Lecturas. En busca de un pensamiento planetario para el siglo XXI
En Máquina y soberanía, el filósofo Yuk Hui busca una salida de nuevas instituciones democráticas a la entronización de la tecnología propuesta por Silicon Valley
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¿Para qué construir un “pensamiento planetario”? En principio, explica en Máquina y soberanía el filósofo chino Yuk Hui (Hong Kong, 1982), para dar un salto tecnológico y político por encima de un concepto de Estado que, acordonado por los límites de la moderna razón hegeliana y sucesivamente discutido desde entonces por marxistas, liberales y conservadores de todas las escuelas, es incapaz de abordar “la cuestión de la técnica” de un modo eficaz. Atrapados en la feroz competencia económica y militar de siempre, contienda que no admite la coexistencia real para personas y especies distintas en el mismo planeta, y ciegos frente a las profundas implicaciones de una nueva territorialidad digital que no respeta fronteras, ¿podrían los Estados hallar una salida a los dilemas de la entronización de la tecnología y su auténtica soberanía a partir de un nuevo “pensamiento planetario”? Y en ese caso, ¿no debería ser la técnica el centro de la filosofía política del siglo XXI?
Derivada de la extensa y pormenorizada labor de ensayos previos como Recursividad y contingencia y La pregunta por la técnica en China, en los que se analiza la evolución, los límites epistemológicos y los principales desafíos de un pensamiento capaz de evitar tanto las utopías tecnológicas fáciles como las distopías más oscuras, esta vez Hui coloca su atención en una cuestión clave: ¿qué ideas de Estado, soberanía y poder deberían replantearse para que el único futuro posible no sea el que proponen los CEOs de Silicon Valley? ¿Es posible imaginar y crear “nuevas infraestructuras democráticas” que trasciendan el monopolio de unos pocos individuos o empresas sin prescindir de las enormes posibilidades de la cibernética actual?
Con la “tecnodiversidad” otra vez en su horizonte, concepto con el que Hui ha subrayado a lo largo de toda su obra las diferencias idiosincráticas a partir de las cuales podrían “fragmentarse” y, en consecuencia, “renovarse” las relaciones futuras entre los humanos, las tecnologías y los entornos vitales, Máquina y soberanía avanza mediante un denso trabajo académico y una extensísima bibliografía para especialistas que, al final, renueva la apuesta por “superar el mecanicismo a través de las máquinas”. En otras palabras, por la promoción de “una transformación radical de la sociedad que debe ser al mismo tiempo material y espiritual”.
Sin duda, es una apuesta noble y bienintencionada. Pero, ¿qué significa que Hui insista varias veces a lo largo de casi 500 páginas en que no espera que ninguno de estos profundos giros existenciales ocurra por “la intervención de una fuerza externa que cambie la situación, ya sea una guerra mundial, un colapso climático o una invasión extraterrestre”? ¿Por qué “lo planetario” no debe confundirse con ninguna “nueva configuración de las relaciones de poder entre los Estados, al modo de una configuración bipolar o multipolar”? A grandes rasgos, porque eso, aclara Hui, significa que la “naturaleza política” continuaría siendo igual, con la diferencia de que cambiarían de manos las proporciones de poder y el control sobre los recursos y el mercado mundial. Y está en lo cierto: basta mirar las noticias sobre la invasión israelí al Líbano o la batalla por el control del estrecho de Ormuz, por ejemplo, para comprobar que tales movimientos geopolíticos, de forma inevitablemente violenta, están en curso. Pero si todo lo que ocurre en la realidad efectiva de este planeta (u otro) queda exceptuado de iniciar cualquier contramarcha o reconfiguración planetaria del pensamiento político, ¿a la espera de qué incalculable milagro está el proyecto de la “felicidad planetaria”?
Un aspecto relevante de este punto es que, bajo el sensato resguardo histórico y político de que, como explica Hui acerca de su propia posición, la tarea del filósofo es expandir la razón y no planificar o dirigir revoluciones metafísicas, en Máquina y soberanía, sin embargo, vuelve a señalar a otro pensador contemporáneo de la geopolítica con una posición opuesta a la suya: el filósofo ruso Aleksandr Dugin (Moscú, 1962).
Con una extensa obra en la que reaparecen, aunque bajo una luz muy distinta, nombres familiares en el trabajo de Hui como Martin Heidegger, Carl Schmitt o Hegel, Dugin suele ser descripto como alguien “cercano” a Vladimir Putin. En especial porque, a partir de su Cuarta Teoría Política y un mundo “multipolar” en el que el poder global de los Estados Unidos se divide con China y Rusia, la expansión de la influencia rusa sobre distintos bloques de países puede pensarse desde un conjunto de rasgos identitarios como los que, incluso para el caso de Argentina, analiza en su libro Logos argentino. Lo indudable es que Dugin es de los pocos filósofos de renombre cuyas críticas contra el poder de la tecnología occidental y su influencia metafísica sobre los Estados no esconde su “mera ideología”, como la llama Hui. Pero a la hora de pensar las derivas del destino humano entre máquinas y soberanías, ¿son importantes las discusiones ideológicas o no lo son?
Aunque con una perspectiva distinta e intereses mucho más variados, Slavoj Žižek es el primer filósofo en el que uno pensaría a la hora de recordar algunos puntos siempre atendibles al respecto. Entre sus muchos libros sobre el sentido y la dinámica de la ideología, sin embargo, es en La vigencia de El manifiesto comunista donde Žižek insiste en el hecho de que la “ironía suprema” del funcionamiento de la ideología en la actualidad es, precisamente, que se presenta como su opuesto; es decir, como “una crítica radical de las utopías ideológicas”. Por lo tanto, explica Žižek, la ideología predominante actual no es una visión positiva de algún futuro utópico, sino una cínica resignación, una aceptación de cómo es “el mundo en realidad”, acompañada de la advertencia de que, si queremos cambiarlo demasiado, “lo único que nos espera es un horror totalitario”. De ahí que “cualquier idea de otro mundo se rechaza como ideología”, escribe Žižek, de lo cual se deriva que en última instancia la función principal de la censura ideológica actual no es aplastar la resistencia, “sino aplastar la esperanza”.
Entre el realismo de Dugin y el cinismo desnudado por Žižek, tal vez el gran punto ciego en el “pensamiento planetario” de Hui como filosofía política para el siglo XXI sea que se perfile como una crítica tan lúcida de lo existente como trágicamente suspendida entre el optimismo, la necesidad y la imposibilidad. Una teoría política con una inocultable fobia a la política real.

Máquina y soberanía
Por Yuk Hui
Caja Negra
Trad: Maximiliano Gonnet
452 páginas, $ 42.000

La vigencia de El manifiesto comunista
Por Slavoj Žižek
Anagrama
Trad: Damiá Alou
76 páginas, $ 45.000



