Lecturas. Un amplio fresco sobre la grieta que dejó el Brexit
Caledonian Road, del escocés Andrew O’Hagan, se suma a las novelas sobre la Inglaterra de hoy con una mirada panorámica en la que las grandes esperanzas se cruzan con la decepción
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Es posible que ningún otro cimbronazo haya potenciado más el orgullo insular de los ingleses que el todavía reciente Brexit, que implicó la separación de la Unión Europea. Sus verdaderos efectos –que los conservadores de derecha persiguieron con mínimo disimulo, y los conservadores de izquierda intentaron reformular con objetivos indescrifrables– han demorado algo en salir a la superficie, acaso porque en los primeros tiempos se confundían en una realidad deformada por la pandemia, pero no hay duda de que comienzan a tornarse inevitables.
En ese contexto, ese mapa dislocado por el egoísmo y el chauvinismo absurdo es que el escocés Andrew O´Hagan (Glasgow, 1968) sitúa su novela Caledonian Road, una obra monumental pero no desmesurada, suerte de fresco panorámico de la Inglaterra actual –al modo de lo que hizo David Leavitt con A resguardo y la sociedad norteamericana–, en la que la decepción que sucede a las grandes esperanzas parece haber acortado su trayecto y agudizado sus consecuencias. O´Hagan se propuso develar pacientemente al monstruo de mil cabezas –como, a su manera, lo intentaron también Jonathan Coe en El corazón de Inglaterra o Ali Smith en uno de los tomos de su Cuarteto Estacional–, y de allí derivan algunas de sus decisiones fundamentales.
Esa especie de omnisciencia, que entabla desde mútiples perspectivas, no lo priva de elegir a un protagonista, a partir de quien giran o se ramifican los otros actores de la tragedia. El corazón de la historia es entonces un tal Campbell Flynn, teórico del arte, niño mimado de las clases privilegiadas, bon vivant, esposo de una mujer imprescindible que lo comprende y apaña como nadie (y que pertenece, detalle nada menor, a la alicaída pero indestructible nobleza); hasta aquí todo luce de maravillas, de no ser porque al hombre de cincuenta y dos años, escocés que jamás olvida su origen humilde pero “convencido de que la infancia quedaba tan lejos que todas sus amenazas se habían esfumado”, buena parte de las certezas que hasta ahora lo cobijaban o justificaban se le han disuelto –hasta cierto punto a raíz de la caída en desgracia de su mejor amigo, un fraude colosal que salpica hacia todas partes–, no solo resquebrajando sus convicciones sino corriéndole el velo, tarde pero casi seguro, acerca de toda la falsedad y crueldad del mundo que lo rodea, y que él mismo personifica como pocos.
El vehículo para esa transformación, o al menos del deseo de que la crisis lo deposite en algún sitio menos seguro y autocomplaciente, es un alumno brillante –de nombre Milo Mangasha–, de esos que cuestionan todo, con el que traba una amistad ambigua y estimulante; pero Milo es, necesariamente, una bomba de tiempo, un antagonista bocón y a la vez silencioso, y el rasgo misterioso que a su tutor tanto lo seduce y desafía posee otras aristas –digámoslo así para no revelar demasiado– más complejas. Hijo de un irlandés y una etíope que cada día le recordaba las injusticias a las que ella –y millones de otros migrantes– se había visto sometida, Milo es también un idealista extremo, un hacker ingenioso y creativo que junto a su novia Gosia –hija de polacos– traza un plan para poner el mundo, al menos una pequeña parte del mundo que los envuelve y que detestan, patas para arriba.
Por fuera de ese núcleo, una caterva de personajes semiprotagónicos le permite a O’Hagan, en algunos casos abordando sus puntos de vista, trazar un recorrido amplio, cuyo carácter digresivo no olvida nunca su imprescindible eslabonamiento; es decir, el modo en que la trama se estrecha y ajusta sus interrogantes. Algunas de esas criaturas son extraordinarias: la madre de Gosia, cuyo otro hijo trafica con toda clase de mercancias que lo alejan cada vez más del Paraíso; Yuri, el hijo del multimillonario empresario ruso que exige lealtad absoluta, un malcriado que al mismo tiempo ama y declama a Shakespeare; Emily, la suegra de Flynn, una mujer de una lucidez tal que logra incluso imponerse a su soberbia; Lord Scullion, un político de muñeca de seda, capaz de pasar de la sumisión a la violencia en un instante sin modificar un ápice de su máscara.
Es notable la manera en que O’Hagan los acompaña –lo dicho: a ellos y a unos cuantos más–, los escucha, los ausculta. Su talento para la observación y la descripción (“Era demasiado exigente, y no en el buen sentido. Se pasaba la vida puliendo su pesimismo y su ansiedad”), el rigor subjetivo con que los persigue (“Comprendió que aquello era una especie de juego de poder a dos bandas: lo sabían todo, pero nada; lo tenían todo, pero querían más”), son inagotables, y resulta indispensable defender de los ansiosos y simplistas la extensión de esta novela, que su autor trabaja desde la necesidad de desarrollar a cada uno de esos personajes, sus ejes de conflicto, sus contradicciones internas, para encontrar sus matices, sus decoloraciones, sus acentos emocionales, tocando un instrumento con la mayor cantidad de tonalidades a su alcance.
O’Hagan, dueño de una nutrida obra y editor en la actualidad de la London Review of Books, emprende en Caledonian Road un ajuste de cuentas contra la contemporaneidad inglesa –no necesariamente británica–, incluidas la hipocresía y la moralina no solo de su establishment cultural sino de su aristocracia y sus clases medio-altas; es decir, los ricos y los nuevos ricos.Campbell Flynn es un fusible, y es la posibilidad de la redención, aunque esta lo arrastre al infierno. Pero O’Hagan no tiene la intención de ser complaciente, y todo lo que aquí sucede –el camino de un sujeto, de un grupo, de una clase, ¿de un país?– se parece demasiado a la irremediable partitura del destino.

Caledonian Road
Andrew O’Hagan
Libros del Asteroide
Trad.: Rubén Martín Giráldez
661 páginas
$ 56.900
El corazón de Inglaterra
Jonathan Coe
Anagrama




