San Perón vive en La Rioja
La noticia se convirtió en la más destacada del rincón de las novedades secundarias tras el debut de la selección argentina en la Copa del Mundo: en La Rioja, el día después de los tres goles de Lionel Messi a Argelia fue declarado asueto para todos los empleados públicos provinciales.
El decreto firmado por el gobernador Ricardo Quintela fue publicado luego de unos minutos del final del partido, pasada la medianoche. El disparate fue comentado como tal, uno más de un gobierno feudal del peronismo del que el país suele tener noticias cuando lo llamativo se mezcla con lo escandaloso.
La Rioja no solo concentra un registro pintoresco de curiosidades, también refleja la supervivencia de un país atravesado por las distorsiones, los unicatos autoritarios y la existencia sólo formal de un sistema republicano
La Rioja no solo concentra un registro pintoresco de curiosidades. Refleja, también, la supervivencia de un país atravesado por las distorsiones, los unicatos autoritarios y la existencia sólo formal de un sistema republicano.
Ese país profundo, mal llamado interior, tiene rotaciones circunstanciales de gobernador, pero hace tiempo perdió las nociones básicas de la división de poderes. Y se parece mucho más a la política nacional de lo que se cree en los despachos del poder central.
Manuel Adorni es apenas el último aviso de que desde lo más alto del poder se puede mentir y admitir esa mentira sin costo y hasta reivindicar el enriquecimiento ilícito como supuesta demostración de fuerza.
Ahí nomás, como parte de lo mismo, los poderes judiciales están hace tiempo sometidos al Ejecutivo local. Es raro que en alguna provincia se investigue, juzgue y condene algún caso que afecte al oficialismo.
En las provincias las legislaturas son escribanías para refrendar los deseos de las gobernaciones; las leyes se aprueban tal como llegan y el ejercicio de algún control es reprimido de inmediato.
El periodismo independiente tiende a desaparecer en cada vez más extensos desiertos informativos y en su lugar prevalecen la propaganda y los autoelogios del poder.
La devastación institucional de las provincias no motiva ningún interés en estos tiempos libertarios y fue largamente utilizada como complemento y comparsa durante el kirchnerismo
La economía privada es un apéndice del gobierno de turno y con la excepción de alguna actividad comercial básica, ningún emprendimiento ocurre sin un previo acomodo con los sistemas políticos locales. La mercadería que circula con mayor fluidez en esos parajes es la droga que se traslada a los grandes centros urbanos del país. Y las nuevas construcciones privadas que sorprenden suelen ser fruto del lavado de dinero de esa economía paralela.
Esa devastación institucional no motiva ningún interés en estos tiempos libertarios y fue largamente utilizada como complemento y comparsa durante el kirchnerismo. Cada vez que los gobernadores van a Buenos Aires es para lograr algún beneficio o agilizar las partidas demoradas en canje por alguna ley que siempre necesitan los gobiernos nacionales.
El empleo público ha sido un venenoso remedio que suplanta la falta de producción privada y opera a la vez como un seguro de desempleo y reaseguro de sometimiento de la mayoría de las familias que luego se sienten obligadas a votar lo que le pidan por temor a perder el trabajo.
En la ausencia de una cultura del esfuerzo y la iniciativa privada se han desarrollado Estados que parecen aportar todo lo necesario para mantener a una enorme mayoría en la pobreza y la impotencia.
Allá lejos quedaron los tiempos en los que millones de argentinos se iban de sus provincias para trabajar en las industrias y los servicios de Buenos Aires, Rosario o Córdoba. Aquel penoso consuelo de migrar para sobrevivir también quedó atrás mientras en el horizonte aparece como una posibilidad una mudanza hacia las provincias extractivas de la cordillera.
Como La Rioja, al menos otras diez provincias pueden ser descritas de la misma manera. Y del resto, ninguna se salva de tener varios de esos problemas estructurales. Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe o Mendoza se parecen más de lo que quisieran a sus hermanas empobrecidas.
En la ausencia de una cultura del esfuerzo y la iniciativa privada se han desarrollado Estados que parecen aportar todo lo necesario para mantener a una enorme mayoría en la pobreza y la impotencia
El signo de lo irremediable acompaña ese largo proceso de degradación en el marco de la decadencia nacional. La regla parece ser la involución a situaciones anteriores a la organización nacional, a mediados del siglo XIX. O, peor, un empobrecimiento que, en nombre del federalismo, los gobernadores de todas las épocas han justificado por los fracasos de los gobiernos nacionales. En gran medida tienen razón, pero abusan de ese argumento como único fundamento en reemplazo de la propia incompetencia de sus propias dirigencias.
Antes y hoy, quienes mandaron pudieron hacer algo para lo bueno y para lo malo. ¿Cómo explicar que Mendoza haya crecido mucho más con relación a San Luis, San Juan, La Rioja y Catamarca a lo largo de un siglo y medio de gobiernos argentinos? Sin que eso ponga como ejemplo deslumbrante o impoluto a los mendocinos respecto de los demás, no hay sólo una cuestión geográfica, ni condiciones culturales o históricas previas que expliquen esa diferencia. Algo hicieron unos que no hicieron los otros.
Más cerca en el tiempo, se acentuó en muchas provincias un letargo que no sólo se explica por los fracasos nacionales. De ahí a depender exclusivamente de la coparticipación federal hubo un paso. La Rioja, Formosa, Santiago del Estero, entre otras, llegaron a recibir casi el 90 por ciento de recursos nacionales respecto de su recaudación impositiva propia. Esos números disminuyeron unos diez puntos porcentuales durante la actual gestión, una vez que la motosierra libertaria redujo las llamadas partidas discrecionales y otras más sin ninguna explicación.
¿Qué hicieron gobernadores como Quintela para impulsar la actividad privada? Poco y nada. Al contrario, trabajaron por acción o por omisión para desalentarla, al extremo de volver a emitir cuasi monedas en una regresión a una economía del trueque en la que el único que tiene pesos es el Estado provincial que los recibe de la Nación.
Hay, sin embargo, algunos indicios de que no todo es igual y que puede cambiar, aunque siempre convendrá no ser tan optimista en función de la larga historia de fracasos.
Al lado de La Rioja, San Juan y Catamarca, sus vecinas se subieron el tren de la megaminería y empezaron a multiplicar la ocupación de mineros y trabajadores con actividades conexas.
Nada será mágico ni inmediato, pero si llegaran a concretarse los proyectos de grandes minas en la Cordillera, la demanda de mano de obra privada y la actividad económica que no pasa por manos estatales empezará a mover números que hace tiempo están estancados. Los legisladores nacionales del peronismo riojano votaron en contra de la activación de lo que es la única gran oportunidad a la vista: sacar minerales de sus montañas.
Nada es perfecto y quizá nunca lo sea, pero es mejor pensar que el desastre no será eterno. Mejor que la mueca despectiva que provoca saber que una provincia como La Rioja elige no trabajar ni educar a sus niños el día después de un partido de fútbol.






