
Lecturas: Cuando una casa explora su propia historia
En la última novela de Selva Almada, una voz, la de una casa de monte cercada por la naturaleza, se pregunta por el misterio de los que ya no están
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Una casa puede ser refugio, cuerpo, secreto. Permanece muda, pero siempre está habitada por alguna historia. O mejor aún: habla a su manera, con la luz que recorre los espacios, el crujir de la madera, las manchas de humedad, las telarañas. Imaginarle una voz es traducir esos sonidos a una lengua familiar; al menos, eso parece hacer Selva Almada (Entre Ríos, 1973) en Una casa sola, su novela más reciente, en la que una casa deshabitada en medio del monte narra en primera persona la desaparición misteriosa de la familia que vivía en ella.
Muy pronto queda claro que sola, sola de verdad, la casa nunca está. El monte crece en ella a través de las raíces que se extienden por sus cimientos, las enredaderas que trepan por las paredes de adobe descascaradas. La casa abre los ojos al día y, frente a ella, un puñado de gallinas comen lombrices, la galga blanca arrastra un lagarto overo para darle de comer a otra perra y sus cachorros. La cuestión es que los Lucero, la familia que la habitaba, desaparecieron de un día para el otro sin dejar rastro. La casa busca en los recuerdos que la pueblan, inmóvil pero atenta a los detalles mínimos, a las conversaciones de los visitantes, a esas escenas que tuvieron lugar desde que Lucero llegó a caballo solo, y de a poco, se juntó con Lorena, y juntos formaron una familia.
Es una casa observadora; su voz capta el ritmo poético del litoral, una cadencia diáfana hecha de los bisbiseos del monte, las voces de los pájaros, la densidad de una intemperie vibrante. Ella quiere saber qué fue de la familia, solo que empieza por los tiempos de antes de los Lucero, cuando ni siquiera era una casa o un rancho o nada, apenas parte de la tierra. Tiempos de un caudillo en decadencia, el general que fue asesinado –nunca se lo nombra, pero claramente es Urquiza– y toma la forma de un fantasma con un agujero en la cara. A él se suman otros espectros: una mujer que arrastra una cuerda porque alguna vez se ahorcó, por vergüenza o por amor; varios excombatientes de Malvinas, una bandada de nenes. Así, la narración se ramifica en cada una de sus historias, que alimentan el caudal central con los relatos de esa tribu heterogénea que vaga por el monte. Son fantasmas que conforman un coro de voces: algunos recuerdan la lengua de la gauchesca, otros dan miedo, y muchas veces se dedican a hacer travesuras como nenes contentos.
Claro que no es la primera vez que en la literatura argentina una casa toma la voz de un relato. Lo hizo de modo excepcional Manuel Mujica Lainez (Buenos Aires, 1910-La Cumbre, 1984) en una novela emblemática del género gótico llamada, precisamente, La casa. El autor de Misteriosa Buenos Aires encuentra en una casa porteña el mejor punto de vista para contar la historia de una familia, desde su esplendor hasta su decadencia. Sitúa a su narradora sobre la calle Florida a finales del siglo XIX, una época en la que aún era una calle distinguida. En ella vivían el senador don Francisco, su esposa Clara y sus cuatro hijos. A través de ellos, la casa narra la caída de la aristocracia, en particular de la generación del 80, que conlleva el derrumbe familiar y da paso al protagonismo de los criados, las prostitutas y los criminales.
Al igual que la casa de Almada, la de Mujica Lainez reconstruye para sí misma las historias que la habitaron al mismo tiempo que se desmorona. Y las narra desde un punto de vista femenino y sensible. Es testigo de mundos que parecen provenir de varias dimensiones, entre ellas los objetos y los fantasmas. Más allá de eso, las voces de ambas casas resultan muy distintas. La de Mujica Lainez parece más perpleja, se hace preguntas, sufre de complejos de culpa; podría decirse, incluso, que es bastante neurótica. En el fondo, la voz de la casa tiene las características de una voz humana.
Por el contrario, la narradora de la escritora entrerriana encarna una forma de habitar el espacio –no solo en él, sino con él–. “Si uno se detiene a mirar un rato, todo aquí, hasta lo más ínfimo, se manifiesta”, dice. Sabe que proviene del monte y que va a volver a ser parte de él. No le preocupa su destino, sino que a través de su mirada se exploran los vínculos de poder desiguales entre el patrón y los puesteros, entre hombres y mujeres, entre los humanos y los animales, entre la explotación y la naturaleza. Tanto es así que en algunas frases –“un sonido les salía como viniendo de la panza cada vez que metían el hacha y el monte se llenaba de ese ruido bestial”– parece resonar la dicotomía civilización versus barbarie. Una cuestión que, por cierto, los narradores de la literatura autora comprenden: su escritura presta el oído al devenir de la naturaleza, del día, de las estaciones. Se ve en la mirada de la casa y también, en especial, en No es un río, su novela anterior, que también encuentra en la vida del monte un modo de exponer las capas que construyen la realidad más allá de la supuesta modernidad.
Más allá de la riqueza de su trama, lo más hermoso de Una casa sola se esconde en los silencios que construye la escritura de Almada. Un lenguaje preciso, limpio y certero para bordear el misterio que nunca se nombra, pero late con fuerza en cada escena. En otras palabras: en el vacío de las paredes, en las pausas, en la noche oscura o en los huecos de la memoria parece descansar una verdad de otra especie. Quizá por eso escuchar hablar a la casa se siente, por momentos, parecido a atrapar la materia furtiva del tiempo.

Una casa sola
Por Selva Almada
Random House
160 páginas
$ 32.999






