran dividir a sus opositores, en este caso, es la evolución de otro rival opositor lo que perturba los días de la coalición.
Javier Milei resquebraja a sus adversarios con solo apelar a los instintos primarios de un electorado angustiado por la crisis económica y aterrado por la ola de asaltos y robos sangrientos. El precandidato libertario crece en los sondeos con propuestas como la inmediata eliminación del peso y la libre portación de armas. En un ámbito más limitado, aunque muy influyente, Milei no aprobó el examen al que fue sometido por los ejecutivos de empresas que esta semana lo escucharon en Bariloche.
De forma inquietante, una parte cada vez más grande del electorado compra las promesas extremas manifestadas a los gritos. Legiones de indignados toman la forma por mensaje e interpretan que la virulencia verbal es expresión de empatía.
Saber si estos vientos soplarán los domingos electorales que vendrán es todavía un misterio en medio de tantas verdades lacerantes.







