Milei y las Malvinas, oportunidad y oportunismo
La diferencia entre una oportunidad y su desviación, el oportunismo, a veces es difícil de precisar, pero siempre está conformada por hechos verificables, inventos, fantasías, verdades deformadas y mentiras apenas disimuladas.
El conflicto de las Malvinas es un universo intenso y contradictorio, aunque al final del camino aparece una causa noble, construida por los argentinos y muchas veces destruida por nosotros mismos.
Javier Milei apenas acaba de ingresar a ese lugar en nombre de una circunstancia que, por una vez, lo obliga a renegar de su sectarismo mientras a cambio pide al resto del sistema político el seguimiento a su criterio. El Presidente fue impulsado por la advertencia de Santiago Caputo, su asesor en comunicación, de que había una ventana por la que entrar al tema con perspectivas de obtener una ganancia. Oportunidad y oportunismo, otra vez.
El conflicto de las Malvinas es un universo intenso y contradictorio, aunque al final del camino aparece una causa noble, construida por los argentinos y muchas veces destruida por nosotros mismos
La oportunidad es el razonable reclamo que la Argentina tiene que instrumentar, a pesar de su escaso poder jurídico e institucional frente a la política fáctica de Gran Bretaña y ante la inminente extracción de petróleo en aguas argentinas bajo dominio militar británico. La exploración comenzó hace más de una década, pero la explotación del recurso ocurrirá en aproximadamente un año y medio.
Durante el kirchnerismo se aprobó la ley en la que ahora se basará el Estado argentino para tratar de sancionar a las empresas que participen del negocio. En esos años empezaba a crecer lo que ahora ya es casi una realidad: la explotación intensiva de Vaca Muerta, abierta a grandes inversiones de los principales jugadores en el negocio de la energía.
Bloquear el acceso a Vaca Muerta a las empresas que explotarán el petróleo de las Malvinas puede ser una barrera mucho más efectiva que la escasa posibilidad de aplicar las leyes argentinas fuera del país.
Todavía no fue precisado si de verdad Donald Trump hizo o hará un gesto real a la Argentina respecto de Malvinas o si solo usará nuestro conflicto como parte de su juego de presiones para sacar ventaja frente a adversarios del momento, como el actual gobierno de Londres, del que pretende más fondos para la OTAN.
Milei juguetea con ese presumible apoyo, que puede ser un camino a ninguna parte. Es la primera vez desde la guerra de 1982 que un presidente argentino insinúa que hay un cambio importante en la política por Malvinas.
Bloquear el acceso a Vaca Muerta a las empresas que explotarán el petróleo de las Malvinas puede ser una barrera mucho más efectiva que la escasa posibilidad de aplicar las leyes argentinas fuera del país
De hecho, la cadena nacional de la semana pasada y los anuncios instrumentales de días posteriores fueron precedidos durante un par de años por versiones de origen indescifrable que indicaban que algo importante iba a ocurrir a partir de un cambio de posición de los Estados Unidos.
Contexto al contexto, esa mutación se encuadraría en el cambio de valor estratégico del Atlántico Sur en las últimas décadas y de la decisión de Trump de blanquear una política de repliegue continental frente al avance global de China.
Esos cambios y su implicancia para el interés argentino por las Malvinas no borran el pasado. Por el contrario, los antecedentes cobran nuevo valor.
La larga historia de desatinos recuerda que a Leopoldo Galtieri le hicieron creer que Estados Unidos lo apañaría en su decisión de ejecutar el plan de ocupación transitoria de las islas. Entonces, era todavía reciente una propuesta británica informal que le habían acercado al presidente Juan Perón poco tiempo antes de muerte, en 1974. Esa hipótesis de negociación planteaba una soberanía compartida por un siglo con tres banderas en simultáneo, la argentina, la británica y la de las Naciones Unidas.
Es la primera vez desde la guerra de 1982 que un presidente argentino insinúa que hay un cambio importante en la política por Malvinas
Galtieri jugó a todo o nada con un golpe de mano urgido por la necesidad de revivir una dictadura que, además de sus efectos más siniestros, nunca encontró las respuestas económicas y sociales prometidas en el golpe de 1976.
La derrota militar de 1982 es la madre de una situación que revirtió la decadencia de las islas e impulsó a los británicos a explotar la pesca hasta convertir a los isleños en los americanos con mejores ingresos per cápita del continente. Más acá en el tiempo, la próxima extracción del petróleo del subsuelo del mar argentino es otra consecuencia de aquella tragedia.
La Argentina, desde Raúl Alfonsín hasta Milei, hizo poco y fue contradictoria más de una vez en su intento de ignorar los efectos de la derrota militar.
Desde la guerra se alejó la posibilidad de una negociación por la soberanía, pero adquirió un vigor enorme el sentimiento de los argentinos por recuperar las islas. Esa voluntad colectiva es intensa y no decrece. Se expresa desde costados tan diversos y pintorescos como el deseo futbolero de ganarle a Inglaterra en los mundiales hasta el genuino fervor que despiertan los excombatientes en sus apariciones públicas.
Ese deseo colectivo es un mandato político que nunca se consuma, entre otras razones porque la Argentina está lejos de ser un país poderoso. La geografía seguirá colaborando por siempre con las razones argentinas: las islas están cerca, en la misma plataforma continental. Y como si fuera poco, aunque el país no haya crecido lo suficiente y haya alimentado su propia decadencia, el Reino Unido hace un largo siglo perdió su condición imperial y su paulatina pérdida de peso relativo es un dato incontrastable.
Milei se montó sobre esos sentimientos y esa realidad de siempre. Apenas vio un guiño de su amigo Trump y encontró un momento oportuno renovó el legítimo reclamo argentino frente a la explotación petrolera.
Malvinas nunca fue un tema que lo preocupara, al extremo de poner más de una vez a Margaret Thatcher como ejemplo de estadista.
Como todos sus antecesores, el libertario fue alcanzado por la idea de que él podría consumar el sueño que otros presidentes no lograron. Son tiempos convulsionados en el mundo. El peor peligro es que ese sueño se convierta en pesadilla.


