¿Se puede creer en la Biblia sin creer en Dios?
En un diálogo con el sacerdote Guillermo Marcó, el autor de la nota sale a rescatar las enseñanzas universales del texto sagrado
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Mientras la Argentina se prepara para la primera visita de un Papa desde 1987, las discusiones sobre la religión en el siglo XXI siguen vigentes. En los últimos años, esas discusiones saltaron incluso a la política: líderes globales hablan de regresar a los valores judeocristianos de Occidente.
¿Cuáles son esos valores? ¿De qué manera pasaron de la religión a las sociedades modernas? ¿Se pueden aprovechar los recursos para la vida que ofrece la Biblia, aun sin tener fe?
Con esas preguntas en mente, dialogué con Guillermo Marcó, uno de los más destacados intelectuales católicos, sacerdote, director del Servicio de Pastoral Universitaria de la Arquidiócesis de Buenos Aires, copresidente del Instituto del Diálogo Interreligioso, y ex vocero de Jorge Bergoglio. La conversación promete seguir.
Gonzalo Garcés: Guillermo, te propongo esta idea para empezar: yo creo que la Biblia contiene verdades que son fundamentales, crea uno en Dios o no. Pascal pensaba algo parecido: decía que aunque uno no tenga fe, debería vivir como si creyera, porque así vivirá mejor. ¿Por qué? Bueno, veamos qué hace Jesús en los Evangelios: practica el amor incondicional, el perdón incondicional. Padece casi todos los sufrimientos que pueden tocarle a un ser humano, y aun así no renuncia a su amor ni a su compasión. Aunque yo no crea en la Resurrección, adoptar esa posición frente a la vida -seguir los pasos de Jesús, como pide San Pablo- puede salvarme acá y ahora.
Guillermo Marcó: Sí, yo puedo leer los Evangelios como un libro que me enseña sobre la sabiduría de la vida, un libro de autoayuda, aunque no sea creyente, pero me quedaría en la puerta. Adentrarse en la Biblia es misterioso, esos relatos han inspirado a tanta gente que no solo creyó, sino que apostó su existencia a eso. A San Pablo, que era perseguidor de los cristianos, se le aparece Jesús en el camino de Damasco y lo ciega; después Ananías lo adoctrina en la fe y Pablo recupera la vista. Fijate lo que cuenta Javier Cercas en Un loco de Dios en el fin del mundo: él, un escritor ateo y anticatólico, acompaña a Francisco a Mongolia, a visitar a esa comunidad tan chica, y encuentra un misterio. Borges también era un cultor del misterio. Alguien que dice: no tengo la certeza, pero siento la experiencia de algo que no alcanzo a entender con la razón.
G.G: Tal vez Borges era más cristiano de lo que él mismo creía. En su cuento “Tema del traidor y del héroe”, Fergus Kilpatrick quiere que su muerte sirva para inspirar a la causa de la independencia irlandesa. Entonces arma una puesta en escena, utilizando textos de Shakespeare, para que su muerte inspire fe en los patriotas y ayude a la liberación de Irlanda. Es como una versión laica de lo que pasa en los Evangelios. Jesús también, para que su causa triunfe, escenifica textos escritos por otros: las profecías del Antiguo Testamento. Por ejemplo, entra en Jerusalén a lomos de un burro, poniendo en escena lo que profetizó Zacarías. Y explica que debe proceder así para que todos crean y se cumpla su misión salvadora. El cristianismo permite estas interpretaciones.
G.M.: Es que, aunque parezca una paradoja, Occidente puede ser ateo gracias al cristianismo. Porque el cristianismo promueve la libertad. Dios nos hizo libres y por lo tanto, la fe es una respuesta libre del hombre a Dios. Esa libertad es el único lugar donde Dios se retira, donde deja que decida el corazón del hombre.
G.G.: Eso es verdad, aunque si sigo la letra del Evangelio, creer me lleva a la vida eterna, y no creer me lleva al infierno, así que muchas opciones no tengo... Salvo que entienda al cielo y al infierno como estados del espíritu. Entonces el cielo y el infierno son algo que fabrico yo mismo. Tolstoi propone algo así en Ana Karenina: cuando el personaje de Levin se enamora de Kitty, está en el cielo, aunque ese cielo está acá en la tierra. En el extremo opuesto, cuando Ana queda vacía de amor, está en el infierno, aunque también está acá en la tierra. ¿Cómo es tu visión de esto?
G.M.: Yo no podría entender a un Dios que, como muestra Dante, castiga a la gente eternamente. Porque me parecería un sádico y no podría ni rezarle. Cuando alguien pregunta si hay castigo, yo digo que es autocastigo. En el fondo, es como que Dios te dijera: la verdad es que te estás haciendo daño. Como cuando yo veo a alguien fumar y le digo: “Te estás haciendo un daño”. La advertencia de Dios está en esa línea. Es como un coach que quiere tu mejor versión, por decirlo en términos contemporáneos.
G.G.: Me gusta esa idea de Dios como coach. En los relatos bíblicos, Dios se manifiesta de diferentes maneras. Una de las más hermosas es como un llamado a la aventura, cuando le dice a Abraham que deje su casa y vaya a una tierra extraña. Esto también lo podés interpretar como un acontecimiento divino, si tenés fe, y si no la tenés, podés entenderlo como esa voz que uno oye a veces en su conciencia, y que le dice: estás para algo más, hay un potencial no realizado en vos, algo que te llama.
G.M.: Sí, eso que Dios le dice a Abraham: “Dejá tu casa y ve a la tierra que Yo te indicaré” me gusta mucho. Los chicos dirían: salí de tu zona de confort. Yo creo que la fe, justamente, tiene mucho de eso. Cuando yo dije que “sí”, no tenía ni idea de a qué decía que sí. Yo sólo tenía una certeza en el corazón de que Dios me invitaba a seguirlo. Tenía que explicarle a todo mi mundo de amigos y de familia no tan creyente que yo quería ser cura. Y yo tenía la sensación de que tenía que explicar algo semejante a “me enamoré de una que ustedes ven como fea”. ¡Pero estoy re enamorado! Y la aventura de la vida fue muchísimo más rica de la que yo hubiese tenido de otra forma. Nunca podría haber imaginado, por ejemplo, que me iba a tocar trabajar nueve años siendo la voz pública de una persona que después terminó siendo Papa.

G.G.: Dejame dar otro ejemplo de la sabiduría que yo, aun sin creer en Dios, encuentro en la Biblia. Yo creo que la cultura moderna, en gran medida, adoptó el mito del buen salvaje de Rousseau: es decir, que la naturaleza humana es buena. El problema es que en la práctica, no somos buenos: cualquier persona normal y decente también envidia, miente, odia, manipula, lastima a otros por egoísmo, y cosas peores. Y éste es el problema: si creo que la bondad es la norma, y la realidad me muestra que no soy bueno, la inferencia es que yo debo estar especialmente fallado. Fijate entonces la paradoja: el iluminismo venía a liberarnos de la culpa cristiana, pero en los hechos genera mucha más culpa. La visión judeocristiana es más realista: asume de entrada que vamos a hacer el mal. Y nadie es menos digno por eso. A los modernos podrá parecernos repugnante la idea del pecado original, pero en lenguaje laico esto solo significa que somos seres contradictorios, ensamblados a los ponchazos por la evolución, que de modo inevitable vamos a hacer cosas buenas y malas. El judaísmo y el cristianismo, al menos, nos ofrecen recursos concretos para lidiar con nuestras faltas: la confesión, el arrepentimiento, el perdón, una nueva oportunidad. Están mucho mejor adaptados a nuestra realidad y nos hacen la vida más vivible.
G.M.: Eso me parece interesante. ¿Y qué es ser bueno? “Sólo Dios es bueno”, dice Jesús. Yo creo que ese dualismo de carne y espíritu, que son irreconciliables, es algo que se filtró en el cristianismo, para mal, a través de otras tradiciones, como el maniqueísmo. En la misma línea, Lutero decía que el hombre está totalmente corrompido por el pecado, y que por lo tanto no es susceptible de hacer ninguna obra buena, y que solo te salvás por la fe. Lo que propone el catolicismo es distinto: Dios te hizo bueno, pero tenés una propensión al mal, y eso es el pecado original. San Pablo dice: ¿a vos te pasa que querés hacer el bien y muchas veces te sale el mal? Bueno, entonces debe haber algo en nosotros que está medio fallado en el origen, pero que no viene de Dios. ¿Cuál es la instancia de reparación? Ahí entra la necesidad de un Salvador. Y es lo que te decía al principio: vos podés leer la Biblia como un libro de autoayuda, pero la diferencia es que cuando creo, siento que Jesús está de mi lado para arreglarme por dentro, y así Él me va reparando para ser mejor persona de lo que podía ser. Dios te va modelando la vida, y cuando vos hacés el bien, tu bien se multiplica en los otros. Claro que la fe también te puede volver horrible.
G.G.: ¿Por qué?
G.M.: Porque si miro la historia, también hay gente que ha cometido aberraciones en nombre de la fe. El gran riesgo de la fe es el fundamentalismo, ¿no? Cuando no podés admitir que el otro tenga algo de razón, te volvés peligroso.
G.G.: ¿Podés contarme algo de tu experiencia en el Instituto del Diálogo Interreligioso?
G.M.: Fuimos aprendiendo que ninguno de los tres va a cambiar la tradición religiosa del otro. Entonces, paradójicamente, aunque es un instituto de diálogo interreligioso, no discutimos de religión. Sí participamos en las celebraciones del otro y aprendemos de lo que cada tradición enseña. Muchas veces invité a Dani Goldman, por ejemplo, a que venga el jueves santo a contarle a mis chicos que es una comida de Pésaj, para que entiendan qué es lo que hace Jesús en la última cena. También me encanta ir al inicio del mes de Ramadán, y ellos vienen a la misa de nochebuena. Así entendemos qué cosas tenemos en común: los tres creemos en la trascendencia, pero llegamos a Dios por caminos diferentes. También creemos en las buenas acciones. La paz es otro tema del que hablamos con frecuencia. Hicimos congresos en Roma sobre la encíclica de Francisco sobre el tema del medio ambiente. Promovimos la jura de la bandera interreligiosa, juntamos a chicos de colegios judíos, católicos, musulmanes, evangélicos y del Estado. Los que menos prejuicios tenían eran los chicos. Jugaban las mismas cosas, hablaban de fútbol. Lo último que me preguntaban es de qué religión sos.
G.G.: Hay un esbozo de universalismo...
G.M.: Exacto. En el libro de Jonás, en el Antiguo Testamento, Dios lo manda a predicar a Nínive, que es como que yo te mandara a predicar a Las Vegas. Entonces Jonás se embarca en la dirección opuesta. Dios manda una tormenta y Jonás dice que la tormenta la mandó Dios por culpa suya. Lo tiran al mar y se lo traga un pez, que después lo escupe en la playa de Nínive. Jonás predica de mala gana, y se enoja porque los demás se convierten y se salvan.
G.G.: Esa historia es fascinante, porque marca una revolución en el pensamiento antiguo. En aquel entonces, la única solidaridad posible era con tu propio pueblo; los extranjeros apenas eran humanos. Mandar a Jonás a predicar a esos extranjeros, que para colmo son enemigos, decir que la ley que nos sirve a nosotros vale también para ellos, es el comienzo de la idea de humanidad, de que hay algo que nos une más allá de las diferencias de nación, de lenguaje, incluso de religión. Es casi el germen de las Naciones Unidas. Es otra muestra de la grandeza de la cultura judeocristiana, incluso más allá de la fe.
G.M.: Ese es el Dios en el que yo creo. Es un Dios que tiene compasión de todos.
