Reseña: “Las aguas bajan solas”, de Santiago Marini
La vida adulta de Horacio Ronco recién comienza, pero él necesita ordenar sus ideas y dar un paso seguro fuera del área a la que se circunscribe habitualmente la existencia del resto. A los 28 años, Ronco cree que lo que consigue así es “no hacer absolutamente nada por tiempo de un año”, pero el protagonista de Las aguas bailan solas, la primera novela de Santiago Marini (Buenos Aires, 1991), en realidad tiene mucho que meditar, recordar, lograr y discutir.
A veces esa actividad ocurre consigo mismo y a veces con algún acompañante, pero en muchos otros momentos con su padre, un dramaturgo de corte intelectual que lo mantiene aunque cree en sus dotes como inventor, y también con su analista, Zanetti, con quien sostiene una diplomática batalla por el sentido profundo de sus inquietudes. Y luego están las mujeres. Con ellas son la mente y sobre todo la anatomía de Ronco las que tratan a cada rato, estén o no ellas completamente presentes, y algunas veces a partir del amor y otras del desconcierto, pero siempre mediante la saludable influencia de los órganos más simples y concupiscentes. Al fin y al cabo, ¿no es lo que, por las buenas o por las malas, hacen todos los hombres? “Es notable cómo la amplia mayoría de las ocho mil millones de personas que deambula por la tierra consigue, en buena medida, lidiar con la ficción que se cuenta a sí misma sin enloquecer del todo, llevar adelante una vida en sociedad sin matarse a sí misma ni a los otros, y aceptar al final ser aspirado de vuelta hacia la nebulosa de la nada sin gran aspamento”, piensa Ronco con la guardia en alto.
Culto y cáustico, a veces melancólico hasta el borde de una leve depresión, aunque nunca resignado a abandonar su inteligencia e incluso la galantería, consciente de sus peores momentos ante el espejo pero con fuerza para reconocer que “la provocación se terminó” y “así estamos, todos los pibes rapados y con el cuerpo tatuado con pelotudeces”, la voz de Ronco deambula entre Buenos Aires y Tigre dando forma a una novela que, además de hacer reconocible una marca generacional concreta y genuinamente local, es un retrato universal de las inevitables angustias del artista postadolescente. Tal vez por eso Ronco, como un Stephen Dedalus irónico, se permite arrancar en la biblioteca de un amigo las páginas del Ulises de James Joyce, “el libro más profundamente aburrido que concibió la humanidad”.
Marini no se propuso superar a Joyce, por supuesto, pero la idea y la ejecución de su propia novela sí logran algo bastante excepcional en el panorama narrativo actual: decir con un estilo marcadamente particular que “estamos viviendo en un tiempo en el que el riesgo es demasiado grande para permitirnos vivir sin coraje”.

Las aguas bailan solas
Por Santiago Marini
Mansalva
282 págs.
$ 28.000







