
A 30 años de la muerte de Leonardo Simons: el peso del deshonor y las 3 cartas de despedida
El conductor y presentador televisivo tenía apenas 49 años y se encontraba en la cima de su carrera profesional cuando se suicidó, hecho que consternó a todo el país
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De la infancia en La Paternal al éxito masivo en la televisión
La historia de Leonardo Simón Wowe comenzó marcada por la humildad. Hijo de Raúl Wowe —un inmigrante polaco arribado a la Argentina antes del estallido de la invasión nazi— y de su esposa Zulema, transcurrió su infancia en Villa Crespo. Durante la adolescencia, mientras asistía a la escuela, trabajaba atendiendo el pequeño almacén familiar en La Paternal. A los 14 años completaba sus días vendiendo de forma ambulante y animando fiestas para chicos.
Pese a los limitados recursos económicos, logró finalizar los estudios secundarios e ingresar a la universidad. Aunque cursó simultáneamente en la Facultad de Ingeniería y en el Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica (ISER), fue en este último donde se graduó como locutor nacional en 1968. Apenas dos meses después de su egreso, inició su trayectoria en Canal 13 al frente de ciclos como La campana de Cristal y La Feria de la Alegría.

Su gran salto a la notoriedad se produjo tras su llegada a Canal 9 para presentar Música en Libertad junto a María Isabel Ramírez. Durante sus 22 años de permanencia en esa emisora, se consolidó como una de las figuras más destacadas de la pantalla nacional conduciendo programas emblemáticos como Sábados de la Bondad, Finalísima y El juego de los Matrimonios. En 1993 migró a la pantalla de Telefé, señal donde lideró el ciclo de entretenimiento Ta Te Show.

La crisis familiar y el detonante
Detrás de su figura pública y del éxito profesional que mantenía a través de Ta Te Show, atravesaba un profundo tormento personal. La causa principal de su sufrimiento era la situación judicial de su hermano, el exjuez Carlos Wowe, encarcelado en el penal de Caseros e investigado por cohecho, tentativa de cohecho y portación ilegal de arma de guerra. La denuncia había sido formulada por el periodista Bernardo Neustadt, a quien el magistrado le había pedido una suma de dinero para facilitarle el acceso a un expediente.

Al enterarse de lo sucedido, tomó contacto telefónico con Neustadt para expresarle la enorme vergüenza que le causaba el actuar de su hermano —con quien no mantenía vínculo hacía tiempo— y el estado depresivo en el que se encontraba sumido. En el canal, el equipo de producción notaba su aflicción a pesar del esfuerzo que hacía por mostrarse animado.
Las últimas notas y el trágico desenlace
Ese martes 15 de octubre de 1996, arribó a su oficina del piso 13 en la avenida Córdoba 1367 una hora antes de lo habitual, solicitó los diarios y se encerró. Una hora más tarde, sus dos secretarias lo encontraron ubicado en la ventana hacia el aire y luz. Pese a que intentaron sujetarlo del pantalón, logró soltarse el cinturón para precipitarse al vacío.
En sus bolsillos se hallaron tres cartas escritas de su pugno y letra:
- A sus hijas Vanesa y Bárbara: En una nota escrita con lápiz, les manifestaba su profundo amor y explicaba que elegía esa salida para no convertirse en una carga permanente dentro de una institución de salud mental. “Papá prefirió tomar esta actitud que cree valiente porque se me reventó la cabeza y es mejor que ser una carga de por vida para ustedes, estando en un manicomio. Las amo como a nadie amé en este mundo”, escribió.

- A su esposa Ruth Kisielnicki: Redactada el 9 de octubre (seis días antes del hecho), contenía palabras de gratitud por diez años de matrimonio y le recordaba la promesa de proteger a sus hijas.
- A sus amigos: Un mensaje de agradecimiento general sin listas individuales para no omitir a nadie, donde explicaba que su mente había colapsado y buscaba tranquilidad.

La noticia provocó conmoción en todo el país. Mientras las cámaras transmitían en directo desde la vereda y los diarios llevaban el suceso a sus portadas, su esposa declaraba ante la prensa, entre la indignación y la impotencia, que las explicaciones debía darlas Carlos en la cárcel. Más tarde, el propio Neustadt calificaría la decisión como incomprensible dentro del contexto del país, marcando el triste final de uno de los conductores más reconocidos de la televisión argentina.
“Se mató por nada”, dijo Neustadt.
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