Cinco claves. Cómo es la técnica que te permite aprender mejor

Crédito: Ilustración de Josefina Schargo.
Sofía Geyer
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13 de octubre de 2020  • 11:17

Un tropezón no es caída", solemos decirnos. Y seguimos avanzando. Pero muchas veces, después de un fracaso, por más chiquito que sea, aparece esa vocecita interior: "No sirvo para esto". Empezamos a creer que no nacimos con la capacidad de enfrentar eso que estamos queriendo lograr y, por lo tanto, que es inútil incluso intentarlo. Nos pasa, por ejemplo, cuando pensamos: "Soy malísima en matemáticas", y vamos esquivando toda situación, formación o trabajo que requiera que las utilicemos. Así, no nos animamos a aspirar a ocupar el día de mañana el puesto de nuestra jefa: sabemos que requiere bastante manejo de datos y estadística. Nos creímos fuerte que somos malísimas en matemáticas y esta creencia limitante nos hace etiquetar nuestros sueños como imposibles. Nos resignamos a abandonar ese deseo y preferimos quedarnos en nuestra zona de confort: aquel lugar donde casi todo lo que hacemos nos sale bien. Ese terreno conocido donde cosechar logros nos es fácil, porque no requiere que aprendamos nada nuevo, donde nos es sencillo encontrar aplausos y éxito. Como una jardinera que brilla por la increíble calidad de flores que logró cosechar, pero que todas las noches sueña con tener un nuevo jardín de rosas, que no se anima a sembrar por miedo a que ninguna de ellas florezca.

Al final, las creencias sobre nuestras capacidades pueden volverse nuestras propias carceleras de sueños. ¿Y si las desafiamos? Imaginemos que a la jardinera le recordamos que puede empezar sembrando una sola rosa, a pesar de no conocer casi nada de esa variedad de flores, para ir aprendiendo en el camino. Que algunas no van a florecer, pero le van a servir para saber qué es mejor. Y que, con creatividad y perseverancia, va a poder lograr tener su deseado jardín, que va a disfrutar mucho más que solo los aplausos por las flores que ya sabe cosechar. Porque los talentos de la jardinera no son fijos, sino que tienen el poder de crecer, igual que las rosas.

Miradas antagónicas

¿Son iguales estas dos maneras de ver las cosas? Carol Dweck, psicóloga e investigadora, opina que no. La primera creencia, aquella de que nacemos con habilidades que no pueden evolucionar ni mejorar a lo largo de los años, se llama fixed mindset (mentalidad fija). Cuando pensamos con una mentalidad fija, nuestro foco está mucho más puesto en los resultados que en el proceso. Si logramos buenos resultados, nos sentimos bien y nos dan ganas de seguir haciendo lo que estamos haciendo. Cuando la "pifiamos" y las cosas no nos salen tan bien, creemos que eso es una confirmación de que no tenemos las capacidades suficientes y, por creer que las habilidades son fijas, abandonamos.

En cambio, cuando pensamos con una "growth mindset", nuestro foco está en el aprendizaje. Porque el proceso es el que nos permite aprender y mejorar constantemente. Aplicando una mentalidad de crecimiento, si las lluvias ahogan nuestras primeras rosas, cambiamos el pensamiento de "no sirvo para esto" y lo tomamos como una señal de que tenemos que buscar una manera de proteger mejor nuestras flores. El resultado es solo una medida que nos dice si vamos bien o mal, de acuerdo a los objetivos que queremos alcanzar.

¿Cuál es tu mindset?

Ninguna de nosotras tiene ni una mentalidad completamente fija ni completamente de crecimiento: a veces nos queremos quedar con las flores brillantes, a veces nos animamos a aprender a cultivar rosas desconocidas. Varía en las distintas áreas de nuestra vida y el primer paso es entender qué tipo de mindset usamos en cada una. Para detectarlo, podemos empezar haciéndonos estas preguntas:

  • Tu inteligencia: ¿se puede cambiar y mejorar?
  • ¿Cuándo sentís que sos buena en algo: cuando otras personas te lo dicen, cuando aprendés algo nuevo o cuando lográs que te vaya bien con algo?
  • Pensá en un área de tu vida en la que no estás muy conforme con tus propias acciones. ¿Estás tomando acciones para mejorarlo o lo estás esquivando para evitar equivocarte?
  • Cuando algo no sale como lo esperabas: ¿cómo lo enfrentás? ¿Te entregás a la frustración y abandonás? ¿Buscás nuevos caminos para practicar y mejorar la próxima vez?

Apagá el "me faltan 5 para el peso"

Cuando pensamos con una mentalidad fija, esperamos eternamente lograr cosas que a los ojos de otros sean "buenas". Por miedo a que nos salgan mal, esquivamos avanzar con aquellas cosas que no nos van a salir tan bien como quisiéramos. Pensamos que nuestro valor como personas está ligado al obtener y no tanto al ser.

Pero lo perfecto es enemigo de lo hecho. Buscar la perfección y no animarnos a lucirnos desde nuestras imperfecciones no nos permite avanzar y aprender. La mentalidad de crecimiento nos invita a tener una mirada de abundancia sobre nosotras mismas y los que nos rodean: mirando lo que sí tenemos, sabiendo que el resto se puede cultivar.

Sos un "work in progress"

Cuando dejamos de intentar algo, el abandonar es justamente lo que hace que no podamos mejorar esa habilidad: terminamos esquivando toda instancia de práctica. Disfrutamos de los aplausos que recibimos por nuestras "flores", como la jardinera, pero evitamos sembrar rosas nuevas y desconocidas.

Nuestro modo natural de aprendizaje es por ensayo y error. ¿Cómo nos vamos a dar cuenta de qué es lo que realmente nos apasiona si no nos animamos a probar cosas diferentes? La invitación que nos hace la mentalidad de crecimiento es vivir en modo de experimentación constante, tratando de hacer cosas incluso cuando todavía no sabemos lo que se necesita para poder hacerlas. La mentalidad de crecimiento es una mentalidad de aprendiz permanente.

¿Cómo podés cultivarla?

Como con las rosas, todas podemos aprender a sembrar esa mirada de crecimiento. Acá van algunas ideas:

  1. ¿Cuáles son esas habilidades que creés que no podés cambiar? ¡Anotalas! Y probá desafiarte a vos misma. En otra columna escribí: ¿qué podrías hacer para practicar y aprender a mejorarla?
  2. Cuando identifiques esa voz que aparece cuando pensás con una mentalidad fija, ¡le podés poner un nombre! Por ejemplo: la Boicoteatodo. Y hasta pensarla con una imagen graciosa. Entonces, cada vez que te des cuenta de que aparece la voz de la mentalidad fija, podés pensar y decir: "Uyyyy, perdón, ¡apareció la Boicoteatodo!". El humor ayuda mucho.
  3. Pensá en esas habilidades que te salen naturalmente bien. Por ahí sos hipercreativa. O por ahí te sale muy bien ser justa y equitativa con las personas. O tenés una increíble actitud positiva. Ahora pensá: ¿cómo podrías usar en mayor medida esas habilidades cada día, para ayudarte a mejorar las cosas que creés que no te salen tan bien? ¡Usá lo que mejor sabés hacer!
  4. Cada noche, hacé el ejercicio de agradecerte a vos misma por 3 cosas que hayas logrado y aprendido.
  5. Y una última: ponete un objetivo por semana de probar hacer algo, aunque no te salga tan bien. Algo nuevo, que te frena o te da miedo. ¡Hacelo! Fijate cómo te fue. Y si no salió bien: ¡mejor! Pensá cómo lo podrías mejorar y volvé a intentarlo la semana siguiente. Necesitamos practicar que las cosas nos salgan mal e igual levantarnos y seguir aprendiendo e intentando.

Desarrollando una mentalidad de crecimiento en nuestros hijos

Las mentalidades fija y de crecimiento también se aplican a la forma en que tratamos a otras personas (nuestros hijos, pareja, familia, amigos, etc.). Cuidemos nuestras palabras. Cambiemos el "¡sos tan inteligente!" o el "dejalo, es difícil, no lo intentes" por: "¡Qué bien cómo aprendiste! Esto es difícil: no te sientas mal si todavía no te sale. Te puedo ayudar a pensar cómo hacerlo mejor la próxima".

Ayudémoslos a pensar que nuestro amor por ellos es independiente de los resultados de sus acciones. Se porten bien o mal, les salga o no les salga, hagámosles sentir que siempre los querremos igual. Nuestro amor es la base de su "autoamor" el día de mañana: que no sientan que su autoestima depende solo de sus logros y fracasos.

Busquemos alentar el esfuerzo y el aprendizaje, no solo los resultados. Ayudarlos a cambiar la manera de ver los fracasos es clave. No protegerlos, sino mostrarles qué pueden aprender de aquello que no salió como esperaban. Pongamos también el foco en aquellas situaciones difíciles que logran resolver con éxito, ayudando a que entiendan lo que sí les salió bien, así lo pueden repetir..

Expertas consultadas: Adela Sáenz Cavia. Counselor especialista en educación emocional y resiliencia. Carolina Gaona. Doctora en Educación. Profesora en Psicología Educacional e Inclusión. María Tresca. Psicopedagoga y emprendedora. Especialista en innovación en el aprendizaje. Daniela de Lucia. Coach estratégica.

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