Irreversible. La pandemia lesionó tres valores esenciales
Los últimos dos pueden considerarse con toda razón como los años que vivimos en peligro. A diferencia de la película dirigida en 1982 por Peter Weir, que se titulaba El año que vivimos en peligro y fue protagonizada por Mel Gibson y Sigourney Weaver, en este caso no se trató de reporteros cubriendo una guerra, sino de seres humanos atacados por un virus hasta entonces inédito. Más allá de haber modificado hábitos, costumbres, modos de vida, vínculos, creencias, formas de trabajar, de haber cancelado proyectos, recortado libertades, clausurado futuros y cobrado vidas, la pandemia lesionó severa y quizás irreversiblemente tres valores esenciales en la relación de gobernantes y gobernados, e incluso entre la ciencia y la sociedad. El respeto, la autoridad y la confianza.
Como el amor, estas tres virtudes (para llamarlas del modo en que Aristóteles mencionaba a los valores) no nacen hechas ni se imponen por decreto. Se construyen. No son abstracciones, se desarrollan dentro de los vínculos, se verifican en las relaciones entre las personas, solo pueden manifestarse cuando se registra y se acepta la presencia y la existencia de otro, de un prójimo. Un Tú. Desaparecen en donde no hay alteridad. Su construcción sigue un proceso similar al de, por ejemplo, una casa. Y tienen el mismo fin: ser habitadas, cobijarnos. El proceso de edificación requiere materiales. Pensemos en ladrillos. Los ladrillos son, en este caso, acciones, conductas y actitudes responsables. Cuando se impone por arriba, por orden jerárquico, por mandato, la autoridad es autoritarismo. Nadie será confiable porque diga serlo o porque exija que se le tenga confianza. Y el respeto demandado por la simple ocupación de un rol (padre, jefe, gobernante, superior, etcétera) solo será la máscara del temor o del resentimiento.
Desde el momento en que son construcciones, la autoridad, el temor y el respeto necesitan tiempo. En ese tiempo se presentarán las situaciones en que las conductas, las acciones y las actitudes demostrarán quiénes son confiables, respetables y merecedores de atención a su autoridad. Decía Víctor Hugo (1802-1885), el novelista, poeta y dramaturgo francés autor de Los miserables, que son las acciones sublimes las que fundamentan el respeto, y las bellas las que generan amor. El pensador suizo Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) sostenía a su vez que es más valioso obtener el respeto que la admiración de las personas, idea que se confirma cuando se ven las conductas y acciones patéticas de quienes, desde el poder, intentan conquistar admiración mientras pierden el respeto de aquellos a quienes quieren seducir.
Las mentiras seriales, la contradicción flagrante entre lo que se dice o se promete y lo que hace, las estafas morales, la duplicidad entre conducta privada y declaraciones públicas, la continua ignorancia de los padecimientos de los otros, las declaraciones autoritarias insostenibles en la práctica son apenas algunas de las vías por las cuales quienes conducen los destinos de una familia, un grupo, una organización, un equipo o una sociedad, suelen perder el respeto, la confianza y el acatamiento de sus liderados. Todas estas condiciones se dieron en nuestra sociedad a lo largo de los dos años más disruptivos de este siglo, los que cambiaron nuestras vidas, rediseñaron nuestros futuros, nos llevaron a revisar y depurar nuestros vínculos y nos enfrentaron con cuestiones existenciales que deberemos explorar a lo largo del tiempo y las circunstancias. No hubo construcción de respeto, de autoridad ni de confianza. Todo lo contrario, esos valores fueron dilapidados. Y se ratificó la aseveración del filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900): “No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no pueda creerte”.
Así es como se destruyen el respeto, la autoridad y la confianza.


