
La llamaron “el ángel de Varsovia” porque entraba con pases sanitarios para llevarse escondidos a los chicos; a la par, llevaba un archivo con los datos necesarios para reunirlos después con sus familias
“Me es un gran esfuerzo hablar de mis experiencias. Me asaltan recuerdos y pesadillas. Aún hoy sueño que pido permiso a padres para llevarme a sus hijos, y cuando me preguntan qué garantías hay de que sobrevivan, solo puedo responderles que ninguna”. Esos sueños que en 2005 todavía perseguían a Irena Sendler eran, más que sueños, recuerdos. Y esos hijos que se llevaba eran los niños que habían quedado prisioneros del gueto de Varsovia.
“Entre todas las formas de conspiración en la Polonia ocupada por la Alemania de Hitler, la ayuda a los judíos era una de las más difíciles y peligrosas. Desde el otoño de 1939, el menor gesto de compasión hacia los perseguidos se pagaba con la pena de muerte”, le contó Irena a la periodista polaca Anna Mieszkowska en su libro La madre de los niños del holocausto.
Pese a que ya en ese momento era consciente del peligro, Sendler no dejó nunca que el miedo determinara sus acciones. Desde chica le enseñaron la empatía: “Mi padre murió cuando yo tenía siete años. Nunca olvidaré sus palabras: las personas se dividen en buenas y malas. La nacionalidad, la raza, la religión, carecen de significado. Lo único importante es la persona. El segundo principio que me inculcó en mi infancia fue la obligación de tender la mano a los que se ahogaban, a cualquiera que estuviera necesitado”.
Desde joven puso en práctica esa enseñanza y sacrificó su propia vida para ayudar a los demás.

Un legado moral
El padre de Irena, Stanislaw Krzyzanowski, era un médico comprometido con causas sociales: luchó por la independencia de Polonia y participó en la revolución de 1905 (contra el régimen zarista), donde además defendió los intereses de los estudiantes durante las huelgas de la enseñanza (en el contexto de una fuerte rusificación del territorio), por lo que fue perseguido.
Formó parte del Partido Socialista de Polonia (PPS) y no pudo terminar sus estudios de Medicina en la universidad zarista de Varsovia justamente por su compromiso político y “su actitud patriótica”. Entonces se fue al sur, a Cracovia, donde también lo expulsaron de la facultad. Finalmente se licenció en 1908 en la ciudad ucraniana de Charkow.

Tras el nacimiento de Irena en 1910, y debido a problemas de salud de la niña (tosferina), la familia se instaló en Otwock, una estación balnearia, donde Stanislaw fundó una clínica para enfermos de pulmón. “La casa de mis padres siempre estaba abierta a los más necesitados. Todo el que acudía a nosotros recibía ayuda. Mi padre no les cobraba a los pobres, fueran polacos o judíos, y hasta les daba medicinas gratis”, recordó ella.

La muerte de Stanislaw fue un acto de entrega: durante la Primera Guerra Mundial, las malas condiciones higiénicas provocaron una epidemia de tifus. En el pueblo había cuatro médicos, tres de los cuales no querían arriesgarse con los tísicos. Pero el papá de Irena no le negaba su ayuda a nadie. Eventualmente se contagió y falleció en 1917. Tenía 40 años.
Como agradecimiento, la comunidad judía de Otwock le ofreció a la madre financiar los estudios de su hija, pero ella rechazó la oferta: decía que era joven (tenía 32 años) y que podía trabajar. Así, se hizo cargo de la administración del hospital que había abierto su esposo, después de una exhaustiva desinfección del lugar.
Todo esto fue una especie de legado moral. En 1997 escribió: “Tal vez debería empezar diciendo lo importante que fue siempre para mí comprometerme con las causas sociales. En el instituto me apunté a los scouts, mi mayor pasión. De mi padre heredé el interés por la política”.

Los guetos de los bancos
A los 17, cuando terminó el instituto, se anotó en la facultad de Varsovia. Estudiaría Filología Polaca para después desarrollarse en el ámbito del trabajo social. Como lo había hecho antes su padre, en esos años adhirió a varias causas, como la lucha por reducir las tasas universitarias para los hijos de obreros y contra movimientos antisemitas. Por ejemplo, en 1927, cuando se implantaron “los guetos de los bancos” (el lado derecho del aula era considerado el lado “ario”, reservado a los polacos, y el de la izquierda, a los judíos), ella no acató la orden.
Sobre esos tiempos, recordó: “Yo siempre me sentaba con los judíos y así les demostraba mi solidaridad. Después de la clase, los matones de la organización de derecha ONR (Campo Nacional Radical) les pegaban a los judíos y a los polacos que se habían sentado a la izquierda”.

Mientras tanto, empezaba su trayectoria en la oficina de Bienestar Social: en 1932 ya trabajaba en la sección “madres y niños” del Comité Ciudadano, en el sector que ofrecía ayuda jurídica ante desalojos forzosos, obligaba a los padres a pagar la manutención y brindaba servicios ginecológicos y pediátricos a las madres sin seguro médico. En 1935, el gobierno conservador cerró ese departamento. Irena fue entonces trasladada al Ayuntamiento de Varsovia.
Después de que la expulsaran por tres años de la universidad (porque vieron que había tachado de sus libros la orden que establecía los guetos de los bancos), se reincorporó gracias a un nuevo decano y se graduó en 1939. El 1° de septiembre de ese año Alemania invadió Polonia.
Una gran acción de salvamento
Irena empezó a trabajar en el PPS, uno de los pocos grupos políticos que defendía a los judíos: repartía dinero a los profesores que sufrían dificultades económicas, localizaba a los desaparecidos o prisioneros y contactaba a las familias, abastecía de medicamentos y vendas a los que se escondían en los bosques.

Tenían que hacerlo desde la clandestinidad: “En otoño de 1939, cuando los alemanes ordenaron a las autoridades municipales que despidieran a todos los trabajadores judíos y que dejaran de socorrer a los judíos necesitados, organizamos células de ayuda, tanto en nuestra central como en nuestras delegaciones”.
Para diciembre, los judíos estaban obligados a usar un brazalete con la estrella de David. Se marcaron sus comercios y se confiscaron sus hogares y sus cuentas bancarias. Varsovia se dividió en “barrios”: el alemán, el polaco y el judío. Para noviembre de 1940, cuando el gueto de Varsovia fue declarado zona prohibida, ya vivían ahí más de 400.000 personas. Los judíos no podían irse. Los polacos no podían ayudarlos. Pero Irena no se iba a quedar de brazos cruzados.

“Para poder ayudar a los judíos más necesitados teníamos que estar preparados, saber cómo llegar hasta ellos lo más rápido posible y cómo falsificar cientos de documentos. Cambiábamos apellidos judíos por polacos. Encargué documentos de identidad del cuerpo sanitario para mí y mi colega Irena Schutz. Una de sus tareas consistía en luchar contra las enfermedades contagiosas. Conseguí esta clase de certificados para otras mediadoras hasta que logramos entramos en el gueto de forma legal”, detalló. El doctor Juliusz Majkowski, jefe del departamento de Sanidad, apoyó esta labor permitiéndoles cruzar las puertas del gueto varias veces al día bajo su responsabilidad.
Con los pases sanitarios lograron introducir dinero de la Oficina de Bienestar Social, comida, medicamentos, vendas, vacunas. Y pudieron ver de cerca la desesperante situación: adultos y niños morían de hambre, frío y enfermedades. El punto de inflexión llegó cuando implementaron deportaciones masivas a los campos de exterminio. Fue entonces cuando decidió poner en marcha “una gran acción de salvamento”.

Consejo de ayuda a los judíos
La periodista Mieszkowska repasa: “Distintas organizaciones clandestinas que actuaban en el lado ‘ario’ prestaron ayuda a los judíos indefensos del gueto de Varsovia, pero no bastaba. Grupos de personas de una misma profesión daban refugio a sus colegas. Los artistas polacos pusieron a salvo a sus compañeros judíos, los abogados polacos a los abogados judíos, los médicos polacos a los médicos judíos”.

El 19 de agosto de 1942 un folleto explicó la “liquidación del gueto”: “Ayer se dio la orden de que los niños acudieran a la plaza de trasbordo [...]. La saña con la que son perseguidos los pequeños es sorprendente. [...] Los niños estaban locos de miedo, lloraban, se agachaban, se mordían las uñas”.
Irena repasó: “¿Cómo podía ser que los chiquillos, los jóvenes, el futuro de Polonia, se encaminaran en masa hacia la muerte en un cálido día de agosto de 1942?“. Eran filas largas, interminables. El destino era el campo de exterminio de Treblinka adonde, entre finales de julio y septiembre de 1942, los alemanes deportaron cerca de 265.000 judíos procedentes de Varsovia, según la Enciclopedia del Holocausto.
Para diciembre de ese año, Irena conoció la organización Zegota, presidida por Julian Grobelny, a quien le pidió ayuda para seguir con la asistencia clandestina. Él aceptó, le dijo: “Usted dispone de un grupo de colegas de confianza y nosotros, de dinero”. Surgió, así, el Consejo de Ayuda a los Judíos. Ella lo dirigía.

Al otro lado del muro
Pronto la prioridad se centró en los más jóvenes que quedaban “huérfanos e indefensos”. Sendler sabía que la forma de salvarlos era sacarlos del gueto: “Mis colegas y yo entramos en contacto con familias conocidas con hijos. Les decíamos que podíamos salvarlos si los pasábamos al otro lado del muro. A la pregunta de si lo conseguiríamos respondíamos con sinceridad: no les damos garantías.[...] A veces me despedía de las desgraciadas familias sin llevarme al niño, y regresaba al día siguiente para ver si seguían ahí. En ocasiones ya habían sido enviados a la plaza de trasbordos”.

Había distintas formas de sacarlos: una de ellas era subirlos a un camión de limpieza que manejaba Antoni Dabrowski: “Nos buscaba al niño y a mí o a una de las mediadoras en un lugar del gueto en el que nos habíamos citado. El niño se escondía en el vehículo, dentro de una caja grande o, lo que es peor, en un saco. El pobre niño, muchas veces separado a la fuerza de sus padres o abuelos, estaba tan asustado que gritaba de desesperación”.
Los llantos, los ruidos, ponían a todos en peligro: los guardias alemanes que custodiaban las puertas podían escucharlos: “Un día Dabrowski me confesó: ‘No puedo seguir ayudándolos. Algún día los guardias nos descubrirán y nos pegarán un tiro’. Le rogué que se esforzara en pensar una alternativa para evitar el peligro”. A los pocos días, tuvo una idea. Le propuso llevar con ellos un perro guardián. Cuando estuvieran por pasar cerca de un control, le iba a pisar la pata para que ladrara. Los aullidos taparían los gritos.

También podían salir por el depósito de tranvías, en donde trabajaba el marido de una colaboradora: “Le entregábamos al niño mientras estaba de servicio. Lo escondía en el tranvía vacío y lo pasaba a la zona ‘aria’ acordada”. Otra opción era a través de los sótanos de algunas casas del gueto que limitaban con viviendas polacas. Una vez afuera, había que ser precavidos.
Falsificaban sus documentos, les daban nombres arios, creaban nuevas partidas de nacimiento. Los alojaban en casas de familias de confianza, en donde les enseñaban polaco. “La vida en el lado ‘ario’ era un riesgo constante. Si la amenaza de una denuncia, una visita del Szmalcownik [un informante] o la Gestapo pesaba sobre el escondite, había que buscar de inmediato otro lugar para el pequeño refugiado. El traslado forzoso se sumaba a la lista de tragedias del chico”.
“Prefería morir a dar a conocer nuestro trabajo”

Irena y la organización Zegota consideraban esencial que la comunidad judía no perdiera el rastro de estos chicos. Por eso elaboró durante años una guía o “fichero” que permitiría a las familias reencontrarse con sus hijos cuando terminara el conflicto. También con esto había que tener cuidado. Entonces, en vez de ecribir en un cuaderno, anotó todo en tiras de papel de seda enrrolladas. Escribía el nombre falso, el original y la dirección en clave en donde se refugiaba.
Un día, la Gestapo fue a buscarla. Era el 20 de octubre de 1943. Revisaron su casa pero, por suerte, no encontraron la lista. A ella se la llevaron a la prisión de Pawiak. No fue una redada al azar: “Durante el interrogatorio me preguntaron por el nombre de la organización y su director. Los alemanes sabían de la existencia de una organización secreta que salvaba judíos. No conocían los detalles: ni el nombre, ni la sede, ni a sus colaboradores. Me prometieron que me soltarían de inmediato si lo contaba todo”. Los papeles quedaron entonces a cargo de otra colaboradora, Janka.

A Irena la torturaron día y noche, pero ella nunca dijo nada: “Guardé silencio. Prefería morir a dar a conocer nuestro trabajo. ¿Qué importancia tenía mi vida frente a la de otros muchos hombres?“. Pasó así casi un mes, hasta que la trasladaron a otra cárcel con la orden de ejecutarla, pero los miembros de la resistencia lograron sobornar a los guardias y ella pudo escapar pocas horas antes de su muerte estipulada. Aunque siguió participando de actividades clandestinas, tuvo que esconderse hasta el final de la guerra.
Ahora sabía que debía hacer lo mismo con los datos de los niños: “Tras fugarme de la cárcel, guardé las tiras de papel de seda con los nombres de los niños rescatados en un tarro de cristal y lo enterré. Durante el levantamiento de Varsovia, los metí en una botella y los oculté casi en el mismo sitio, en el jardín de una mediadora de la calle Lekarska 9. De morir yo, la desenterraría ella y se la daría a las personas indicadas”.
“Al miedo se lo domina”
El 17 de enero de 1945 se dio la liberación de Varsovia. Entonces, desenterraron los nombres y le entregaron la lista a Adolf Berman, director del Comité Central de los Judíos de Polonia, la organización encargada de reconstruir la vida y la identidad de los supervivientes. Gracias al archivo pudieron buscar a los niños y sus familias, reencontrarlos con sus padres o sus parientes más cercanos y, a los huérfanos, enviarlos a orfanatos.

Solo la célula de Irena logró salvar 2500 chicos, pero ella siempre recalcó que el número total debió ser mayor al de las listas de Zegota, ya que existían “otras muchas organizaciones que prestaban una ayuda extraordinaria” de forma independiente.
Años después, un periodista le preguntó: “¿Usted tenía miedo?“. Ella respondió: “Sí, yo tenía miedo. Pero lo que jugaba a mi favor era la audacia. Cuando uno es joven es audaz, rebelde… Y bueno, me habían enseñado a tender la mano al que se hunde. A esos amigos de allá, que morían de hambre. Todo eso hacía que dominara mi miedo. [...] Por ejemplo, cuando me arrestaron, y mientras los alemanes me llevaban a su auto, me preguntaba cómo hacer para no tener miedo, para no mostrar el miedo. Fue todo un trabajo. Al miedo se lo domina. Es una cuestión de voluntad".

Después de la guerra la apodaron “el ángel de Varsovia”. Recibió varios premios y condecoraciones a lo largo de su vida: la Cruz de Oro del Mérito de la República de Polonia en 1947, la medalla de “Justa entre las Naciones” en 1965, de la Yad Vashem, la Orden del Águila Blanca en 2003 y muchísimos más.
Además, estuvo nominada para el Nobel de la Paz en 2007, pero se lo llevó, en cambio, Al Gore. El 12 de mayo de 2008, a los 98 años, murió en Varsovia. Nunca, hasta ese momento, estuvo conforme con todo lo que logró. Más de una vez le dijo a quien le preguntara: “Todo el tiempo tuve la sensación de no haber hecho lo suficiente. Podría haber hecho más. Este pesar me perseguirá hasta la muerte”.





