Sylvia Iparraguirre: “Borges es profundamente argentino, porteño y latinoamericano”
Escritor cosmopolita, Borges sin embargo unió temas filosóficos con Cruz, Fierro y las orillas de Buenos Aires, dice la escritora, que publicó un libro sobre la obra del maestro
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Es difícil en la Argentina, donde los libros acerca de Jorge Luis Borges exceden con amplitud los libros de Jorge Luis Borges, agregar uno a esa serie, pero Sylvia Iparraguirre consigue una hazaña rara: Borges, un destino sudamericano (Alfaguara, 2026) hace accesible al autor de Ficciones a quien nunca lo haya leído y, al mismo tiempo, ofrece sobre él observaciones sorprendentes y exactas.
Así, el lector olvidadizo o neófito encuentra agradablemente resumido el argumento de “El Sur” o de “Las ruinas circulares”, pero también el apunte, que apreciarán los lectores viejos de Borges, de que el asunto de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” está anticipado en una reseña que Borges escribe sobre un libro de Hermann Broch en la revista El Hogar, en 1937. No es el único.
La autora de La Tierra del Fuego, que tiene en su haber una celebrada obra que incluye el cuento, la novela y el ensayo, acaba de publicar, tal vez, la introducción más rigurosa y el ensayo más ameno sobre Borges que se encuentra en las librerías argentinas. En esta conversación -que tuvo lugar primero en el marco del Proyecto Cyrano, el ciclo cultural de la Alianza Francesa- expone algunas de sus razones.
Para ella, y lo dice desde el título de libro, Borges es un destino sudamericano. Y enumera las razones. “Porque nació, vivió y escribió en una ciudad sudamericana, porque creó una mitología en la cual nos reconocemos y proyectó, junto con Roberto Arlt, la literatura contemporánea argentina. Un sentido del libro, hay otros, es traer a Borges a su lugar en el mundo, ya que, en general, su inmensa difusión internacional disipó esa parte de su obra y su pertenencia. Algo que está en sus libros de las décadas del veinte y treinta: su declarada criolledá, como la llama. Borges releyó nuestra literatura del siglo XIX como tradición a la que pertenece y defendió en polémicas con Madrid el habla rioplatense. Puso junto a temas filosóficos o metafísicos a Cruz y Fierro, a las orillas de Buenos Aires, al compadre, a la Pampa. Ni bien vuelve de Europa, a los veintiún años, publica Fervor de Buenos Aires, de declarado amor a su ciudad recuperada. Sus preocupaciones son argentinas, y participa de un debate que era crucial en aquellos años de inmigración masiva: cuál o qué era el ‘ser nacional’. Durante la vanguardia de los años veinte, Borges es el epicentro de los cambios que quieren liquidar todo ‘lo viejo’. Paralelas a las europeas, hay una poderosa vanguardia argentina y latinoamericana de la que Borges participa de manera central. Luego de obtener el premio Formentor se convirtió en un escritor cosmopolita, leído en el mundo, personaje de novelas como la de Umberto Eco y cita obligada de estudiosos y criticos. Pero Borges es profundamente argentino, profundamente porteño y latinoamericano que vivió, escribió, se enamoró, tradujo y recorrió esta ciudad, que puso en el centro de su literatura.
-¿Cómo pasa Borges de relatos realistas como “Hombre de la esquina rosada”, o las biografías de Historia universal de la infamia, a los cuentos fantásticos por los que lo conocemos?
-En 1938 Borges tiene un accidente: el montante de una ventana recién pintada le causa una herida en la cabeza que deriva en una septicemia. Hay un momento en que pierde el habla y deciden internarlo en una clínica. En recuperación, Borges le pide a su madre que le lea un libro. A las dos páginas se echa a llorar; la madre le pregunta por qué, y Borges dice: “Lloro porque entiendo”. El gran terror de Borges era que ese golpe hubiera afectado su inteligencia. Cuando se recupera, intenta escribir algo: no una reseña, porque si fracasaba en eso, significaba que había quedado disminuido. En cambio, intenta algo que nunca había hecho antes: “Pierre Menard, autor del Quijote”. Ese mismo año había muerto su padre, a quien Borges quiso mucho. Jorge Borges fue padre y mentor, el que le abrió su biblioteca a los nueve años y lo inició, como dice Borges, en los rudimentos de la filosofía. Pero yendo a tu pregunta, yo me arriesgo a pensar que, en la orfandad de Borges, el dolor y duelo por la pérdida se mezcló también con una cierta liberación intelectual. Empieza entonces con “Pierre Menard…”, que se publica en 1939, al que siguen cuentos como “Las ruinas circulares”, “La escritura del dios”, “El milagro secreto”, “La bilbioteca de Babel” y “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, que es un salto hacia un tipo de literatura fantástica completamente original, que Borges crea y que va a ser una marca de la literatura fantástica rioplatense. Quince años después, escribe “El sur” y cuenta de manera transparente aquel accidente con la ventana.
-¿Por qué ese cuento define una marca de la literatura rioplatense?
-Porque es un tipo de invención o de imaginación intelectual que nada tiene que ver con lo gótico al estilo de Poe, ni con fantasmas ni aparecidos. Es un tipo nuevo de imaginación literaria. Es algo frecuente en Borges tomar temas de religiones, de filosofías o de culturas lejanas y transformarlos en relatos. Lo que sostiene a Tlön es la filosofía idealista, no como doctrina filosófica, sino como metáfora. “Tlön” es un planeta imaginado por la mente de una cofradía secreta: la invención de Tlön se materializa en una enciclopedia. Hago un pequeño rodeo por lo de rioplatense. La literatura argentina difiere de la latinoamericana por dos motivos. Uno es que en nuestra historia no hay pueblos originarios que hubieran erigido una cultura de la piedra y de la escritura, como México y Perú. Nuestros pueblos originarios fueron ágrafos. Para los blancos, acá hubo una especie de nada metafísica, para decirlo como Borges y Sarmiento. Esta nada, entre el río inmenso y el llamado “desierto”, es la contraparte de la América barroca, ésa que conocemos no solo por García Márquez y el Boom, sino por las culturas mesoamericanas. Y el otro motivo es que la literatura argentina nace urbana. Acá empezamos con “El Matadero”, de Esteban Echeverría, que ocurre en las orillas barrosas y sangrientas de Buenos Aires. Esto no quiere decir que no haya literatura del interior, que va a surgir después. Pero si uno piensa en Borges, en Arlt, en La Bolsa, de Martel, La gran aldea, de Lucio Vicente López, en Cortázar, en Bioy, en Sabato, la literatura posterior es marcadamente urbana. Borges es hijo de esa herencia y con “Tlön” accede a un tipo de cuento fantástico absolutamente novedoso, no solo acá sino en el mundo, que va a identificar parte de nuestra literatura.
-Ese cuento puede leerse como un relato conspirativo clásico, sobre una sociedad secreta, y también como un planteo filosófico. ¿Qué pasaría si la filosofía idealista no fuera especulación, sino el sentido común de un planeta entero?
-Me resulta casi inimaginable: estaríamos quietos, en un sillón, proyectando ideas e imaginaciones que deberían concordar con las de nuestros semejantes. A Borges el idealismo lo fascinó toda la vida. Cuando tenía unos diez años, estaba comiendo una naranja, y el padre le preguntó: “¿Dónde está el sabor de la naranja?” “En la naranja”, contesta Borges. El padre le dice que piense mejor. Borges piensa y dice: “Está en mi paladar”. Ahí aparece para Borges la formulación del idealismo del obispo Berkeley: ser es ser percibido. A los veintiún años Borges ya descree de Berkeley, pero no de la premisa del idealismo, en el sentido de que las ideas son fundamentales en la realidad. En una carta a un condiscípulo, en Ginebra, dice que, para él, el teorema de Pitágoras tiene tanta realidad como una canilla. ¿Qué quiere decir eso? Que todo lo que la mente crea o imagina tiene una realidad posible: las ideas sostienen el mundo. Es así como Tlön es la proyección de las ideas de un grupo de hombres. Y ese tipo de imaginación creadora, entre la filosofía y la ficción, resonó de una manera tremenda, sobre todo en la lectura que hicieron de Borge los franceses: Foucault en Las palabras y las cosas, Gilles Deleuze en Diferencia y repetición, Roland Barthes en La muerte del autor.

-Otra virtud de tu libro es que relacionás entre sí diferentes textos de Borges: por ejemplo, vinculás otro cuento mayor de Borges, “El Aleph”, con el ensayo “La muralla y los libros”.
-Una de las dificultades que se presentan, al escribir sobre Borges, es la continua relación entre cuentos, ensayos y poemas. Las mismas ideas se repiten bajo anécdotas diferentes. En “La muralla y los libros” habla del emperador chino Shi Huang Ti que, cuando accede al trono, hace construir la muralla china y quema todos los libros anteriores a él. Borra la historia anterior y erige un monumento colosal. Como al pasar, Borges señala, entre otras cosas, que el emperador desterró a su madre por libertina. Vayamos ahora a “El Aleph”. En la visión de la pequeña esfera donde gira el universo entero, hormigas, ejércitos, laberintos, entre todas las cosas el Borges personaje ve las cartas “obscenas, increíbles, precisas” que Beatriz Viterbo le escribió a su primo Carlos Argentino Daneri. De algún modo, es la misma idea: Shi Huang Ti modifica el espacio con la Gran Muralla, modifica el tiempo, la Historia, al hacerla empezar con él... y todo esto para ocultar el libertinaje de su madre. En “El Aleph”, Borges narra ese punto del universo donde están todos los puntos del universo y sitúa, hacia el final, las cartas obscenas de su adorada Beatriz al tonto y superficial de su primo. En otra dirección, algo análogo pasa con otro cuento fundamental de Borges, “El Zahir”.
-¿Cómo es eso?
-Ahí tenemos, otra vez, una circunstancia común, de personajes enredados en una historia común, que lleva engarzado un objeto maravilloso. “El Zahir” empieza cuando Borges sale del velorio de Teodelina Villar, de quien ha estado enamorado. Va a un bar de la esquina a tomar una caña y en el vuelto le dan el Zahir, que es una moneda de veinte centavos. Le parece una moneda común; después se dará cuenta de que no es así. Decía Borges que al cuento se lo sugirió la palabra inglesa unforgettable. Es tan monstruosa la idea de la realidad infinita de la que la memoria no puede huir, como la de concentrarse en un solo objeto, y ese objeto es el Zahir. En el cuento, Borges intenta maniobras para olvidar el Zahir: enterrarlo, dejarlo en un lugar, darlo en un pago, y sin embargo no puede pensar más que en ese objeto. Es la inversa de “Funes el memorioso” que, según Borges es una metáfora del insomnio. Borges padecía de insomnio. Como era un hombre de una memoria fotográfica, lo acosaba esa realidad abigarrada, los arrabales de Buenos Aires que acudían a su cabeza en la vigilia. Es la lucidez de Borges, puesta en metáforas como la de Funes y como el Zahir. Son el anverso y reverso de su memoria, pero de modo un poco infernal, porque una cosa es acordarse de todo y otra es concentrarse en un objeto que termina ocupando toda la mente.
-En tu libro decís que “El Sur” es un cuento autobiográfico, no solo por los hechos, sino también porque Borges pone ahí el conflicto de lo que vos llamás su doble linaje.
-Cuando Borges empieza a escribir, le decían: “Vos, Borges, ¿qué podés saber de guapos?” “Me he documentado”, respondía. Pero el hecho es que Evaristo Carriego le presentó a don Nicolás Paredes, vecino de Palermo, que era un cuchillero conocido. Ese matón es el modelo de “Hombre de la esquina rosada”. A Borges ese mundo le resultó fascinante. El duelo criollo, que él siempre contrapuso a los cowboys, que no eran valientes porque mataban con revólver, de lejos. Hay que tener un cuchillo en la mano para saber si uno tiene valor para enfrentar a otro. Pero volvamos a “El Sur”. En Dahlmann está el doble linaje: los libros y las armas, la reflexión y la acción. Los antepasados de Borges, por parte materna, fueron soldados de la independencia; su bisabuelo Suárez había peleado en la batalla de Junín, con la que expulsamos a los españoles. Borges siempre dijo que se sentía un cobarde por dedicarse a los libros cuando sus antepasados habían sido soldados, y en “El sur” resuelve esto de una manera maravillosa: Dahlmann, como Borges personaje, tiene una septicemia, está a punto de morir, y se va al sur a convalecer a una estancia de su familia. En el boliche donde para, unos muchachos que están borrachos lo insultan. Cuando el pulpero le dice: “Señor Dahlmann, no le haga caso a estos muchachos”, él siente que al ser nombrado tiene que responder, y que en su mano el cuchillo solo iba a ser un pretexto para que lo maten. Así que Dahlmann muere a cielo abierto y acometiendo, tiene la muerte épica que habría querido tener y no una muerte de hospital. Pero también podemos entender que nunca llegó al sur y que sigue agonizando en una cama de hospital, soñando o imaginando una muerte épica.
-Sin embargo, también decís que hay algo autobiográfico en “La casa de Asterión”, que es un monólogo del Minotauro. ¿Cómo es eso?
-Eso lo pensé siempre. Hay textos donde uno puede inferir cierta transparencia sobre el hombre que escribe. Borges, en “La casa de Asterión”, cuenta el mito del minotauro de Creta, a quien Teseo va a matar al final, guiado por el hilo de Ariadna. Dice que se basó en un cuadro de Watts: ahí el Minotauro está representado desde atrás, con su enorme cabeza de toro, acodado en un ángulo alto del laberinto, mirando el horizonte, y tiene un pájaro apretado en el puño. En el perfil se advierte una melancolía muy particular, que también está en el cuento de Borges. Borges da vuelta el mito y habla desde Asterión, es el minotauro el que narra. Un día condescendió a salir a ver la realidad y vio seres horrendos, con la cara aplanada. Se siente orgulloso de ser Asterión, y al mismo tiempo el laberinto es la soledad de Asterión. En el momento más patético, Asterión, que añora una compañía, sueña que le muestra el laberinto a un amigo imaginario, y de pronto le dice: “Bien decía yo que te iba a gustar esa canaleta”. La palabra canaleta en el laberinto de Creta: no puedo dejar de imaginar cómo se sonríe Borges cuando pone esa palabra. Pero en otro momento Asterión dice: “El hecho es que soy único”. No lo dice con orgullo, sino con melancolía. Y para mí ahí se transparenta Borges, con esa soledad de ser único y que él intentó sortear por el culto que rindió a la amistad.
Narradora y ensayista

Sylvia Iparraguirre nació en Junín, provincia de Buenos Aires, en 1947. Es egresada de la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Formó parte junto con su esposo, Abelardo Castillo, de las míticas revistas literarias El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco.
Es autora de los libros de cuentos El país del viento y Del día y de la noche, entre otros. Publicó las novelas El parque, La tierra del fuego, Encuentro con Munch y la trilogía Historia argentina. También es autora de un volumen autobiográfico sobre sus lecturas: La vida invisible. En 2023, publicó Clases de literatura rusa. Acaba de publicar Borges, un destino sudamericano (Alfaguara).
Entre otros, recibió el Premio Municipal de Literatura, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz y el Premio Konex de Platino en Novela.

