
Un presidente no apto para menores de 18 años
Más allá de su preferencia política, es prudente mandar a la cama o a taparle los oídos a los chicos cuando habla Javier Milei

Más allá de su preferencia política, es prudente mandar a la cama o a taparle los oídos a los chicos cuando habla Javier Milei
Sea usted libertario, comunista, de centro, anarquista o lo que guste a nivel político, tápele igual los oídos a sus hijos pequeños cuando el Presidente aparece en cámara o habla en alguna de sus cadenas.
No me propongo acá abordar un tema de política… o sí, si por política nos referimos a algo que va más allá de lo partidario y nos adentramos en algo llamado cultura cívica, o cultura a secas. Ocurre que, años y años para ayudar a los chicos a discernir respecto del uso de la palabra, la importancia de contener y encausar los impulsos, lo valioso de educar en el respeto al otro (aunque tantas veces no se ejerza esa educación) y, de golpe, Javier Milei dice lo que dice, de la forma en que lo dice, y los adultos nos vemos en el apuro de responder las preguntas que los chicos hacen sobre lo que escuchan, justo a la edad en que van construyendo cimientos para edificarse como personas.
Es verdad que el lenguaje no es ya lo que era. O, tal vez, siempre fue así (las “malas palabras” siempre existieron) , pero ese tipo de expresiones se proferían como un arrebato, una desviación de la media, una apertura de puertas a ese mundo visceral y escatológico que salía a la superficie para hacer temblar las cosas a fuerza de maldiciones; luego volvía a su lugar y allí las compuertas se cerraban de nuevo.
Ahora se abrieron esas compuertas y así quedaron, abiertas. Cerrarlas parece imposible y todo es incontinencia. La frontera se corrió o directamente desapareció, y lo que antes se escribía “B…” hoy se escribe “boludo”, y lo que antes se guardaba para momentos especiales, ahora se usa todos los días. El resultado es que en la actualidad la dosis del “carajeo” debe ser mayor para hacer efecto, y es así que la situación se vuelve desagradable y frustrante porque, al final, ya los insultos han perdido su fuerza y dejan de ser catárquicos para transformarse, siguiendo una expresión que suena mucho en estos tiempos, en repugnantes.
Pensamos que las declaraciones del Presidente no son aconsejables para menores de 18 años. Bueno…tal vez, 15 o 16. A esas edades ya se entiende que lo que se educa como norma suele no cumplirse, pero la norma existe, y, sea o no respetada, cumple la función de referencia. Es como la playa: podemos nadar mar adentro, pero la playa está allí, como referencia, al punto que es aconsejable no ir más allá de la distancia que nos permita un retorno a la arena sólida para evitar ahogarnos cuando el mar se ponga picado.
El hecho de que un presidente se entregue a la incontinencia verbal y despliegue un lenguaje violento y despreciativo suprime la “playa” de manera oficial. Solo hay mar. Ni siquiera hay algo que transgredir, se apaga el faro orientador y en su lugar queda la impulsividad como signo falaz de libertad, cuando, sabemos, “no es lo mismo ser libre que andar suelto”.
Imaginemos padres, abuelos, maestros y profesores, hombres y mujeres que posiblemente no usen el lenguaje de forma pulcra e inmaculada las 24 horas del día, que posiblemente maldicen, que abren la ventanilla del auto para insultar al automovilista que los cruzó… No son (no somos) habitantes de un lenguaje pasteurizado, como se pretendía en otros tiempos, pero todo tiene un límite o debería tenerlo. Tras el exabrupto, se vuelve a la playa, y lo más probable es que no haya un sentimiento de orgullo tras haber proferido tamañas palabrotas ante los chicos, y menos cuando esos chicos, después, repiten esas maldiciones que han escuchado decir a “los grandes”. Y no es solo por las palabras, sino por lo que esa forma de expresión implica en cuanto al valor del otro, del diálogo y el respeto al prójimo. La palabra no es “mala”, despreciar al otro de manera metódica sí lo es.
Quienes sí tienen hijos o educan niños saben que es importante darles algún tipo de mapa del mundo, aun cuando sea probable que, con el paso de los años, esos niños, ya grandes, modifiquen total o parcialmente ese mapa. El mapa inicial marca una realidad: en el mundo hay lugares diferenciados, en la casa hay un living para compartir, un comedor para comer, un baño para los temas de higiene y demás.
El hecho de que esos “mapas” a veces hayan sido represivos, pacatos, falaces o lo que sea, no significa que haya que abolir la idea de “mapa”. Demos otro ejemplo: una cosa es reconocer que una ley es injusta y modificarla, y otra es abolir la idea de ley.
Por eso es importante mandar a la cama o a taparle los oídos a los chicos cuando habla el Presidente. No importa si se está o no de acuerdo con su idea de la economía, la batalla cultural o lo que sea; acá hablamos de salud mental, en especial, la de los chicos. No vamos a reproducir en este lugar las palabras pronunciadas a repetición por el primer mandatario, nos da vergüenza hacerlo. Y no creemos que sea bueno que los chicos escuchen eso de parte de él, aun cuando no sean nuevas esas palabras porque las han escuchado antes en el colegio o aun en la misma casa. Se trata del presidente, y, además, esas palabras no solamente describen de manera despreciativa y soez a los adversarios, sino que incluyen acciones horribles (tampoco las nombraremos acá) que, si fueran tomadas por parte de los chicos como instrucción acerca de cómo se dirimen las diferencias, tendríamos una epidemia de violencia de proporciones apocalípticas.
El uso del lenguaje violento dentro de las más importantes esferas del gobierno y sus adyacencias ya deja de ser gracioso o pintoresco. Ya no hablamos de relajar la pacatería o de ser espontáneos, dado que sabemos que el insulto permanente, a esta altura, parece describir no tanto una posibilidad de expresión más “suelta” como una imposibilidad de contener impulsos vestida de política comunicacional.
No todo es economía en esta vida. También está la educación de los chicos, su salud anímica, la posibilidad de no naturalizar la violencia, la de entender que a veces la concordia es posible.
Se bien educa, o se mal educa, pero siempre se educa, a través de lo que se hace y lo que se dice. Por ahora, los chicos deberán saber que no es bueno seguir el ejemplo del Presidente en lo que a expresiones respecta. Es difícil, porque es el presidente. La esperanza está en que él se dé cuenta y ayude a educar a los chicos argentinos a través de un ejemplo de libertad, esa libertad que se logra conduciendo los impulsos y no dejándose esclavizar por ellos, abriendo, de paso, las compuertas del infierno.
El autor es psicólogo y psicoterapeuta
