
Silke: “Los mensajes del alma se me revelan en la luz de cada color”
La artista plástica austríaca radicada desde hace más de 70 años en Buenos Aires, imagina, dibuja y pinta con la máquina coser; un libro reciente muestra su diálogo con los diseños, colores y texturas
9 minutos de lectura'
“Cuando nada te importe más que escribir poesía sabrás si sos poeta o no”. La respuesta que Rainer-Maria Rilke da a Franz Kappus puede ser la primera llave de acceso a las cosmogonías personales y artísticas de Silke.
Hacia los 34 años, cuando lee Cartas a un joven poeta, donde Rilke pone “escribir poesía” ella lo reemplaza por “crear a partir de lo que veo por dentro”. Desde entonces, las artes visuales (visionarias le haría más justicia poética), se vuelven su lenguaje, interno y expresivo. La prioridad uno. Hoy, a los 82, tras un par de años dedicados a reunir toda su obra en Silke y la seda, libro catálogo-biografía artística-ideario, se sorprende ante las dimensiones a las que puede llegar el “cuando nada te importa más” de Rilke. “…Y te consagras a eso”, agrega, consciente del significado de ese verbo.
Sketches, cuadros, batiks, macramés, telares, tapices y todas sus obras pictóricas, textiles y de “exploración espiritual”, desfilan por casi 300 páginas formato libro de arte, entre textos con confesiones sobre los procesos que vive durante los meses de realizarlos. Un arco de correlatos evolutivos que comienza en la Viena posguerra, entre las costureras del emprendimiento de su madre. Ella se entretiene debajo de la mesa combinando los retazos de tela que caen, sin imaginar hasta qué niveles depuraría esos juegos.
Luego, ya en la Argentina, mientras estudia y trabaja como diseñadora, primero en la empresa familiar de moda femenina, y mientras arma su propia familia, siempre inventa tiempo para estudiar pintura con artistas de la talla de Angel Lagarrigue, Wilhelm Dohme, Federica Bunge y Margit Eppinger. Los bocetos y dibujos a pluma de esa época, también incluidos en el libro, anticipan un gusto, un estilo, una estética, en suma: un potencial creativo que trasciende los trazos.
Ya madre de dos adolescentes, una irreversible desilusión conyugal la hunde hasta tocar fondo. Ve todo negro, presente y futuro. Una tarde llora en la cama cuando advierte que su mirada se eleva, cada vez más alto, y su cuerpo, ahí abajo, se va reduciendo. Sobrevuela Buenos Aires en una dimensión sin bordes conocidos ni noción de la gravedad o del tiempo. Ráfagas tornasoladas de todos los colores le tiñen cuerpo y visión e impregnan de una felicidad jamás percibida. Aun no puede explicarse qué esta ocurriendo. De todos modos, lo vive como real. “Ver” la luz que irradian esos colores, le hacen entender a Rilke en forma de imágenes/pulsiones.
Al ponerse de pie en su dormitorio, angustia y desolación se le presentan también como una experiencia luminosa. “Soy la misma y a la vez otra”, escribe. “Escucho donde quiere estar cada color y veo esas frecuencias como luz. Soy cada color.”
Desde entonces, el color/luz es un eslabón fundamental en su vida interna. Punta de lanza de toda su expresión artística: la que ejerce a solas ante lo que va bordando y la que transmite en sus cursos de creatividad y visitas guiadas que ofrece a su atelier en San Isidro.
Ahí, decenas de tapices descomunales en tamaño (la mayoría de 1.40 x 2 metros) se deslizan pendientes de rieles paralelos. “Quien se abre a la experiencia cromática percibe sensaciones subjetivas distintas a las habituales, que son reales para los sentidos y además tienen el poder de transportarla hacia insondables profundidades del Ser”, dice.
Los efectos subliminales que se desprenden de sus series trascienden sus habilidades técnicas. Tejer con hebras, teñir la seda y obtener 4000 matices distintos, volver visibles reflejos invisibles del material, reciclar corbatas (de seda, claro) en medio de una obra, manejar el lenguaje de cualquier trama o rugosidad. Al igual que esa parte de la mente donde se forman las palabras, sus manos responden automáticamente a lo que ella quiere transmitir. La palabra patchwork le queda chica a lo que realiza con recortes. Hasta la misma costura desaparece en sus composiciones. Silke compone (del latín: poner juntos) a partir de visiones abstractas, recrea simbolismos.
Algunas piezas responden a períodos en los que su búsqueda interior se funde, tal como las tiritas de seda, con una conexión espiritual que excede las posibilidades del arte textil como género o soporte. Ella dibuja, o fotografía, o sueña, o da vida a paisajes que no están en ninguna parte. Basta recorrer tres de sus series —Interioridad/exterioridad, Los mundos y en especial Los Arcanos en seda— para entrever por qué es imposible reseñar los latidos de su obra sin referirse a la energía que ella encarna: la de un permanecer sensible, receptiva, dejando pasar formas y colores/luz como si no surgieran de ella.
Desde su crisis de 1980 la relación con su ser pasa a primer plano. Si a algo se vuelca entera es a la expresión de su mundo emocional y perceptivo. Busca trascender el lenguaje de las formas, crea recorridos abiertos a la interpretación del ojo que los mira. “Todavía no soy consciente de la generosidad del Universo. Todo se me presenta como como imágenes-luz”, dice.
De hecho, ese paso (traspaso) de sus visiones internas establece en ella un correlato de transformación hacia lo que hoy puede llamar, sin sonrojarse, la transmutación energética: captar a través de la vibración cromática lo recibido de manera tal que el mensaje siga su camino. Su único “trabajo” es darle vida material.
El estilo de Silke también atraviesa un punto de no retorno cada vez que se entrega a esa pulsión. En los tapices de la serie Los mundos, que viene bordando desde la década anterior, la seda, más que combinar colores, “envuelve” imágenes alegóricas.
Sin proponérselo, el propio trabajo la lleva a adoptar una identidad de hija del universo. Así explica ese origen: “Imaginate una montaña. Desde el cielo le llega agua de lluvia. Por debajo fluye agua subterránea, pero cuando brota del manantial, es imposible saber de donde provino cada gota”. La metáfora da cuenta de un yo que la trasciende, tanto como cualquier respuesta que pueda darse a la pregunta “¿quién soy?”. Las imágenes pasan por ella como el agua por la Tierra. Ella, de algún modo, es otro instrumento de fuerzas que pujan por que las reconozcamos.
“Cuando me baja una imagen de ese mundo, mi misión es plasmarla. Una vez que la reconozco, no puedo parar. Si no lo hago, me empiezan a picar las manos. Es más fuerte que yo”, explica.
Con un lápiz, un pincel o una aguja de coser, mover las manos le activa una energía que no duda en llamar alma. Su trabajo es poner la inspiración al servicio de esa aspiración superior. Los meses, a veces años, que dedica a cada pieza, más que un trabajo es una manera de ofrendarse. No hace arte, ella lo es haciéndolo.
Escribe: “La repetición de un movimiento es como un mantra. Mientras me concentro en el trabajo, mi conciencia se expande más allá del entorno visible”.
Tampoco piensa en lo que hará, se vacía de los contenidos, atraviesa ámbitos sin límites precisos, su cuerpo siente la vivencia y ésta siempre le indica por dónde seguir. Pese a que siempre tiene un destello motriz, no va por él: deja venir el resultado. “Es como si no tuviera injerencia sobre el ritmo del proceso, eso está en manos del programa cósmico.”
–¿Solo permitís que fluya?
–Sí. A medida que reúno los materiales, les imprimo el tipo de color/luz que quiero que irradien y los ubico en relación con los demás. A partir de ahí la obra misma empieza a guiarme y hacerme entender el significado profundo que quiere revelarse. La primera sorprendida soy yo.
Cuando está creando ella parece desaparecer y solo queda el crear.
En 1992, no ha dado por terminada la serie Los cuatro elementos y expone en Moscú, cuando en sueños vuelve a manifestársele un conocimiento guarecido detrás de las preguntas trascendentales de la existencia. Desde que despierta esa misma mañana, “sabe” que los arcanos del Tarot serán sus puntos de referencia para la siguiente etapa del viaje.
Si bien en esos años muchos asocian esos personajes arquetípicos con el conocimiento esotérico, siente (sabe) que los arcanos están pidiéndole manifestarse a través de sus sedas. Silke es consciente que esas “otras realidades” presentes en el inconsciente universal no son una temática fácil de digerir para la cultura de pizza con champagne que domina la década.
Alcanza con ver en el libro la infinidad de pliegues y repliegues que surcan el rostro de La Suma Sacerdotiza para captar su sabiduría hecha de intuiciones. O a los seres sanguíneos que dan vida a La Emperatriz. O la voluptuosidad que adopta la seda en Los Amantes. O los yoes suprimidos para sobrevivir en La Fuerza. O la confianza de El Colgado al ver patas para arriba a todas sus convicciones. O el juego de tensiones destructivas que emergen de El diablo. O el imán inagotable de El Sol como fuente de luz y todos los colores.
Cada uno de los 21 arcanos del Tarot, como en los diferentes mazos de cartas, moviliza interpretaciones y mensajes más allá de los símbolos representados. En 1998, cuando concluye los 21 arcanos mayores y los exhibe en la sala principal del Museo Nacional de Arte Decorativo, muchas personas se sientan a observarlos durante un rato o vuelven en los días siguientes.
“Sienten que “eso” representado ‘es’ ellos. Cuando uno expresa algo plásticamente, o con la escritura, o con la música, algo que es de todos, algo universal, arquetípico, abre en el interior de la persona un canal de una honestidad incontenible. Y algunos nudos se desatan”.
En cualquier página que se abra, Silke y la seda es una vivencia de reencuentro con el alma. Similar a recorrer los diferentes museos del mundo que le abrieron sus salas. Similar al estado de conexión con lo esencial en cada uno que plantea Rilke en sus Cartas.
La artista Pilar Tobón, presidenta de World Textile Art (WTA) vendrá en abril a Buenos Aires para presentar el libro en el Museo Nacional de Bellas Artes.





