
En diálogo con el diario El País, el hermano menor de la princesa Diana habló sobre su nuevo libro, la Familia Real y sus sobrinos
Charles Spencer (9º conde de Spencer, Londres, 62 años) decidió fijar de manera definitiva sus recuerdos, y de algún modo el recuerdo público, de su hermana, Lady Diana. Acaba de publicar Swan Song. Diana, My Sister (El canto del cisne. Diana, Mi hermana; Plaza&Janés), cuando queda algo menos de un año para que se cumpla el 30º aniversario del trágico accidente mortal en París.
El encuentro con El País es en Althorp, la mansión campestre de su familia al norte de Londres, en Northampton. Nada puede ser más aristocrático que ese entorno, donde robles milenarios, colinas verdes onduladas y ovejas mullidas como almohadas reciben al visitante cuando se dirige a la histórica vivienda. En estos terrenos está enterrada Diana de Gales.

En medio de retratos de sus antepasados, pintados por Joshua Reynolds, el conde se esfuerza por tomar distancia de los asuntos de la realeza, pero no evita volver a señalar —algo que le costó estos días duras críticas— el desprecio con que, según él recuerda, manejó la muerte de su exesposa el entonces príncipe de Gales y hoy rey, Carlos III.
—¿Por qué este libro y por qué ahora?
—Por una combinación de dos razones. Mis dos padres murieron en torno a sus 60 años. Yo tengo 62. Era el estado mental perfecto para acometer esta empresa. Además, se acerca el 30º aniversario de la muerte de Diana [que se cumple el 31 de agosto de 2027]. Todo el mundo me pedía una entrevista. Llegué a la conclusión de que, de manera definitiva, por Diana y por mí, quería dejarlo asentado para la posteridad.
—Puede resultar algo obvio, pero el libro ofrece la visión de un hermano que quería mucho a su hermana y quiere contar quién fue.
—Diana fue un fenómeno internacional. Por eso usted vino hasta Altrhop a entrevistarme. Pero, a la vez, resulta duro explicar que era la hija de alguien, la hermana de alguien o la tía de alguien. El libro es la versión sin remordimientos de un hermano que vio de pequeño en ella a alguien capaz de liderar, como demostró luego a través de los años. Es su historia, contada por un hermano, pero también en gran media mi propia historia.

—Cuenta que ella adoraba los cisnes negros, y que un admirador envió cuatro a la pequeña isla de Althorp donde está enterrada. ¿Diana fue el cisne negro en el palacio de Buckingham?
—Los cisnes negros también son, en ocasiones, presagio de catástrofes, aunque no es el caso. Sí, cuando se casó en julio de 1981, todos sus familiares pensamos que fue algo encantador, y todos confiamos en que tuviera una gran vida por delante. Por aquellos años, la Familia Real inglesa era una vieja y querida institución de fondo a la que no se prestaba mucha atención. Fuera del país todo el mundo sabía que teníamos una reina, pero no había mucho interés a nivel personal. Diana cambió todo eso. Cuando caminó hacia el altar del brazo de mi padre, capturó la atención del mundo. 750 millones de espectadores lo vieron. La tragedia de la familia real es que no supo abrazar esa oportunidad. Lo vieron como una disrupción, como un cisne negro. No se les ocurrió que ese cisne podía volar, y que todo mejoraría con ella.
—Me asombra cómo refleja la complejidad de su hermana: una romántica lectora de novelas de Barbara Cartland que impulsó causas universales.
—Era una persona muy compleja, pero que fue criada en un ambiente muy tradicional con una educación terrible. Ocurrió lo mismo con mis tres hermanas. Diana tenía dificultades de aprendizaje que nunca fueron diagnosticadas. Tiene que ver con la actitud hacia el género que había en esa época. A mí me dieron la mejor educación. A mis hermanas las enviaron a lugares donde aprender a ser buenas señoritas. Diana entró en el mundo con una educación muy pobre. Nadie con esa educación se lanza a leer las novelas románticas de Barbara Cartland. Y no es una crítica, lo señalo como un problema. Llegó al mundo sin ideas formadas sobre lo importante, pero con un corazón apasionado y una visión aguda sobre las cosas serias. Por eso asombró a la gente. Tenía un don natural para impulsar campañas importantes, como la defensa y la ayuda a las personas con sida en aquellos tiempos. Era valiente, tenía un corazón de leona que mostró en muchas ocasiones.

—Usted escribió varios libros de historia. Entre los historiadores del Reino Unido hay una afición por el “what if”, por el “¿y si hubiera ocurrido otra cosa?”. ¿Qué habría sido de Diana si siguiera hoy con vida?
—Creo que seguiría siendo una figura relevante. Hubo una fase, justo después de la separación [de Carlos de Inglaterra], cuando pensó que podía volver a tener una vida privada. Vivir en el campo y todo eso. Pero a la vez, algo en ella le impulsaba a hacer grandes cosas. Cuando vino a pasar conmigo unos días en Ciudad del Cabo, pocos meses antes de morir, me dijo que quería conocer a Nelson Mandela. Creo que, de algún modo, ese gran líder político se enamoró de esa maravillosa jovencita. Se comprometieron a combatir juntos el sida en el África subsahariana. Hoy la vería haciendo grandes cosas, definitivamente.
—Visto el distanciamiento entre el rey y su hijo Enrique, y entre los dos hermanos, no es fácil imaginar si hubiera sido de otro modo con Diana viva.
—Cuando dos hermanos rompen entre sí es descorazonador para los padres. Creo que ella hubiera podido enmendarlo. Era una madre estupenda, y habría hecho lo posible para solucionar las cosas. Pero yo sé cómo son las divisiones familiares, y a veces lo que separa a las personas no son las clásicas causas de ruptura. Cada situación tiene sus pequeñas tensiones y problemas que desde afuera no se pueden detectar. Solo los que están adentro los ven, y a veces no se puede hacer nada.

—En el libro carga directamente contra una determinada prensa, como hizo ya hace 30 años. ¿Cree que cambió algo?
—La prensa en el Reino Unido resultó conmocionada con la muerte de Diana, porque sabían que, en parte, fue por su causa. Los paparazis estaban descontrolados. Les llevó poco más de dos años, pero se dieron cuenta de que las cosas no podían seguir así. Algunos me lo admitieron en privado, otros lo hicieron públicamente. Y además, no creo que los ciudadanos británicos volvieran a permitir que se repitiera algo así. Se aprobó una legislación más restrictiva y la prensa la aceptó.
—No es el primer libro que escribe, y sabe el impacto que puede tener. Su recuerdo de una conversación con el entonces príncipe de Gales, poco antes del funeral, causó mucho revuelo, hasta el punto de que el palacio de Buckingham salió a cuestionar sus recuerdos y sus afirmaciones.
—[Carlos] me dijo, en referencia a Diana: “Nos olvidaremos muy pronto de ella”, y me resultó estremecedor. Me lo dijo poco antes de que yo pronunciara el panegírico de mi hermana en el funeral. Después de una discusión muy fuerte. Yo no quería que Guillermo y Enrique desfilaran tras el ataúd porque me parecía algo monstruoso. Y él insistía en que lo hicieran. Ya vimos que el entonces príncipe Carlos tiene un carácter muy fuerte. Y que, a veces, cuando nos enojamos, decimos cosas que no queremos decir. Pero yo estaba obligado a contarlo. Primero, porque cuestionó que Diana o mi familia tuviera sentido del deber, que es falso. Segundo, porque como periodista debo contar la verdad. Y tercero, porque como historiador debés plantar cara a los que mandan. Ya sabía que iba a provocar polémica con esto, pero también me guardé muchas cosas para mí que estaban en el límite. Pero eso debía contarlo, porque explicaba mis palabras finales en el panegírico, cuando dije aquello de que “ella nunca se extinguirá de nuestra memoria”. Era una respuesta directa a las palabras de Carlos.

—En el libro sugiere que los miembros de la monarquía tienen algo de seres superiores…
—No, no creo que lo sean. Pero fuimos educados para pensar de ese modo, en un ambiente muy tradicional. La reina tenía en nuestra familia una condición semidivina, sobre todo para mi padre. Era capaz de hablar con cualquiera con aplomo, pero ante Isabel II se limitaba a sonreír y perdía la palabra. Solo quería complacerla.
—Pero Carlos de Inglaterra se hizo mayor, ya es finalmente rey, y parece que los ciudadanos británicos lo aceptan con normalidad.
—No crea que intento esquivar su pregunta, pero es que realmente no sigo mucho los asuntos de la Familia Real. No por una actitud hostil, simplemente es algo que no significa tanto para mí, a pesar de que alguien pudiera pensar que, siendo Lady Di mi hermana, debería interesarme. La reina era excepcional, todo el mundo está de acuerdo. En el caso de Carlos, todo el mundo sugiere que está haciendo un trabajo decente, pero poco más puedo decir. Los hay que pensaron que sería un desastre, con esa tendencia que tenía a opinar de todo. Pero, de momento, no lo hizo, no interfirió en los asuntos públicos.

—En el libro explica cómo desde un principio temió por el futuro de sus dos sobrinos sin Diana. ¿Cómo es su relación con ellos ahora?
—Aquellos pequeños que asistieron al funeral de su madre son hoy dos hombres en la cuarentena. Mi papel es estar cuando me necesiten, pero de modo discreto. En el caso de Enrique, a veces me necesita. Por eso trajo a su familia este verano a Althorp. Estoy acá para cuando necesite un hombro para llorar, o lo que sea. Para mí es uno de los dos chicos que mi hermana dejó en este mundo. Para eso está la familia. No hablo con ellos todos los días, pero ya sabe cómo somos los ingleses de fríos y despegados.
—Pero Diana no paraba de besar y abrazar a sus hijos, casi a la española…
—¡Es cierto! Creo que Diana tenía una gran conexión con la gente española, más allá, obviamente, de la revista ¡Hola! Veían en ella un espíritu gemelo, algo sorprendente procediendo de la familia real inglesa. Creo que los españoles veían en esta chica inglesa un espíritu muy mediterráneo.

