
Lecturas. Ensayos que les hablan a los lectores al oído
Diversas autoras, de la poeta argentina Alicia Genovese a la narradora colombiana Carolina Sanín, exploran en sus últimos libros ese misterio que solo parece revelarse en la palabra
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Sigilosas, casi íntimas, no son pocas las autoras contemporáneas que despliegan un territorio personal sobre el arte en el que se destacan. Son poetas, traductoras y narradoras que se adentran en el género del ensayo como si le hablaran al lector al oído: en sus textos resuenan los ecos de un secreto que nunca se revela del todo, pero que se intuye con fuerza.
Con la naturalidad que le dan décadas consagrada a la escritura, la autora norteamericana Lydia Davis (Masssachusetts, 1947), por ejemplo, recopiló los textos de no ficción que escribió a lo largo de su vida. Los agrupó en dos partes, recientemente traducidas al español. Ensayos I reúne textos centrados esencialmente en el trabajo de la escritura mientras que los textos de Ensayos II hablan de la traducción. Al igual que en sus ficciones, Davis enlaza sus influencias con ideas nuevas, y sin grandilocuencia habla de autores que influyeron tempranamente en ella, como Gustave Flaubert o Maurice Blanchot. Sus textos parecen charlar con el lector sobre las marcas que dejó en ella la lectura, y el camino que trazó en su propia labor a partir de ellas. Así, con diversas estrategias consigue que las palabras tiendan puentes entre la tarea de escribir y la de leer.
Hay ensayos, conferencias, disquisiciones sobre las distintas versiones de un cuento o de una traducción. Y en todas ellas la autora norteamericana, traductora del francés, capta las sutilezas de la escritura y también de las distintas lenguas, con una capacidad de observación que le permite distinguir los matices, las leves diferencias. La escritura está viva entre sus manos, se mueve, levanta vuelo y despliega innumerables recorridos ante la vista de un lector incapaz de detenerse.
Más cerca del misterio, y desde otros tiempos, la histórica norteamericana Willa Cather (Virginia, 1873-Nueva York 1947) también reflexiona sobre su tarea en El arte de la ficción, una serie de textos sobre temas que recorren el género de la novela, sus primeras narraciones, cartas a editores, ideas sobre lecturas; o acerca de la obra de Katherine Mansfield.
La escritura de Cather rodea el misterio del arte, procura desentrañar qué hace de una escritura un acto artístico. “Los procesos más elevados del arte son procesos de simplificación”, sostiene con énfasis y cualquiera que haya leído novelas como Una dama perdida, o bien, los cuentos de La belleza de aquellos años puede entender la dimensión de esa frase. Lo simple como hazaña, esencial como el aire, como el agua.
Lo mejor de la simpleza también se nota en las autoras latinoamericanas contemporáneas. Como quien deambula a través del lenguaje con los ojos bien abiertos, Alicia Genovese (Lomas de Zamora, 1953) habla de su tarea de poeta en el reciente Poesía y errancia, un ensayo que mira de cerca los modos de escribir como si la poesía fuera un territorio salvaje que se transforma a medida que se dice. La inestabilidad de la materia del mundo impulsa la errancia de Genovese que se encuentra con las cosas y tiene que volver a nombrarlas. Inexorablemente: no hay un afuera que coincida con las palabras que se retuercen y vibran. En el decir de la poeta, la impermanencia del mundo es la impermanencia de la lengua.
Es un libro breve pero lleno de recorridos. Dividido en dos partes, la primera ensaya formas de llegar al poema, de habitarlo, respirar en él, hallar y perder las imágenes y, finalmente, sentir su final.
La segunda tiene el pulso de un diario de escritura. Genovese publicó su obra reunida en La línea del desierto y encuentra en eso una imposibilidad, ¿Cómo se escribe después de ese signo de clausura, tan parecido a un punto final? El diario evidencia, claro, la errancia de la primera parte. En otras palabras, en esta segunda sección la poeta muestra los recorridos que ensayó en la primera parte. Como si las ideas que transita, sobre las que reflexiona, o que descubre en otros poetas, fueran la puerta de entrada a un ejercicio que las pone en acción. Dicho de otra manera, el diario es errancia en el lenguaje, en las formas, en ese no detenerse frente al blanco, a lo que no se puede decir. “El estilo se vive desde el cuerpo”, escribe como prueba que no prospera en un poema, y aún así alcanza para avanzar hacia eso que se intuye.
Con esa misma claridad que tiene el ensayo, solo que con la respiración del diario, Laura Wittner (Buenos Aires, 1967) también reflexionó hace unos años sobre la traducción en Se vive y se traduce. “Traducir es pensar en una”, escribe. Y ese gesto de consciencia recorre cada frase, en un vaivén que se permite la intuición, pero también la investigación exhaustiva, los rodeos, la arbitrariedad. Algo del orden de lo verdadero se lee en esa intemperie que encarna elegir la cadencia, el sentido, las palabras que contengan en un idioma lo que el poema dice en otro. No parece haber muchas certezas que la cobijen. Las frases de Wittner exponen sus vacilaciones, sus interrogantes, ese no saber del todo qué hace a medida que lo hace.
Entre la palabra escrita y el lector también hay un salto lleno de sonidos. “Lo que leemos pasa del texto a los sentidos, pero también surge de nosotros, en nosotros”, escribe la escritora colombiana Carolina Sanín (Bogotá, 1973) en La voz del buey, otro libro reciente que incluye ensayos sobre ese feliz pasaje entre el lenguaje escrito y la lectura.
Sanín se vale, en muchos de los textos, de las voces de la literatura antigua, medieval y renacentista, entre ellos San Agustín, Dante y Cervantes, para meditar sobre el modo en que las palabras escritas se vuelven una materia nueva en el cuerpo del lector. Sanín explora los sonidos del texto ya escrito, cómo suenan al leerse, qué alteran, de qué modo crean un órgano singular, capaz de hacer vibrar las palabras silenciosas impresas en una página muda.
Y es cierto; se escuchan en los libros de estas escritoras: la voz de cada una resuena en el texto con una singularidad nítida. Aún así, algunos hilos se tienden de ensayo a ensayo. En especial, los une la insistencia de las preguntas que impulsan las frases, no para encontrar respuestas únicas, sino para abrir nuevos interrogantes. Al escribir, hacen pie en una certeza para desarmarla y avanzar más allá de lo previsible, en busca de un sentido nuevo. Quizá por eso leerlas se parece a espiar un mundo íntimo, un proceso hecho de aciertos y errores, que es en sí mismo una revelación.

Poesía y errancia
Por Alicia Genovese
Entropía
109 páginas, $27.000

La voz del buey
Por Carolina Sanin
Ampersand
219 páginas, $ 22.900



