
Una apuesta por la esperanza en tiempos difíciles
Décadas de frustración y decepciones contaminan nuestra cotidianidad de un malestar que nos angustia, irrita, a veces hasta la violencia, y nos lleva a una actitud pesimista, a una resignación que se asemeja a un “darse por vencido” que, como sabemos, conllevan cuadros depresivos de diferente índole.
Algunos optan por coartadas que burlan las normas, por conductas egoístas narcisistas que no registran al semejante y que les permite en función de un supuesto beneficio personal desentenderse de los valores y los consensos que hacen posible aquello que para el ser humano es vivir: me refiero a convivir.
Sin comunidad, una sociedad no tiene proyecto. Es decir, no se “lanza” a un futuro que brinde sentido a la vida, que nos gratifique y entusiasme”
Me temo que a veces dejamos de preguntarnos el significado, el porqué y el para qué de este padecer que soportamos y que nos aísla, encierra e impide que tejamos los lazos que nos transformen de gente que “vive en un mismo pedazo de tierra” a “ciudadanos de una república”. Si el otro está ausente, yo desaparezco. Sin comunidad, una sociedad no tiene proyecto. Es decir, no se “lanza” a un futuro que brinde sentido a la vida, que nos gratifique y entusiasme.
Esto implica un existir dinámico, un trabajo de cambio permanente, una movilidad que neutralice esos estancamientos que no son tanto una parálisis, sino un “ir para atrás”. Son pérdidas, daños colaterales, reacciones sociopáticas, desamparo, y la soledad que genera la falta de un argumento que nos reúna más allá de las individualidades y nos impulse a enfrentar desafíos; así también como crear una membrana que ninguno esté dispuesto a romper por una transitoria ganancia personal si con esa acción lastima la salud del conjunto.
Me pregunto cuándo llegará el día en que, como el instinto ha enseñado a algunas especies de animales, entendamos que el primer paso para la propia seguridad consiste en cuidar al otro. Con esto tiene que ver la confianza, la responsabilidad, la justicia; caminar hacia un mañana, no quedar atrapado en un congelamiento que recuerda al letargo.
La permanencia de la quietud tanática no es lo mismo que la repetición de las crisis, si entendemos el concepto como el quiebre de un sistema que ya no se puede sostener y exige un “verdadero cambio”, y no solo de funcionamiento con el objetivo de modificar la ecuación que asfixiaba. No suelen estar planificadas las crisis, así como duran un tiempo limitado y suponen un antes y un después diferentes.
Se configura algo nuevo que pretende, si ha logrado reparar las heridas, estabilizar la nueva organización a que dio lugar.
Una crisis debe tener como efecto una refundación del tipo de relaciones previamente existentes que dé lugar a un nuevo equilibrio siempre dinámico que sea resultado de una toma de conciencia colectiva de lo que era dañino y contraproducente. Que pueda desencadenar una serie de preguntas que, en su carácter explorador, proponga otras alternativas. Implica una tabla de valores en lo esencial compartida, un claro reconocimiento de la ley como suprapersonal que ordena, protege y sanciona. Efectivamente, que sancione las infracciones.
El cambio de posición de las fichas en el tablero solo por intereses coyunturales ajenos a una búsqueda de reorganización profunda y que no altera la estructura que lo sostiene, no abre ningún horizonte esperanzador”
Si pensamos que cualquier fractura es una crisis, un caos transitorio que devendrá un nuevo paisaje que aspira ser mejor y no la permanencia del mismo padecer con algún otro disfraz, debemos comprometernos en una lectura honesta que habilite a una exigencia potente. Con una sana autocrítica que lleve a todos a una integración eficaz. Justamente es esta la que defiende las normas, protege el derecho al disenso, ayuda a cierta previsibilidad e instala “el optimismo lúcido” como herramienta privilegiada. Desterrando el “optimismo ingenuo” siempre fiel a un “pensamiento mágico inútil”.
El cambio de posición de las fichas en el tablero solo por intereses coyunturales ajenos a una búsqueda de reorganización profunda y que no altera la estructura que lo sostiene, no abre ningún horizonte esperanzador; por el contrario nos convertimos en espectadores de la repetición, principal protagonista del fracaso.
Hay que subrayar que debatir, disentir, cuestionar, es un ejercicio vital. Se trata de adversarios buscando síntesis superadoras. Si por el contrario, como sucede en nuestro país, en lugar de enfrentamiento y competitividad tenemos hostilidad y guerra no hay camino innovador. La reconciliación no significa coincidencia completa, sino respeto por lo diferente. Y un intento de armonizar de un modo posible los desacuerdos.
Por ahora, parece solo una aspiración. Tal vez sea el primer paso para crear un país mejor.
Pero no quiero terminar estas líneas sin mencionar algunos puntos claves. Primero, estar atentos de no terminar creyendo que esta inmovilidad viscosa que sufrimos es parte de un destino inevitable, frente al que nada podemos hacer. Este pensamiento consciente o inconsciente nos priva de una participación activa en la construcción de la arquitectura de nuestro porvenir.
El otro punto es no naturalizar lo artificial, no diagnosticar como fisiológico lo que es patológico, porque es un recurso fallido, que nos enceguece.
Por último, observar con la mirada de quien procura descubrir y comprender lo que verdaderamente ocurre y no, en cambio, con aquella del deseo que cree ver aquello que prejuiciosamente anhela que sea.




