A los 50, era un desafío personal, íntimo

Pablo Ferrari
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23 de noviembre de 2013  

En mi infancia, como todo chico, yo tenía sueños de aventura. Vacacionábamos en un campo de mis padres, cerca de Sierra de la Ventana, y siempre tenía las montañas presentes en mi horizonte: pensaba qué lindo sería estar allá arriba. A los 50 años decidí cumplir aquel sueño y subirla finalmente, pero quise que fuera una montaña importante. Era un desafío personal, íntimo, por eso busqué una opción que, para mi edad y mi hábito deportivo citadino, fuese factible. Esa opción tenía nombre y apellido: el Lanín.

Así fue como en 2007 lo subí. Pero a pesar del empeño y las ganas... ¡casi me muero a mitad de camino! Me di cuenta entonces de que el montañismo me apasionaba, que tenía que volver a intentarlo. Iría por más: el Aconcagua. Tracé un programa de entrenamiento, con ejercicio físico en forma creciente, para encarar la expedición el enero siguiente. Mi primer ascenso fue en 2009, por la cara norte, pero una vez más, después de llegar a los 5000 metros, tuve que ser evacuado en helicóptero por un edema agudo de pulmón. De regreso, mi médica me advirtió que el edema de montaña se repite, y le contesté: "Lo hablamos el año próximo".

Entrené todo el año siguiente, con una rutina mejorada, y en enero hice la ascensión, esta vez por la cara este, ya que permitía una mejor aclimatación. De esa forma, llegué al último campamento, a 6000 msnm, para pasar la noche previa al intento de cumbre. Fue cuando olvidé mis botas fuera de la carpa, y a la mañana siguiente, al ponérmelas... me congelé los pies. El frío (-26°/-30°), el viento y los pies congelados me hicieron volver al refugio de la carpa, y al campamento base después. Juré no volver.

Aun así, reincidí en 2013. Lo hice para acompañar a un amigo con el que habíamos hecho el primer intento de ascensión y que se recuperaba de una seria lesión. Esta vez, regresé con un plan ambicioso: subir por un lado de la montaña y bajar por el otro.

Durante el camino, nunca pensé en la cumbre. Sólo me concentré en el trabajo diario. Finalmente, el intento de cumbre duró 11 horas: largas, hermosas e inolvidables horas, donde se camina al límite de la energía física y psíquica. Cuando me preguntan cuál es la sensación de la cumbre, digo que me emocionó la llegada después de tantos días de esfuerzo, siempre hacia arriba, con una pared por delante. En cada paso, esa pared fue bajando para desaparecer y al fin vi el cielo por delante. Estaba más alto que los cóndores.

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