Pablo Malo Ocejo: “Ayer con palos y hoy con misiles, el tribalismo está en buena forma”
Cuando se condenan las ideas del adversario político desde la moral y se lo tilda de réprobo, se cancelan el diálogo y la democracias, dice el psiquiatra español, que así explica la polarización actual
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MADRID.- Cuando la ciencia política no alcanza para remediar la creciente polarización de las sociedades, la biología de la evolución viene en auxilio. El psiquiatra español Pablo Malo Ocejo, experto en psicología evolucionista, explica por qué la hipermoralización, el enfrentamiento de los extremos y la cancelación han puesto en jaque el debate democrático. “Nuestra mente moral es tribal, y en el momento en que un grupo pone en peligro nuestra supervivencia, consideramos que todos los miembros de ese grupo son malvados”, afirma durante una entrevista con este diario.
Este enfoque es el eje de su libro Los peligros de la moralidad (Deusto, 2021/ 2026), en el que describe los mecanismos por los cuales, basándose en un postulado moral, personas aparentemente buenas pueden legitimar o cometer actos reprobables. Su experiencia de vida en el País Vasco en tiempos de ETA le hizo ver cómo personas con sólidos valores morales podían aceptar la violencia política sin percibir una contradicción. De ahí viene su interés por la moral y cómo sirve para discriminar entre “ellos y nosotros”, uno de los ejes de su libro. El principio “no matarás” es en realidad “no matarás a uno de los tuyos”, señala.
La moral es un mecanismo evolutivo diseñado para la supervivencia del grupo desde la cooperación y la solidaridad. Pero, para entender la actual polarización, es importante advertir que la mente moral humana es punitiva. “No hay moral sin castigo”, dice Malo Ocejo. En la conversación explicará cómo este mecanismo atávico incide en los grandes conflictos políticos actuales. Cuando el cerebro percibe que el otro, en su diferencia, es una amenaza, la moral despierta emociones viscerales de rechazo, pues el diferente no cumple con los preceptos morales propios.
Malo Ocejo advierte que este sesgo evolutivo prioriza creencias útiles para el grupo por sobre la verdad objetiva. Esto se observa en la política, pero también en la ciencia. “Cuando alguien se atribuye la superioridad moral, ya no hay discusión posible”, dice. En contrapartida, propone aprender a desconfiar de nuestras intuiciones tribales y recuperar la tolerancia como antídoto contra la “guerra moral” permanente. Su aporte divulgador en redes sociales es una prueba de que es posible, incluso en espacios polarizados como X, abrir caminos hacia el diálogo y la convivencia.
El igualitarismo está lleno de contradicciones. Una cosa es que seamos iguales en derechos o en oportunidades ante la ley y otra cosa, que seamos iguales biológicamente
-¿Qué relación guarda la psicología evolutiva con la psicología más tradicional que conocemos en la Argentina?
-La psicología evolucionista introduce la visión evolucionista que existe en toda la medicina. Parte de que todas nuestras funciones psicológicas, cognitivas y mentales son producto de la evolución. Todos nuestros órganos han evolucionado y sería muy raro que el cerebro fuera una excepción. Como órgano de la conducta y de la mente, también ha evolucionado. La psicología evolucionista dice que hay una naturaleza humana y unos mecanismos psicológicos evolucionados que traemos de serie que no determinan, pero sí marcan y predisponen en unas direcciones. Es una visión que choca con la psicología tradicional, y más todavía con el psicoanálisis.
La moral tiene varios roles, como la cooperación y la solidaridad, pero hay uno muy importante: no hay moral sin castigo
-El ideal igualitario consagrado en la Declaración Universal de Derechos Humanos hoy parece fragmentado en reivindicaciones identitarias. ¿Cómo explica esta situación?
-El igualitarismo está lleno de contradicciones. Una cosa es que seamos iguales en derechos o en oportunidades ante la ley y otra cosa, que seamos iguales biológicamente. Se han discutido mucho las diferencias sexuales y psicológicas entre hombres y mujeres. El feminismo no había querido aceptar la biología, los genes y las diferencias que había por nuestra evolución y por nuestra naturaleza. Ahora una parte del feminismo reivindica la biología y dice que para ser mujeres hace falta una biología.
-¿Qué papel juega la moral cuando se victimiza a un grupo por su identidad y a la vez se culpabiliza a otro?
-La moral tiene varios roles, como la cooperación y la solidaridad, pero hay uno muy importante: no hay moral sin castigo. Se castiga a quienes se saltan las normas morales, porque la moral es punitiva. Para ello, llega a deshumanizar al otro, sea una persona o un grupo. Cuando hablamos de un asesino que ha hecho mucho daño solemos decir que esa persona no puede ser humana. Por lo tanto, no le vamos a aplicar los derechos que aplicamos a los humanos porque es alguien malvado y queda fuera de nuestro grupo. Nuestra mente moral es tribal, y en el momento en que un grupo pone en peligro nuestra supervivencia, consideramos que todos los miembros de ese grupo son malvados que quieren acabar con nosotros, con nuestros sueños y valores sagrados. Lo estamos viendo en las guerras de Ucrania y de Gaza. Hemos visto a ministros y altos funcionarios decir que los enemigos son animales, no personas. Si no pertenecen al género humano, pueden ser tratados con la mayor crueldad y ahí vienen los genocidios, los asesinatos en masa y el mayor sadismo. Todo con la legitimidad de que estás haciendo lo que hay que hacer porque tu moral lo aprueba. El “se lo merece” es la etiqueta que pone la moral.
Estamos demasiado atontados con la política. En realidad, los ciudadanos pintamos muy poco a la hora de decidir los grandes temas, el encierro en una pandemia o una guerra
-Históricamente este tipo de castigos lo aplicaban las autoridades religiosas a los herejes. ¿Hoy se lo arrogan las ideologías políticas?
-Las ideologías políticas han tomado el lugar que antes ocupaba la religión y están funcionando de brújula moral. El wokismo es hoy la brújula moral para mucha gente de izquierdas. Tu partido político te da la identidad y los valores sagrados que antes daba la religión, que está en caída. Los seres humanos necesitamos una brújula moral que nos diga que somos buenos, que estamos haciendo lo que hay que hacer para serlo. Esa necesidad no desaparece porque desaparezca la religión tradicional. Hoy la religión ha sido sustituida por la política también en un sentido identitario. Aunque es muy difícil de medir y puede ser discutible, creo que antes la gente no ponía tanto la identidad en la política. La ponía en la religión, en Dios, en tu familia, tu grupo, tu comunidad, y luego estaba el partido por el que se votaba. Pero cada vez estamos más solos y la gente ha perdido esas otras fuentes de identidad.
-¿La ciencia nos aporta alguna solución a este estado de crispación moral?
-Deberíamos despolitizarnos. Estamos demasiado atontados con la política. En realidad, los ciudadanos pintamos muy poco a la hora de decidir los grandes temas, el encierro en una pandemia o una guerra. Más que para tener influencia en el curso del mundo, votamos por ese sentimiento de identidad, de pertenencia y de señalar quiénes somos a los demás. Y la polarización se extrema si te están tocando un tema tan profundo como la identidad. En los siglos anteriores, después de todas las guerras de religión en Europa, se acordó dejar la religión para el ambiente privado. Se buscó apartar la religión de la vida pública. Lo que antes eran guerras religiosas hoy son guerras de polarización política. En Estados Unidos es donde más lo vemos más, pero aquí en España también existe.
-También en la Argentina, izquierda y derecha se polarizan al punto de que parece que no pueden convivir como alternativas políticas.
-Tanto en América como en Europa estamos en una crispación donde ya no puedes hablar con el que piensa diferente o es de otro partido político. Y es muy grave, porque te cargas el funcionamiento de la democracia. El juego democrático requiere que haya ideas diferentes y que respetemos las del otro, pero hemos vuelto todo muy polar, muy blanco y negro. Si no piensan como yo, son fachas, nazis, y no puedo ni hablar con ellos, porque van contra mis valores sagrados y son unos malvados. Y si no puedes hablar con tus rivales políticos, se acabó la democracia. La democracia es diálogo. Es ceder y hacer parte de lo mío, parte de lo tuyo. Pero si pones la moral en medio y lo tuyo es lo bueno, lo divino, y lo demás es el diablo, no puedes llegar a entendimientos y compromisos.
-¿Qué ocurre cuando la ciencia se moraliza? ¿Qué receptividad tiene la comunidad científica respecto de hallazgos que cuestionan ciertas corrientes más instaladas?
-Pasa lo mismo que con la política. La ideología, sea política o en general, es un mapa del mundo con un componente moral que dice lo que es bueno y lo que es malo, lo que tienes que hacer y lo que no. Cuando metes la ideología en la ciencia, te la estás cargando, porque la ciencia funciona con el código binario verdadero-falso, no con el código moral bueno-malo. Cuando llegó al Tribunal Supremo de Estados Unidos la cuestión de si las trans pueden competir en los deportes de mujeres, le preguntaron a una doctora que estaba declarando si los hombres pueden quedarse embarazados, y no fue capaz de responder. Siendo médico, la respuesta es clara: los hombres no pueden quedar embarazados. Pero como ella ere progresista y su grupo tiene esas ideas de que un hombre que se siente mujer es mujer, quedó atrapada entre la verdad y la ideología de su grupo. Y no fue capaz de decir la verdad. Los científicos son seres humanos, y si pones a cualquier humano en la tesitura de elegir entre la verdad o su grupo, en un alto porcentaje la gente va a elegir su grupo.
-¿No ocurre también una tribalización en el debate sobre lo que es información y lo que es desinformación?
- Walter Lippman decía que es muy difícil que cada ciudadano pueda saber cómo es el mundo de allá afuera. Siempre nos informamos por medio de intermediarios. No puedo saber si realmente Trump bombardeó Irán o no, si había allí armas nucleares o no había. Como no podemos saber lo que está pasando directamente, dependo de intermediarios que me cuentan. Normalmente llamas desinformación a lo que dicen tus rivales, tus enemigos. Con la excusa de que hay desinformación, alguien dice que sí sabe lo que es la verdad. La idea de la desinformación se la usa para montar algo de tipo dictatorial, un ministerio de la verdad, como en el 1984 de Orwell. Alguien que diga, “esto es verdad y esto es mentira”, a fin de censurar lo que dicen los que a mí no me interesan.
X tiene una cosa importante y es que, aunque te metas en un tema político, puedes ver ahí opiniones de un bando y de otro
-¿Qué experiencia tiene como divulgador de conocimiento científico en las redes, un espacio que generalmente se denuesta como poco propicio?
-Soy activo en Twitter, X ahora. Hay toda una parte de X que es politiquería, lo que ha dicho este o el otro. Pero hay otra parte donde se comentan artículos, se dan opiniones, se comparten cosas y donde aprendo mucho. Muchas fuentes de los artículos que leo de filosofía, de psicología moral, los encuentro ahí. X tiene una cosa importante y es que, aunque te metas en un tema político, puedes ver ahí opiniones de un bando y de otro. Entonces te enriquece, porque no es una burbuja donde tú solo estás viendo lo que dice tu grupo, sino que tienes gente que piensa de otra manera y que te está dando una réplica. Eso enriquece el discurso, a diferencia de medios como la televisión, donde te dan el paquete de información y lo tienes que consumir un tanto de una manera pasiva. Muchas veces ocurre que las cosas que circulan en X, a los días los periódicos y las televisiones se hacen eco de ellas. Yo creo que X es un lugar donde la gente está activa, donde hay una información de primera mano. Tiene sus riesgos, porque muchas veces no sabes distinguir si han puesto un video falso. Pero bueno, eso pasa hoy en día en todas partes. Tristemente, no nos podemos creer nada que veamos en una pantalla.
-Su libro es del 2021, pero acaba de tener una séptima edición, ¿qué ha cambiado desde el momento en que el libro fue concebido?
-Puedo estar equivocado, pero ahora estoy mucho más pesimista. Cuando escribí el libro dediqué a algunas ideas a intentar despolitizarnos. En la vida hay más cosas, hay deporte, música, familia. En el último capítulo daba una serie de claves para no moralizar tanto los temas. Pero en estos años ha venido la guerra de Ucrania y hemos visto al patriarca ortodoxo de Moscú pidiendo que se mataran ucranianos. O sea, el jefe de la Iglesia Ortodoxa usando la moral para llamar a una matanza. Y luego hemos visto lo ocurrido en Gaza y en otros sitios, donde gente muy inteligente, muy preparada, que conoce historia, gente como los judíos que han vivido un Holocausto, vuelve a caer en el tribalismo de siempre. Una tribu matando a otra. Antes era con palos y lanzas, ahora con misiles y metralletas, pero el tribalismo está en muy buena forma. Cada vez es más difícil aspirar a una moral más universal. No vivimos en la misma comunidad moral. Estamos en un mundo con círculos morales diferentes: tenemos el círculo de los ucranianos, de los rusos, de los palestinos, y estamos peleándonos entre todos nosotros. Los organismos que intentamos que nos protegieran a todos, como la ONU, desgraciadamente valen para muy poco o para nada.
-Las crisis también son momentos de eclosión, donde algo se rompe y puede salir algo nuevo. ¿Percibe alguna salida?
-Tenemos que intentar no moralizar los temas. Soy consciente de que no podemos desmoralizar del todo la política. El aborto, la eutanasia, son temas con un fuerte componente moral. Pero sí podemos no moralizar temas como el cambio climático. ¿Por qué tenemos que hacerlo un tema de buenos y malos? Y convertir a algunos en “negacionistas”, que es un término moral. No recuerdo que se montara este teatro moral con la capa de ozono. Los países se juntaron y tomaron medidas. Podríamos hacer lo mismo con el cambio climático. Lo mismo ocurre con el tema trans. Hemos moralizado el tema del sexo y ahora decir que hay hombres y mujeres te convierte en transfóbico, que es otra etiqueta moral. Ocurre que los partidos políticos y ciertos líderes moralizan los temas porque saben que la moral moviliza a la gente. Cuando tienes la superioridad moral no pueden discutir contigo, por eso moralizar los temas sirve para descalificar los adversarios. Hay que intentar no caer en la trampa. Meter el ingrediente moral en todos los problemas políticos impide resolver los temas. Cuando no hay posibilidad de diálogo, la sociedad se estanca. Y eso es grave. ¿Para qué queremos la democracia si solo puede haber una opinión políticamente correcta?
-En Latinoamérica hay ejemplos de partido único y no ha funcionado...
-Ya sabemos que no funciona. Vamos a apostar por la solución democrática, ¿no?

Entre la psiquiatría y la biología
PERFIL: PABLO MALO OCEJO
Pablo Malo Ocejo, español, es psiquiatra especializado en psicología y biología evolucionista aplicadas al comportamiento humano y al análisis de fenómenos contemporáneos.
Publicado originalmente en 2021, Los peligros de la moralidad. Por qué la moral es una amenaza para las sociedades del siglo XXI acaba de tener su séptima edición en 2026.
Investigador y autor de publicaciones científicas sobre salud mental y suicidio que combinan la perspectiva clínica y el análisis filosófico.
Es un activo divulgador, desde el blog “Evolución y neurociencias” y desde @pitiklinov, su cuenta de X, donde debate y difunde investigaciones sobre ciencia, filosofía y política.
Es miembro de la Txori-Herri Medical Association y guitarrista de la banda de psico-rock The Beautiful Brains, formada por psiquiatras y psicólogos de la red de salud mental de Osakidetza, el servicio de salud del país vasco.



