Un golpe de Estado sin expresiones de júbilo
A diferencia del 55, no hubo festejos tras la caída de Isabel; la asonada militar fue interpretada por muchos como el desenlace inevitable de un prolongado colapso
7 minutos de lectura'
El 16 de septiembre de 1955, el derrocamiento del gobierno peronista dividió al país. Pocos meses después, Ernesto Sabato lo sintetizó en una crónica que se haría célebre. En una casona de la ciudad de Salta, “mientras los doctores, hacendados y escritores festejábamos ruidosamente en la sala la caída del tirano”, escribió, “en un rincón de la antecocina vi cómo las dos indias que allá trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas”. Aquel día, en Plaza de Mayo y otros puntos del país, una muchedumbre formada no solo por doctores, hacendados y escritores, sino también por amplios sectores de las capas medias, se unió a las celebraciones. La victoria de la que se autoproclamaría como la “Revolución Libertadora” era también suya. El 24 de marzo de 1976, en cambio, no sucedió nada por el estilo. No hubo festejos ni movilizaciones; la Plaza de Mayo no fue escenario de manifestaciones ni de demostraciones de júbilo. ¿Cómo explicar este hecho, si el golpe militar de 1976 también ponía fin a un gobierno peronista, sin duda más caótico que el de 1955?
La breve Argentina de Héctor Cámpora (25 de mayo–13 de julio de 1973) había despertado un encendido entusiasmo en numerosos sectores militantes, en particular dentro de las juventudes peronistas, que vieron en ese gobierno el inicio de una transformación destinada a conducir al país hacia un futuro inédito, condensado en la consigna de la “patria socialista”. Sin embargo, Cámpora había llegado a la presidencia no solo con ese apoyo, sino también con el de quienes lo consideraban, ante todo, un delegado del general Juan Domingo Perón (cuya candidatura había sido bloqueada por la “cláusula de residencia” ideada con ese fin por el general Lanusse). Para estos votantes, el retorno del justicialismo al poder no abría el incierto horizonte de un porvenir socialista sino la expectativa mucho más concreta de alguna forma de reedición de la “Argentina peronista” de mediados de siglo, un pasado conocido y valorado. Unos y otros sumaron cerca de la mitad del electorado.
La sociedad tendió a inscribir el golpe como un nuevo capítulo de una historia conocida, nutrida por la experiencia reiterada de alzamientos militares
La casi totalidad de la otra mitad del electorado, compuesta mayoritariamente por capas medias, veía poco de seductor en el peronismo del pasado y poco o nada en el socialismo del futuro. Consciente de ese rechazo, el candidato a vicepresidente de Cámpora, Vicente Solano Lima, sostuvo poco antes de las elecciones de marzo de 1973 que la coalición justicialista debía intentar conquistar votos en el amplio sector de la clase media que le era esquivo. Los resultados confirmaron ese diagnóstico: como en el pasado, en 1973 el peronismo volvió a reafirmarse como una fuerza policlasista, pero, al igual que en 1946 y en mayor medida que en 1955, su base electoral estuvo compuesta mayoritariamente por obreros y sectores populares, mientras que las clases medias se orientaron en proporciones significativas hacia el radicalismo y otras fuerzas no peronistas de centro y de centroderecha.
Las encuestas de la época muestran cómo el protagonismo de las acciones de los grupos armados fue relegando a un segundo plano los problemas sociales clásicos -como la vivienda o el costo de vida- y colocando en el centro de la agenda pública la cuestión de la violencia política
La satisfacción prácticamente unánime que produjo aquel regreso a las urnas tuvo, sin embargo, registros diferentes. Una parte de aquella sociedad vivía con cierta perplejidad que la recuperación del orden constitucional conviviera con la persistencia de una conflictividad social y política que venía en ascenso desde finales de la década anterior y ofrecía resistencias a un encausamiento institucional. Años antes, muchos se habían mostrado comprensivos y en ocasiones solidarios con las rebeliones sociales que desafiaron el orden opresivo de la “Revolución Argentina” (1966-1973), en especial con las protagonizadas por estudiantes. Pero la legitimidad que se adjudicaba a esas rebeliones no se extendía ni a los programas revolucionarios de algunos de sus protagonistas ni a las formas cada vez más extremas de impulsarlos. La progresiva sustitución de la disputa política por la lógica de las armas despertó una preocupación creciente en muchos sectores sociales, no solo en las clases medias. Las encuestas de la época muestran cómo el protagonismo de las acciones de los grupos armados fue relegando a un segundo plano los problemas sociales clásicos -como la vivienda o el costo de vida- y colocando en el centro de la agenda pública la cuestión de la violencia política.
La renuncia de Cámpora y la convocatoria a nuevos comicios confirmaron que el experimento iniciado en mayo de 1973 había quedado rápidamente desbordado. La candidatura de Perón a la presidencia, con su esposa Isabel como compañera de fórmula, se inscribió menos en un ciclo de continuación que de cierre. Ello explica que una parte del electorado que no había acompañado al peronismo en marzo sí lo haya hecho en septiembre (cuando el frente justicialista se impuso por el 62% de los votos), movida por la esperanza de que solo el liderazgo personal de Perón podía restituir algún principio de autoridad política al interior de su movimiento y de ordenamiento social en el conjunto de la población.
Esa esperanza, sin embargo, tardó poco en comenzar a desvanecerse y, con la muerte de Perón, el 1° de julio de 1974, muchos la juzgaron definitivamente extinguida. En un mensaje transmitido por radio y televisión, visiblemente compungida, la primera presidenta mujer del país ahora al mando de la única democracia que quedaba en pie en el Cono Sur, comunicó la noticia con palabras cargadas de un sabio temor: “Con gran dolor, debo transmitir al pueblo el fallecimiento de un verdadero apóstol de la paz y la no violencia”. Debía gobernar en su nombre y, entre las muchas posibles formas de referirse a él, eligió la que mejor se adecuaba a un escenario signado por la violencia. La lógica de la represalia gobernaba la muerte política. Había nuevos muertos incluso en los sepelios de los muertos. Con Isabel en la presidencia, José López Rega, ministro de Bienestar Social y verdadero poder en las sombras, extendió su influencia hasta controlar áreas clave del Estado. Bajo su amparo se consolidó la Triple A, una organización paraestatal responsable de multiplicar la represión ilegal a niveles entonces inéditos, lo que suscitó tempranas denuncias internacionales sobre crímenes de Estado.
Si todo ello confirmaba que el peronismo no era capaz de restaurar la autoridad política, la descomposición del “pacto social” ideado por Perón para controlar la inflación y las permanentes devaluaciones de la moneda, sumadas al impacto negativo de la crisis internacional del petróleo en la balanza de pagos, conspiraban contra la idea de que pudiera propiciar y sostener un orden social estable. La sucesión vertiginosa de ministros -para ocho ministerios, en un año y medio fueron designados treinta y ocho ministros- fue especialmente sensible en el área económica, donde uno de ellos, Celestino Rodrigo, en junio de 1975 implementó una política de shock que terminó consolidando la imagen de desgobierno y situación límite.
Solo una minoría decodificó esa imagen como una crisis reversible. La prensa y la opinión pública tendieron a ver en ella, más bien, una deriva sin salida, algo que contribuyó decisivamente a que el golpe del 24 de marzo de 1976 fuera interpretado por muchos no como una ruptura traumática, sino como el desenlace inevitable de un prolongado colapso. Los sectores que no habían acompañado con su voto el regreso del peronismo al poder, sin embargo, no se congregaron para celebrar su caída, como sí lo habían hecho sus mayores -e incluso algunos de ellos mismos- en 1955. El golpe de Estado contra Isabel Perón no lo percibieron como una derrota, claro está, pero tampoco como una victoria: tendieron a inscribirlo como un nuevo capítulo de una historia conocida, nutrida por la experiencia reiterada de alzamientos militares y regímenes autoritarios. Mucha agua bajo el puente aún debía correr para que adviertan cuán equivocados estaban.


