Auto lleno, bolsillo contento

Laura Reina
Laura Reina LA NACION
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28 de diciembre de 2019  

Hace más de tres décadas, cada vez que llegaba esta época del año era testigo privilegiado de cómo mi papá transformaba nuestro Taunus Ghía gris plata en una especie de camión de mudanzas para cruzar a Uruguay. Cajas de galletitas dulces y saladas; conservas, fideos, arroz y gaseosas; latas de atún y jardinera; té, café, chocolatada, atados de cigarrillos para mi mamá (hoy por suerte ya dejó de fumar) sumados a valijas y diversos artículos de limpieza e higiene personal. Confundida por semejante movida, preguntaba por qué el auto estaba tan cargado, al punto de tener que separar a la familia en dos porque no había forma de que entráramos los cuatro. Mi hipótesis era que nada de eso que transportábamos podía conseguirse al otro lado del charco. Pero obviamente la causa no era esa y recuerdo que la respuesta, fría y sin anestesia, me sorprendió: "Porque allá todo es más caro". Una variable que a mí, con mis 11 o 12 años, jamás se me había ocurrido manejar.

Treinta años después, vuelvo a hacer lo mismo pero con mi propio auto y con la familia que formé. Mi hijo de 11 mira extrañado los packs de leche, gaseosas, aguas y demás alimentos que acomodo como puedo en el baúl y me pregunta por qué vamos tan cargados si en Uruguay existen todas esas cosas y más también. Lo miro y siento que una especie de déjà vu me recorre como si nada hubiera cambiado desde la época del Plan Austral. Con cierta tristeza le doy a Tomi casi la misma respuesta que recibí de mis padres hace 30 años, pero le agrego un "muuuucho más caro" para que se ajuste mejor a la actualidad. Porque hoy, comparado con hace tres décadas, la brecha entre el peso argentino y el uruguayo se ha ensanchado como nunca.

Aun así, elijo veranear de ese lado del charco porque así lo hice siempre y porque ya tenía el alojamiento y los pasajes -sacados con varios meses de anticipación- convenientemente cerrados. Así como le gané al 30% de diferencia, mi idea con el auto lleno es intentar dar pelea en una batalla desigual que sé que está perdida de antemano. Y cuando digo dar pelea me refiero a perder con dignidad, sabiendo que hice todo lo posible para no caer por goleada contra una coyuntura económica que me es imposible controlar. El auto lleno, para mí es sinónimo de bolsillo contento. O aliviado, al menos. Partimos con la premisa de que si se acaba antes de tiempo lo que cargamos en él, no habrá reposición posible salvo que sea un artículo de primera necesidad. O sea, habrá que racionar.

Mientras cargo los packs en el auto, mientras coloco los bidones de agua mineral sobre las valijas e intento calcular llevar de más para no quedarme corta con el cereal para mi hija más chica o las galletitas de la tarde que devora el más grande, me acuerdo del Taunus de mi papá y no puedo evitar sentir algo de nostalgia por esa época en la que todavía pensaba que llevábamos las cosas desde acá porque suponía que en Uruguay no existían. Un pensamiento infantil, inocente, libre de las preocupaciones "de grandes". Recuerdo que algo de esa magia se rompió cuando escuché la respuesta. Y pienso: era la economía, estúpida.

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