Los malabares dialécticos de Zizek
En sus intervenciones, el filósofo esloveno apuesta a la acumulación como sustituto de la profundidad
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El 17 de octubre de 2023, en la Feria del Libro de Frankfurt, Slavoj Zizek subió al escenario, citó a uno de los arquitectos del Holocausto y gritó que no estaba comparando nada. Fue solo el último episodio de un método de cincuenta libros: la provocación como sistema, la contradicción sin costo, Lacan y Hegel como escudo antes que como herramienta. Un ensayo sobre cómo se construye la impunidad intelectual y qué dice de nosotros que la premiemos.
Zizek había decidido, a último momento, entregar un discurso diferente al que la organización había recibido minutos antes de que comenzara la ceremonia. Condenó el ataque de Hamas -“brutal en el más alto grado”, dijo- pero dedicó la mayor parte de su intervención a la política israelí y a lo que llamó un analyseverbot: la acusación de que quien intenta contextualizar el terror es sospechoso de justificarlo. Hacia el final, mencionó al jerarca nazi Reinhard Heydrich, para demostrar que existe un “sionismo antisemita”. Meron Mendel, director de la Bildungsstätte Anne Frank, dijo que le gustaría poder pronunciar la palabra Be’eri -el kibutz donde asesinaron a un quinto de sus habitantes ese 7 de octubre- sin que Zizek le explicara que había que contextualizar.
Zizek, ante las interrupciones, gritó: “No estoy comparando nada, esto no es relativismo”. Era, por supuesto, exactamente eso. Puro relativismo.
El especialista en cine David Bordwell publicó en 2005 un ensayo titulado “Say Anything”: el humor de Zizek es “humor académico, y el humor académico es al humor lo que la inteligencia militar es a la inteligencia”, escribió. En una conferencia, Zizek improvisó una teoría sobre los “dos marcos” de un cuadro (pura invención, un bluff total, como él mismo lo llamó después). La teoría tuvo éxito. Varios asistentes la retomaron como concepto serio. Zizek se entristeció: no por el engaño, sino por lo fácil que había sido.
El método Zizek es reconocible y repetible: título escandaloso, cita de Lacan o de Hegel, ejemplo de cultura pop, y una conclusión imposible de verificar. La acumulación como sustituto de la profundidad. El crítico alemán Dietmar Dath lo describió en Frankfurter Allgemeine Zeitung con una imagen perfecta: Zizek actúa como Hans im Glück -Juan con suerte, en las versiones castellanas de Grimm-, el personaje que va intercambiando un objeto de valor por otro cada vez menor, convencido de hacer buenos negocios, hasta quedarse sin nada.

El propio Zizek lo sabe y no le incomoda. En una entrevista de 2007 confesó que sus amigos lo llaman Fidel -por la extensión y la velocidad de su verborragia- y que de los documentales sobre él no puede ver más que fragmentos: “Incluso si digo algo totalmente obvio, lo digo con esta intensidad, como si estuviera enunciando la última verdad”. Esa autoconciencia es lo que lo blinda: quien sabe que es un performer no puede ser acusado de engañar a nadie. El resultado es una obra de cincuenta libros que gira sobre sí misma sin avanzar. El filósofo de la ruptura que nunca rompe nada.
Habría que preguntarse por qué Zizek es tan difícil de refutar. La respuesta no está en sus argumentos sino en la arquitectura de su sistema de referencias. Lacan y Hegel no funcionan en su obra como instrumentos de análisis sino como escudo. La jerga técnica sustituye su función académica original y convierte el pensamiento en coraza. Claudius Seidl lo formuló sin concesiones en el mismo diario: Zizek domina el juego mucho mejor que la seriedad; un método frívolo y a menudo entretenido, pero incapaz de extraer ningún conocimiento nuevo del terror inconcebible de Hamas.
Todo eso configura lo que podría llamarse impunidad conceptual. En 2016 recomendó votar a Trump como agente de desorden productivo. Ocho años después, en Zero Point, lo describe como “una especie de liberal, es decir, un fascista liberal”; treinta y cuatro páginas más tarde, advierte que hay que tener mucho cuidado al caracterizarlo como un fascista. El mismo movimiento se repite con Deng Xiaoping y con la “grandeza interior” del estalinismo: la provocación se enuncia con la cadencia de la tesis seria, y cuando se le pide que rinda cuentas, retrocede sin retractarse.
Lo notable no es que estas afirmaciones se contradigan. La propia tradición dialéctica que Zizek invoca postula la contradicción como motor: tesis, antítesis, síntesis que paga el precio de ambas. Lo que practica Zizek es otra cosa: contradicciones que nunca llegan a confrontarse porque cada una vive en su propio presente, sellada del resto. No es aufhebung en sentido hegeliano -esa superación que niega, conserva y eleva a la vez-; es solo un simulacro. Toma la forma del movimiento sin asumir nunca el momento que obliga a rendir cuentas. La impunidad depende también de la temporalidad: treinta y cuatro páginas u ocho años bastan para que cada enunciado parezca nuevo, desconectado del anterior. El efecto recuerda a Sloterdijk -no el que ignora la contradicción, sino el que la conoce y actúa igual, protegido por una distancia irónica que vuelve inoperante cualquier señalamiento.
El problema es que Zizek no opera en el vacío. Sus boutades tienen destinatarios reales y producen efectos reales. Es en su tratamiento del conflicto israelí-palestino donde las consecuencias del método se vuelven más graves. En una entrevista de 2025 desliza, sin fuentes, que “Israel financió a Hamas” —mezclando un hecho real con una insinuación que nunca formula del todo, la ambigüedad funcional que alimenta la lectura conspirativa más difundida en muchos círculos antisemitas, entre una referencia a Lacan y un comentario sobre una película. En otra entrevista compara a Israel con ISIS: “Hoy, formalmente, actúa igual que ISIS”. La equivalencia que destruye la especificidad histórica, enunciada con la misma ligereza con que se habla del tiempo.
La frivolidad intelectual tiene un precio cuando se aplica al horror concreto. El sistema se revela entonces en su verdadera naturaleza: en vez de pensamiento crítico hay solo farsa. En vez de análisis hay solo entretenimiento con pretensiones de análisis.
El mercado cultural global ha sido generoso con Zizek. Cincuenta libros, tres documentales, conferencias en todo el mundo, un Substack de pago donde muchos pagan por un acceso exclusivo a sus provocaciones. En 2007 él mismo lo dijo riendo: “Vamos a patentar el concepto y el nombre. ¡Capitalismo! Y lo digo con placer como marxista”. El chiste era una confesión. El revolucionario como marca registrada, el comunista con paywall. Todo se paga.
¿Qué dice de nosotros que este sea el filósofo de la izquierda global? ¿Qué necesidad llena Zizek que ningún pensamiento riguroso puede llenar? Tal vez la misma que identifica en sus propios seguidores: la de sentirse radicales sin comprometerse con nada verificable. La comodidad de la provocación sin consecuencias. La búsqueda de que alguien piense por nosotros, aunque en realidad no piense nada. Nada de nada.
Guillermo Atlas es sociólogo y periodista; argentino, reside en Frankfurt
