“Narcisista” o “sobrehumano”, el debate sobre la salud mental de Trump
Algunos expertos alertan sobre los “trastornos” y el “declive cognitivo” del inquilino de la Casa Blanca; otros atribuyen sus salidas de tono a su personalidad
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WASHINGTON
Fue uno de tantos momentos “de no creer” de Donald Trump. Un periodista japonés le preguntó la semana pasada, durante la recepción en el Despacho Oval de la primera ministra de su país, Sanae Takaichi, por qué Washington no avisó a sus aliados del ataque a Irán. “¿Quién sabe más de sorpresas que Japón?”, bromeó Trump, “¿por qué no me contastes lo de Pearl Harbor?”. El comentario pareció incomodar a su interlocutora, rompió las reglas del decoro diplomático y pulverizó décadas de evitar, en nombre de la armonía bilateral, el asunto del bombardeo sobre Hawai que en 1941 mató a más de 2400 personas y provocó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. También dejó una paradoja espacio temporal: nadie pudo haberle avisado a Trump porque entonces aún faltaban cinco años para su nacimiento.
El sábado, el presidente se alegró por la muerte de Robert Mueller, el fiscal especial que investigó la trama rusa. Días antes, se contradijo en varias ocasiones en una intervención televisada sobre sus planes en Irán, tras semanas de insistir al mismo tiempo que Estados Unidos ha ganado la guerra y que aún queda mucho por hacer. Horas después, publicó en su cuenta de Truth varios mensajes incomprensibles que replicaban noticias halagadoras sobre él publicadas hace meses. Y antes de eso estuvieron la carta al primer ministro de Noruega reprochándole que no le hubieran dado el premio Nobel, aunque no estaba en su mano hacerlo, el discurso de Davos plagado de insultos a los aliados o aquella conferencia de prensa en la que hizo un monólogo sobre un manicomio en Queens y la confianza de su madre en que algún día sería una estrella de béisbol.
Para sus simpatizantes y para los miembros de su Administración, todo eso solo prueba la personalidad heterodoxa del presidente, así como el estilo impredecible y cercano de alguien que no repara en las convenciones de la política tradicional y que por eso ha aglutinado en torno a su figura un movimiento, casi un culto, sin precedentes en la historia reciente de Estados Unidos. Para el psicólogo de la universidad Johns Hopkins John Gartner, en cambio, engordan la lista de los ejemplos que prueban que el presidente de Estados Unidos no está bien.
Una encuesta de Reuters-Ipsos reveló a finales de febrero que el 61% de los estadounidenses considera que Trump se ha vuelto “errático con la edad” (incluidos, un 30% de los republicanos). También mostró una caída entre quienes consideran que Trump está “mentalmente lúcido y es capaz de afrontar desafíos”: del 54% registrado en septiembre de 2023 al 45% en la actualidad.
Gartner es ciertamente más duro en su diagnóstico. El psicólogo lleva una década alertando sobre los “trastornos mentales” de Trump, sobre los que no alberga ninguna duda. “Es un narcisista maligno”, explicó el psicólogo en una videoconferencia. Se trata, aclaró, de un cuadro descrito por Erich Fromm, judío huido del nazismo, para diagnosticar a Hitler y que, según Gartner, tiene estos componentes: “Narcisismo, trastorno de personalidad antisocial (psicopatía): mienten, engañan, hacen daño a los demás, violan las normas, no existe el remordimiento; paranoia: se sienten constantemente atacados y, por lo tanto, buscan venganza; grandiosidad: su afán es dominar y quedar por encima del resto, y sadismo: disfrutan el caos, la destrucción y la humillación”.
Gartner completa el cuadro diciendo que Trump es hipomaníaco. “Como Bill Clinton”, agrega, presidente demócrata sobre el que el psicólogo escribió un libro centrado en ese rasgo de su personalidad. “La hipomanía de Trump explica esa energía tremenda, que no necesite dormir mucho, su arrogancia e impulsividad y sus errores de juicio, porque cree que siempre tiene razón”. A lo anterior, Gartner (que domina el arte de las frases redondas: “Lo único más peligroso que un Hitler americano es un Hitler americano con demencia”) añade que el cerebro de Trump “se está deteriorando”. “El nivel de deterioro es impactante, si se compara su discurso actual con el de los años ochenta; solía ser un tipo articulado. Es muy bueno, eso sí, disimulando sus problemas, riéndose o actuando con confianza cuando se traba”, considera.
El psicólogo fundó, al principio de la primera presidencia de Trump, una organización de psiquiatras y psicólogos llamada Duty to Warn (“Deber de alertar”). Se sumaron más de 60.000 profesionales, 27 de los cuales escribieron un best-seller, El peligroso caso de Donald Trump. Abrieron una cuenta en Twitter que llegó a tener un millón de seguidores. Generaron un ruido considerable y se replegaron tras el triunfo de Joe Biden.
La regla Goldwater
También se enfrentaron a las críticas por diagnosticar a un paciente sin haberlo examinado personalmente, por lo que los acusaron de infringir la Regla Goldwater, así bautizada por Barry Goldwater, candidato republicano a la presidencia en 1964 al que la revista Fact dedicó una portada con el titular “¡1189 psiquiatras dicen que Goldwater está psicológicamente incapacitado para ser presidente!“. En el interior vertían peregrinas acusaciones contra el aspirante −perdió, y demandó a la publicación− de no aceptar su homosexualidad o de no perdonar a su padre su condición de judío.
Aquel escándalo, en plena fiebre por el psicoanálisis freudiano en Estados Unidos, derivó en 1973 en el establecimiento por parte de la Asociación Psiquiátrica Estadounidense de un principio ético que prohíbe ofrecer opiniones profesionales sobre la salud mental de figuras públicas sin haberlas examinado personalmente ni contar con su consentimiento. Gartner se defiende diciendo que “los estudios demuestran que la entrevista clínica es la forma menos fiable de diagnosticar a un paciente, especialmente si este es el mayor mentiroso documentado de la historia”.
Vince Greenwood es fundador del Centro de Terapia Cognitiva de Washington y desde 2020 se ha concentrado en el estudio de la “psicopatía” de Trump, sobre la que planea publicar un libro en agosto. Coincide por videoconferencia con Gartner: para ese trastorno en concreto, “uno de los mejor definidos del manual psiquiátrico estadounidense”, no es necesaria la entrevista “si se dispone de una gran cantidad de datos sobre la historia vital del paciente; se trata, fundamentalmente, de un cuadro de patrones de conducta y rasgos de largo recorrido, manifestados durante décadas”, explica. Y el presidente de Estados Unidos, que lleva toda su vida en el ojo público y cuenta con cientos de libros sobre o firmados por él, “probablemente tenga el expediente más voluminoso de la historia”, según el experto.
Cuando empezó su cruzada, Gartner prefirió otro principio: ese deber de alertar que le sirvió para bautizar su asociación. Tiene su origen en una sentencia del Tribunal Supremo de California en el caso de un psiquiatra que supo de la intención de uno de sus pacientes de matar a su novia, promesa que cumplió. El fallo concluyó que la obligación de avisar prevalece en un caso así sobre el mandato de confidencialidad que rige en la intimidad del diván. “Consideramos que Trump, aunque no vaya a matar a nadie, es un peligro para cientos de millones de personas, así que nos decidimos a alzar la voz”, recuerda Gartner. El objetivo era lograr la activación de la vigesimoquinta enmienda, que contempla la incapacitación del presidente y su sucesión, si así lo decide el Congreso.
Ese “peligro” se ha agravado, según Frank George, psicólogo, neurocientífico y autor del popular Gaslight Report, en el que escribe sobre la salud mental de Trump. En una entrevista por videoconferencia, explicó que el narcisismo es un trastorno que acompaña a las personas desde el nacimiento, y que en él “influyen las circunstancias, el entorno o la educación” del paciente. “Es como una enfermedad cardíaca; comer hamburguesas cada día no ayuda. Si cuidas tu narcisismo, tal vez no acabes siendo la persona más generosa y empática, pero al menos, lo controlarás. No es el caso de Trump: sus padres no ayudaron, tampoco su paso por la escuela militar, en la que aprendió que ser un abusador le funcionaba. Convertirse en la persona más poderosa del mundo hizo el resto para pasar de ser un narcisista patológico a un narcisista maligno”, explica George.
El psicólogo observa dos diferencias fundamentales en su segunda presidencia. “Por un lado, se ha rodeado de gente que no quiere que le dé consejos, sino la razón. Actúa sin las barreras de la primera vez”, dice George. La segunda es que está mostrando “síntomas cada vez más preocupantes de sufrir demencia frontotemporal (DFT)”.
“Cuando la gente escucha la palabra demencia, suele pensar en alzheimer, pero no es eso lo que le pasa”, explica George. “La DFT afecta a los lóbulos frontales y a los temporales. En los primeros reside lo que nos hace más humanos, gracias a esa parte del cerebro podemos planificar, tomar decisiones racionales y pensar dos veces las cosas”.
Entre los síntomas de la DFT figura la confabulación, que va más allá de inventar historias. No es mentir, es creer lo que uno dice por poco creíble que resulte.
Emoticones y pruebas
La Casa Blanca responde a los comportamientos que ponen en alerta a estos especialistas con emoticones de risas incontenibles en las redes sociales, y reacciona a sus diagnósticos remitiéndose a los resultados de las pruebas médicas a las que Trump se somete, como parte de las obligaciones de su cargo.
En el de abril de 2025, la conclusión fue que un examen neurológico “exhaustivo no reveló anomalías en su estado mental, nervios craneales, función motora y sensorial, reflejos, marcha ni equilibrio”.
La revista New York publicó hace un par de números un artículo que presentaron como “un intento de buena fe para averiguar la verdad sobre la salud de Trump” y titularon “El presidente sobrehumano”. La frase es de uno de los aliados más cercanos del republicano, Stephen Miller, que recomendó al periodista que la usara con ese fin. La publicación aceptó hacerlo. En la entrevista de 45 minutos que el presidente concedió para la historia junto a sus dos médicos, este amenaza con una demanda si la cobertura era negativa.
Los defensores del presidente arguyen que Trump es Trump y alaban, por ejemplo, que acepte constantemente las preguntas de la prensa. Esa sobreexposición contribuye inevitablemente a dar nuevos ejemplos a quienes sospechan sobre su estado de salud.

Esa constante presencia ante los focos contrasta con la ausencia de su predecesor, Joe Biden, cuyo estrepitoso declive, encubierto por su entorno y pasado por alto por una prensa tradicional que no investigó lo suficiente, empezó más o menos a la edad que tiene ahora Trump. Para los tres psicólogos consultados en este reportaje, el “deterioro” de ambos no es comparable. El argumento se reduce básicamente a que Biden estaba envejeciendo, mucho y muy rápido; Trump, desarrollando una demencia.
En el primer año de su segunda presidencia, Trump ha batido récords de hablar, al pronunciar, según un cálculo de The New York Times, 1,97 millones de palabras, un 245% más que las dichas al principio de su primer mandato. Esa logorrea sirve para probar varias cosas a la vez: que no tiene miedo al escrutinio de sus facultades, que juega a la confusión empleando algo que podríamos llamar la “táctica de la tinta de calamar” y, como ya se ha apuntado, que en su entorno nadie parece capaz de contenerlo.
En suma, todo depende de a quién se pregunte en el debate sobre la salud mental de Trump.



