Archivar

Guillermo Jaim Etcheverry
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1 de febrero de 2004  

Al final de cada año anuncia también el momento tan temido: es tiempo de archivar. Se trata de una tarea que genera una cierta incomodidad, una vaga sensación de angustia. ¿Por qué? Porque nos hace regresar al pasado, reflexionar sobre lo que hemos hecho y, sobre todo, porque nos enfrenta a la decisión de elegir qué es lo que merece preservarse para el futuro. Como lo señala Jacques Derrida en su ensayo Mal de archivo -texto escrito en un lenguaje arcano que desafía la comprensión pero del que se desprenden destellos de una lucidez singular-, lo esencial del archivo reside precisamente en que no está solamente vinculado con el pasado, sino que tiene que ver con el futuro. Es más, es la materia misma del futuro pues en ese tiempo se advertirá la necesidad de lo archivado, es entonces cuando se concretará su promesa. Sólo en el futuro sabremos si ese pasado que hemos decidido preservar tiene algún significado.

Y eso no lo sabremos mañana, sino en los tiempos por venir. Mucho más adelante, tal vez nunca.

En el momento de archivar tomamos conciencia de que está a nuestro alcance la posibilidad de moldear la concepción que el futuro tendrá del pasado. En el instante en que decidimos qué guardar y qué desechar, experimentamos la ilusión de controlar el pasado. En el caso de nuestros archivos personales, advertimos que podemos ser nuestros autobiógrafos. Es una sensación similar a la que experimentamos cuando, al escribir en una computadora, enfrentamos la decisión de guardar lo que muestra la pantalla: debemos determinar si queremos salvar el texto, de acuerdo con la feliz expresión en inglés. ¿Salvarlo de qué? De la destrucción, de la pérdida, de la aniquilación a que condena el olvido. Salvamos para poder luego reproducir, copiar. La promesa de inmortalidad no sólo se materializa en el objeto archivado, sino que lo hace antes, en la decisión misma de guardar.

Cuando se trata de nuestras vidas, cada uno de nosotros experimenta el dilema del archivista: resistir el exceso de información, muchas veces irrelevante y, al mismo tiempo, sucumbir a la obsesión de poder acceder al instante a todos los datos. Ese es el mal de archivo al que alude Derrida, una enfermedad y una fiebre, en el que subyace un deseo compulsivo por volver, una nostalgia irreprimible por regresar al origen. Seres proyectados al futuro, retornamos siempre al pasado. Lo expresa admirablemente Francis Scott Fitzgerald en la frase final de El Gran Gatsby cuando dice: "Y así seguimos, barcas que intentan navegar contra la corriente, que las arrastra sin cesar hacia el pasado".

Al decidir guardar los restos de la experiencia vivida, lo hacemos ilusionados en que algo de nuestra esencia permanece en lo que archivamos, en ese gesto de unir lo que pasó con lo que posiblemente ocurrirá. En lo que atesoramos para una necesidad que anticipamos sentir en un tiempo que vendrá (que posiblemente no sentiremos), tal vez con la ilusión de que así reviviremos lo que fue (lo que nunca sucederá).

La angustia que nos genera enfrentar la decisión acerca del destino que daremos a los que ya son testimonios del pasado, se explica por ese carácter de promesa de significación futura que define al archivo. Su trascendencia reside, sobre todo, en el hecho de estar ahí, a la espera, pasado con expectativa de futuro. Archivar supone, nada menos, que afirmar nuestra confianza en que lo que ya sucedió -nuestras vidas-, adquirirá también algún significado para ese futuro desconocido.

El autor es educador y ensayista

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