
Arturo Pérez-Reverte: sobre héroes cansados
Una charla en profundidad con el escritor español que supo reconciliar a millones de lectores con las novelas de aventuras. Luego de El caballero del jubón amarillo, el autor se embarca ahora en un relato sobre la Batalla de Trafalgar, el combate naval que cambió el curso de la historia europea
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Arturo Pérez-Reverte podría pasar por ser uno de los académicos peor hablados en la Real Academia Española, la institución que, paradójicamente y según dice su lema, se encarga de “limpiar, fijar y dar esplendor” a la lengua española. Para convencerse, bastaría con oír alguno de los elogios, llamémosles veniales, que el autor de El club Dumas dedica al propio trabajo de la Academia: “Es una factoría lingüística de la hostia”. O, quizá, alguno de los comentarios con los que, también sin demasiadas lindezas, Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951) caracteriza identidades compartidas e idiosincrasias: “El latino es un hijo de puta por definición”.
Claro que sus licencias verbales no desmerecen ni un ápice el trabajo de zafra que este antiguo corresponsal de guerra viene desempeñando desde hace años para proporcionar a sus millones de lectores un conocimiento más cabal del idioma castellano. De hecho, de esa costumbre suya por transitar las periferias de la norma lingüística ha extraído el novelista español buena parte de sus aportes. Un botón para la muestra sería el discurso que Pérez-Reverte preparó para su ingreso en la Academia, que con impecable solvencia filológica el novelista español dedicó a glosar el habla de la germanía del siglo XVII, algo así como el lunfardo de los delincuentes y las cárceles de la época. Y también, el esfuerzo que a través de la serie de novelas de aventuras del Capitán Alatriste el escritor ha hecho para reconstruir, en versión apta para todos los públicos, la lengua de los tiempos áureos de Quevedo y Lope de Vega.
Tal como lo contó a la Revista en su última visita a la Argentina, el escritor tiene en el Madrid del siglo XVII –“el gran teatro del mundo que era la capital de las Españas”, escribe Reverte– uno de los escenarios predilectos para sus ficciones. Allí el lector encuentra un universo narrativo que carga de razones a los críticos que han encumbrado al novelista a la categoría de un Dumas o un Scott contemporáneos. Relatos trepidantes y llenos de suspenso, intrigas, duelos y espadas... En los cuales, y como contrapunto de toda esa literatura, aparece la personal visión que Pérez-Reverte se ha forjado del pasado español. La misma visión que en su día precipitó la redacción de la saga de los alatristes y que ahora el autor estaría completando con la publicación, el próximo noviembre, de Cabo Trafalgar, otra novela histórica basada esta vez en el famoso combate naval que en 1805 enfrentó a la armada hispano-francesa con la británica.
“España estuvo siempre en manos –razona este autor de ventas millonarias– de reyes incapaces, de curas fanáticos y de ministros corruptos. Eso nos echó encima losa y cadenas que todavía estamos arrastrando. Y cuando digo España quiero decir lo que es el mundo latino, lo hispano: desde la Patagonia hasta Estambul. Todavía estamos pagando esos precios, aún estamos pagando la pesada herencia que nos dejaron esos hijos de la gran puta. Un ejemplo son los obispos, que están todavía mojando en todas las salsas. Eso no ha cambiado: antes pedían leña para quemar herejes y ahora piden otras cosas.”
La literatura como patria
Dicen de Pérez-Reverte algunos de sus amigos que es un tipo que puede caer muy bien, o francamente mal. Viendo su temperamento apasionado e irritable, la vehemencia con la que el novelista defiende sus posturas, la nula diplomacia con la que expone sus puntos de vista, enseguida entiende uno cómo de fácil debe de resultarle al escritor esa cosa de granjearse antipatías. A Reverte lo salva en cualquier caso una virtud que además lo humaniza: su capacidad para enseñar contemporáneamente las dos caras de su carácter. Y en lo que toca a su faceta más brillante, la honestidad de su juicio y la determinación que muestra a la hora de defender las cosas en las que cree: la amistad, el valor de la palabra dada, la virtud de la lealtad... Y coronándolo todo, su defensa de la lengua y la literatura como una patria que hermana a los lectores de todos los confines.
Amor desaforado
Cuenta este cartaginés de cuerpo enteco y mirada vivaz, por momentos una figura adusta y magra que se diría salida de un cuadro de El Greco, que lo que siente por el idioma español es un “amor desaforado”. Una pasión de la cual el escritor parece haber hecho su insignia y su divisa, un poco a la manera de los protagonistas de sus novelas, desde el Lucas Corso de El club Dumas hasta el Coy de La carta esférica, quienes a falta de un credo se aferran a sus certidumbres individuales y al imperativo de seguir luchando. “Mis personajes son héroes cansados. Hombres que saben que la inocencia se ha perdido, que no tienen esperanza en muchas cosas... A cambio de esto les queda la lucidez, y es con los restos del naufragio que construyen su vida: con la dignidad, la lealtad a cuatro o cinco cosas, los amigos...”
Puntilloso en sus respuestas cuando quiere, y por si no le hubiese quedado lo suficientemente claro al periodista cuál es la estirpe de sus criaturas, Pérez-Reverte se aventura incluso a elaborar una suerte de tipología de la heroicidad. “Hay dos tipos de héroes: uno es el héroe de corazón puro, el que va a la Guerra de Troya por la gloria de la patria, porque Dios es bueno y está de su parte, porque Helena ha sido raptada por los troyanos. A ese héroe lo suelen matar... Y luego está el otro: el que no muere. Ese es Ulises, que vuelve después de haber violado troyanas, con canas en la barba y en el pelo, con las manos llenas de sangre... Yo cuento eso: cómo los héroes van y vienen de Troya. Y cómo, a su regreso, son héroes cansados.”
La ética del peón
Con el correr de los años, y en la intratrama que componen sus dieciocho libros, esa idea de la “lucha como justificación” –“(...) y no hablo de matar: estoy hablando de pelear, de salir a la vida a defender aquello en lo que se cree”, matiza el hombre que ocupa el sillón T de la RAE–, esa convicción tenaz del autor se ha convertido en algo así como el tópico revertiano por excelencia. Estaba delineado en buena parte de sus libros y ha sido en la saga de los alatristes donde el tema ha arraigado con mayor fortuna. Muy probablemente, por la congruencia entre el tema y la escenografía del folletín novelesco que narra las andanzas de un veterano espadachín de los tercios de Flandes, por el oportunismo de esas tramas llenas de duelos, batallas e intrigas, pero también porque con el capitán Alatriste Reverte ha logrado su personaje más redondo.
“Yo no soy Alatriste: lo que pasa es que él mira como miro yo”, acostumbra decir el escritor, que puede ufanarse de haber recuperado para el orbe hispanohablante la tradición de las novelas de aventuras. La verdad, y por mucho que Pérez-Reverte se empeñe en poner distancia entre ambos, cuesta trabajo no ver al personaje como un trasunto de su autor. Avalaría la suposición esa imagen que el escritor utiliza para trazar el viaje existencial de Diego de Alatriste, la Troya incendiada que dejan a sus espaldas la mayoría de sus personajes, y que refleja de alguna manera la vida de un Pérez-Reverte que pasó veinte años cubriendo conflictos armados en medio mundo: Chipre, Líbano, Angola, Croacia...
Aunque, en realidad, averiguar en qué punto se han podido cruzar los caminos de Reverte y de su espadachín importa bien poco. Lo relevante en este caso es comprobar cómo el escritor ha sabido construir un personaje verosímil y perdurable: una figura que entretiene y de cuyas andanzas se puede extraer un buen puñado de lecciones para la vida. Una propuesta que Pérez-Reverte ha llamado en más de una ocasión “la ética del peón de ajedrez”, y que no sólo explica al capitán Alatriste, sino a todo un elenco de hombres de carne y hueso. “El ser humano donde realmente se mejora y se justifica, donde mejor muestra lo que es, es peleando. A Alatriste le da igual que el rey sea bueno o malo. «Qué más da del trapo que esté hecha la bandera», como dice él... Es la bandera, es la que tengo, no tengo otra... Tengo que pelear por algo... Mi vida es pelear: si no tengo nada por lo que pelear, una de dos: o peleo por mí y por mis amigos, o peleo por un rey y por una bandera.”
Por Sergio Sotelo
Para saber más
www.capitanalatriste.com
Vida y milagros
- Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena, España, en noviembre de 1951.
Antes de dedicarse a tiempo completo a la literatura, ejerció el periodismo durante 21 años.
- Trabajó doce años como reportero en el diario Pueblo y nueve en los servicios informativos de Televisión Española, principalmente como especialista en enfrentamientos armados. Como reportero, Pérez-Reverte ha cubierto, entre otros conflictos, la guerra de Chipre, diversas fases de la guerra del Líbano, la guerra de Eritrea, la campaña de 1975 en el Sahara, las guerras del Sahara, de las Malvinas, de El Salvador, de Nicaragua y de Angola, y el golpe de estado de Túnez. Los últimos conflictos que ha vivido son: la revolución de Rumania (1989-90), la guerra de Mozambique (1990), la crisis y guerra del Golfo (1990-91), la guerra de Croacia (1991) y la de Bosnia (1992-93-94).
- Reverte es autor de más de una docena de novelas, varias de las cuales –El maestro de esgrima o El club Dumas, por citar las más conocidas– han sido adaptadas al cine. Su obra, iniciada en 1986 con la publicación de El húsar (1986) y traducida a más de 25 idiomas, incluye además la serie de Las aventuras del Capitán Alatriste, de la que han aparecido hasta la fecha cinco entregas.
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