
Buenos Aires mágico
Son artistas desconocidos y sobrellevan de una forma diferente el karma de vivir al Sur. ¿Comunidades urbanas en busca de una alternativa? Pasen y vean que, a pesar de todo, el show debe continuar
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Más allá del sentido común y las buenas formas, existe en Buenos Aires un mundo que no está destinado a hombres cuerdos. O al menos en el sentido que suele darse a este término: hombres que negocian, trabajan, procrean y construyen máscaras a la medida de sus necesidades.
Hace siete años, en el barrio de Boedo, un grupo de chicos llamó a la puerta de una antigua casa chorizo, ubicada sobre el pasaje Angaco, con la firme intención de alquilarla. La dueña hacía muchos años había abandonado los dos patios traseros y otros aposentos del fondo, según dijo, porque estaban ocupados por los gatos. Llegaron al lugar, comprobaron que era un verdadero desastre, y lo alquilaron igual. Desde entonces, ya pasaron por la casa de Angaco más de 50 personas. Como en un pueblo, algunos llegan, otros se van, muchos están de paso...
"Nosotros llegamos hace dos años y estamos aprovechando que vivimos en el mismo lugar para juntarnos a hacer lo que salga. No tenemos nada en concreto, ningún objetivo, más allá de tocar y aprovechar la coincidencia", explica Valeria, una de las ocho personas que hoy habitan la casa, con dos proyectos entre manos: Angaco experience -sesiones de experimentos musicales-, y el Proyecto Panadería.
Pan y circo
Con el crepúsculo del atardecer, Angaco se apaga gradualmente hasta adquirir una forma difusa; la silueta de la casa se hace difícil de discernir, y conforme disminuye la luz, adquiere una inmovilidad atemorizante. "Todos los que hemos vivido en esta casa, sentimos, cada uno a su manera, varias presencias. Puede suceder en el patiecito del medio o en el baño del fondo. Sentimos que esa presencia es como la dueña de la casa, pero nunca tuvimos ningún problema con ella. Sentimos que le caemos bien, al menos que no le molestamos. Igualmente, cuando llegamos de noche parece que nos probara de alguna manera. Nos testea con algunas cosas y después se calma. Pero eso varía según cada uno. Por lo menos a mí, hace tiempo que no me pasa", asegura Valeria.
Muchas veces después de la siesta, los habitantes de Angaco se reúnen con los tambores y un botín de accesorios en el patiecito del medio de la casa, y se ponen a tocar. "Todos tenemos un lado oscuro, cierta vocación al suicidio, pero también alegría. Y Angaco experience es un reflejo de eso. Un grupo de casualidad que toca de todo: reggae, rock, cumbia o tambores solos, hasta lo que dure", cuentaValeria, a propósito de esas experiencias sonoras, de la cuales existe un registro con ocho grabaciones y un video dedicado a Zurú, la perra de la casa.
"La sociedad en general es una mezcla de las cosas que más odiamos y que más amamos. Somos el reflejo de cosas buenas y malas en cada gente que vemos. Y en parte yo me veo muy acorralado en algunos lados, por las presiones y la forma de vida a las que nos tenemos que adaptar. Sueño con la posibilidad de hacer cosas con libertad", relata Pablo Angulo, voz de la experience.
En general, los habitantes de Angaco no tienen un trabajo excesivamente formal. Son músicos y amigos, alguno trabaja como repositor, o como barman, y otros se anotaron en los planes trabajar que organiza el movimiento Barrios de Pie, para el Proyecto Panadería. "Nos dieron un lugar físico, harina y aceite para los primeros dos meses. A cambio, nosotros tuvimos que sacar adelante una panadería y pedirle a un panadero amigo que nos enseñe a hacer el pan", cuenta Javi.
Más allá de las dificultades, Angaco subsiste con sus propios recursos: el pan, los talleres de percusión y algunas fiestas internas donde la banda toca en vivo y el Tío, un amigo de la casa, proyecta una colección de imágenes propias como telón.
En la esquina de Vera y Lavalleja, barrio de Villa Crespo, hay un galpón ocupado que alberga un Centro Cultural Okasional, más de 10 artistas y un circo entero. Se llama Trivenchi, y según dicen los artistas, es el ente que los une a todos por sobre cualquier cosa.
"El circo empezó en octubre de 2001, cuando cuatro de nosotros entramos acá con prácticamente nada. Necesitábamos un lugar donde estar, entrenar y resguardarnos de la calle. Después empezamos a organizar talleres a la gorra y lo abrimos al barrio como un espacio recuperado", cuenta el Mago, bajista del circo.
Al principio, las funciones se componían de tres o cuatro números. Después invitaban a diferentes artistas a hacer lo propio y el resto sucedía. Así funcionaron las cosas hasta que llegó Nacho Masneri y el circo tuvo su transformación más importante: adquirió un formato dramático -con una introducción, un desarrollo y un desenlace bien definidos-, e incorporó la música en vivo. Ahora son una compañía de Teatro-Circo compuesta por más de 20 personas, incluidos vestuaristas, maquilladores, malabaristas no convencionales, acróbatas, trapecistas, actores, bailarines y músicos.
"Llegar acá tuvo que ver con la búsqueda de una alternativa a todo lo que se ofrece. La alternativa la encontramos, y fue empezar a trabajar muy duro para conseguir lo que conseguimos. Desde crear un Centro Cultural con más de 20 talleres a la gorra hasta vivir en una comunidad donde se comparte un montón de cosas. Tener una compañía de circo es lo que hoy nos une a todos y es lo más lindo que podemos llegar a tener", se explaya el Gaita.
Con funciones y varietés todos los fines de semana, las actividades en el galpón se distribuyen sobre la marcha. Uno se queda en la barra, otro va a la puerta, otro quiere probar un número y todos aprenden de todo. "Creo que en el arte, para posicionarse como un artista, hay que hacer cosas todo el tiempo, estudiar, nutrirse, familiarizarse. Yo encontré en Trivenchi una comunidad de artistas que está en crecimiento continuo. Y desde lo humano, eso se proyecta directamente a lo artístico".
En la cocina de los Hermanos Trivenchi cuelga un papiro que dice: "Somos una gran masa de ideas, realidades, expresiones. Nos burlamos de la farsa, nos sentimos libres. Pretendemos aguantar, crecer, aprender a costa nuestra. Juntemos arte, juguemos, aprendamos y divirtámonos".
Una santa comunidad
- La de Angaco no es la primera experciencia de jóvenes comunitarios, ni será la última. Hace ya diez años, Goy había vuelto de México con la idea de formar un proyecto de rock, reggae, algo de salsa, corrida mexicana y cumbia: Karamelo Santo. La idea se concretó a principios de 1993, en Mendoza, y se convirtió en la primera banda independiente en grabar con un sello local en esa provincia. Después surgieron las giras, un viaje a Chile y la posibilidad de anclar en Buenos Aires como una comunidad.
"Nos propusieron grabar un nuevo disco con el sello de Todos Tus Muertos, que en ese momento estaba inaugurándose, y aceptamos enseguida. Para un grupo de Mendoza, venir a instalarse a Buenos Aires con un disco entre manos era algo así como Sorpresa y media ", cuenta el líder de la banda.
Los músicos de Karamelo Santo, que desde hace cinco años se instalaron en una casona de La Boca, mantienen una estrecha amistad con Manu Chao. Tanto es así, que el músico sin fronteras ni documentos grabó en su último disco, Los guachos .
Conocidos por su vinculación al Movimiento Piquetero, sus letras tienen un innegable contenido político, aunque volcado a un realismo mágico que rescata la esperanza y la alegría de la gente. "La idea es tratar de colaborar, fundamentalmente en lo económico, porque si estás mal por ese lado, perdés el corazón, no te funciona la cabeza".
Hace poco armaron El Cangrejo Records, un estudio de grabación que produce discos de bandas nuevas. "Se ha vuelto una tradición; vienen, cocinan, están acá y participan de la movida de la casa. Las cosas han ido funcionando a partir de eso, sumando las fiestas que hacemos y los shows, que han pagado un par de alquileres."
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