¿Qué podemos aprender de la “grieta” entre unitarios y federales?
La polarización argentina del siglo XIX fue de una gran violencia, pero también entonces surgieron medidas para conciliar las divisiones
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Las “grietas” del pasado, aunque no fueron iguales a la del presente, dejaron consecuencias similares. El espejo de la historia argentina nos demuestra que hubo otras coyunturas en que también existió una ciudadanía fuertemente polarizada. Esa división ralentizó el desarrollo de nuestro país mientras causó múltiples daños materiales y sociales. En cada uno de estos momentos clave los sectores dirigentes debieron implementar políticas activas para reducir los niveles de conflictividad y antagonismo que, en muchos casos, ellos mismos habían generado. ¿Nos puede servir revisar nuestra historia para comprender mejor la “grieta” actual? ¿Qué mecanismos se implementaron para tratar de reducirla?
Debemos remontarnos al drama que se vivió en la primera mitad del siglo XIX. Entre las invasiones inglesas (1806) y la batalla de Caseros (1852) se produjeron en nuestro país ni más ni menos que 65 batallas generales y 191 combates parciales. La mayoría de las veces se trató de enfrentamientos entre fuerzas federales y unitarias. Las consecuencias de tantos años de violencia tuvieron largo aliento y consolidaron una cultura de odio y exclusión que se transmitió a través de generaciones.
Por dar algunos ejemplos, la brutalidad con la que los unitarios Ramón B. Estomba y Federico Rauch “pacificaron” la provincia de Buenos Aires durante la gobernación de Lavalle (1828/29), sacrificando campesinos e indios a degüello, dejaría una marca profunda y duradera en la sociedad campesina.
Ahora bien, la violencia perpetrada por los federales no iría en zaga. La “pacificación” que realizó Rosas algunos años más tarde en las provincias del norte y Cuyo en busca de la erradicación de la facción opuesta fue en extremo sanguinaria y se basó en percibir al Otro político como un alineado o salvaje que no debía formar parte del cuerpo político.
Así, la sociedad de ese entonces se acostumbró a soportar situaciones de crueldad y ensañamiento inauditas, ubicando a sus miembros dentro de dos tendencias opuestas, irreconciliables y duraderas.
Para ilustrar este contexto son oportunas las palabras del unitario Florencio Varela. Para él “uno de los efectos más lamentables de las guerras civiles es su influencia sobre la formación del carácter de los niños: no siendo posible excluirlos de la sociedad, reciben, desde que empiezan a comprender, las impresiones de odio contra los enemigos políticos de la familia en que se crían, [los mismos padres] son, por lo general, quienes enseñan a los hijos a repetir como una gracia de la infancia, los apodos y dicterios con que los partidos recíprocamente se designan […] y cuando el niño es ya capaz de discernir, se encuentra aborreciendo, sin saber por qué, una fracción de la sociedad en que vive; pero convencido de que es necesario y justo aborrecerla.”
Luego de la batalla de Caseros y el fin de la gobernación de Juan Manuel de Rosas (1852), los dirigentes de entonces no solo se encontraron con el desafío de reducir una “grieta” política, sino que debían tratar de armonizar una sociedad en extremo violenta que había vivido décadas de sangrientas guerras fratricidas.
¿Cómo se podía retornar de ese punto? Tanto Justo J. de Urquiza en la Confederación Argentina como los gobernadores del Estado de Buenos Aires tuvieron que aplicar medidas conciliatorias.
Urquiza apostó al lema “ni vencedores ni vencidos” y trató de conformar gabinetes con muchas de las principales figuras de la facción unitaria. Pastor Obligado, gobernador de Buenos Aires, realizó un viaje en carruaje por el interior de la provincia, visitando localidades de tradición rosista y alentando el acercamiento entre vecinos y fomentando su sociabilidad. Con ese fin se creó el régimen municipal, que era visto por los sectores dirigentes como un innovador eslabón entre el Estado y la ciudadanía, y como una institución apolítica que podía ocuparse en resolver los problemas materiales más acuciantes.
En la década de 1850 también comenzaron a diseminarse los clubes con fines estrictamente sociales en los que, en muchos casos, las discusiones políticas se encontraban inhabilitadas por sus propios estatutos. En esa época se creía que el asociacionismo era una versión superadora del faccionalismo y que se enfrentaban una sociedad civil virtuosa contra una sociedad política corrompida por la violencia, el fraude y la malversación. De este modo se pensaba que las agrupaciones sin fines políticos debían reducir las tensiones del tejido social y se suponía que luego de tantos años de enfrentamientos, la sociabilidad permitiría descubrir a los vecinos que las diferencias entre ellos no eran tan profundas. Actividades como bailes, deportes, juegos de mesa, lecturas –libros, periódicos–, fueron fomentados y ayudaron a distender tiranteces de antaño.
El Estado también motivó el ingreso masivo de inmigrantes, indiferentes a las pasiones que todavía despertaban las tradiciones unitaria y federal, medida que contribuyó a relajar las tensiones políticas (y a generar otras nuevas). La pacificación social del siglo XIX comenzó luego de la batalla de Caseros en 1852, pero llevó más de treinta años en consolidarse. Parte de esa “pacificación”, vale recordarlo, también tuvo una faceta de suma violencia.
La reciente pandemia de Covid-19 sirvió para notar que muchos de los problemas de la política doméstica que antes nos parecían de vital importancia ahora nos resulten triviales. Un amplio sector de la sociedad lo comprendió así y se ilusionó el año pasado al ver al gobernador de Buenos Aires, al jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma y al presidente de la Nación dejando diferencias de lado para trabajar mancomunados por el bien de la ciudadanía. A más de un año del inicio de la pandemia los principales problemas siguen latentes. Las vacunas son un bien escaso y los daños de la segunda ola con sus nuevas cepas son cada vez más palpables. Pero estamos en un año electoral y la breve luna de miel entre las principales agrupaciones políticas llegó a su fin. La agresividad discursiva recrudece a diario y casi con seguridad, seguirá escalando.
Los procesos históricos pueden brindar algunas pistas para reducir la “grieta” actual. No necesariamente extrapolando las mismas medidas que funcionaron en el pasado, porque los contextos difieren. Pero una mirada en el largo plazo nos invita a la reflexión y nos brinda la certeza de que las “grietas” pueden ser finalmente superadas. Si la funcionalidad de estas resulta demasiado evidente para esperar que las dirigencias políticas las reduzcan, también la coyuntura actual puede constituir una excelente oportunidad para apelar a la sociedad a dejar las certezas absolutas y apostar al diálogo. De esa forma, como sucedió en el pasado, llegaremos a la conclusión que lo que nos une es mucho más que lo que nos separa.
El autor es historiador

