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Bienestar

De Ghana a Harvard, con escala en Argentina: cuando la educación es un motor hacia el bienestar

Jimena Barrionuevo
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11 de diciembre de 2018  • 08:19

No se considera un afortunado, pero sí alguien que hizo las cosas a su manera. Cuando Pascal recuerda su infancia en la tribu Fanti, del Ghana africano, las imágenes automáticamente lo transportan a un lugar donde el esfuerzo era la consigna que guiaba aquel estilo de vida. Se levantaba con el canto del gallo. Abría la puerta de los corrales de las cabras, de las ovejas y luego se dirigía al gallinero. Limpiaba todo y luego barría la entrada de la casadonde vivía con sus padres y hermanos. "Lo hacía con mi escoba hecha con ramas de palmeras. También echaba agua a la tierra para que el viento no llevara el polvo dentro de la casa. Después buscaba mi balde y me iba directo al río. Debía llenar los tanques de agua así la abuela tenía con qué lavarse cuando se levantaba. Era más o menos 1km al río. Hacía dos o tres viajes con mi balde arriba de mi cabeza. Repetía el proceso a otro pozo que estaba a medio kilómetro para conseguir agua potable".

El día recién comenzaba. Cerca de las 8 a la mañana Pascal ya estaba en una aula con unos 70 chicos mirando el pizarrón, repitiendo lo que la profesora indicaba. A la tarde, volvía a su casa donde lo esperaba una bandeja con los productos que habían sobrado de la cosecha. Se cambiaba y salía a venderlos para aportar unos ahorros a la familia. Volvía cuando terminaba de vender todo o con el atardecer con tiempo de bañarse y colaborar también con la preparación de la cena. "Cada tanto me cruzaba con un partido de fútbol y dejaba mi responsabilidad de lado por un ratito y me metía a jugar un tiempo. Casi nunca teníamos una pelota entonces jugábamos con naranjas o bolsas de plástico atadas con cinta. Los fines de semanas acompañábamos a nuestra mamá a cuidar la finca, sacando malezas de la cosecha. Así crecí los primeros 10 años de mi vida. Vivíamos de chauchas y palitos pero crecí muy feliz, chocho de la vida viviendo la vida de mis padres, mis abuelos y mis bisabuelos".

El camino de la formación

Cuando Pascal tenía siete años, su padre consiguió un trabajo temporal con un norteamericano que había llegado para desarrollar un parque nacional. Los niños de ambos comenzaron a jugar juntos. Ni un mar de distancia podía separar ese lenguaje compartido. Tanto se entendieron que cuando la familia americana tuvo que marchar para Surinam, Pascal consiguió el permiso de su padre para viajar junto a él y al resto de la familia. De hecho, fue el padre biológico de Pascal quien se ocupó de la crianza de los cinco hermanos (tres jamaiquinos, una joven de Ghana que el americano había adoptado y Pascal). "Cada uno tenía sus propios desafíos, inseguridades, miedos y dones. Pero nos llevabamos bien entre nosotros. Nuestro viejo americano trabajaba mucho pero siempre había días juntos en una playa, guerras de cosquillas, jugando al básquet o mirando películas".

En Surinam Pascal ingresó en quinto grado. Sin embargo, allí señalaron que poseía un lenguaje de un niño de cinco años, la mitad de su edad, y luego de las advertencias de rigor lo aceptaron. Era el único africano. No tenía buenas notas pero supo ponerle el cuerpo al fútbol. "Al principio con el tema del idioma sufrí, pero terminé dejando de lado la vergüenza y empecé a leer y hablar mucho. Pasaba mucho tiempo con el diccionario y hacía muchas preguntas (tontas) y anotaba constantemente. Siempre exigía que me corrigieran".

Luego de unos años, uno de los tutores del establecimiento observó algo en el muchacho y le ofreció ir a estudiar a Carolina, en los Estados Unidos. Hasta allí marchó Pascal, otra vez hacia lo desconocido. Esta vez, algo se había despertado en él. Ávido de interés, obtuvo las mejores calificaciones. Y gracias a una beca, fue a estudiar ciencias políticas a la Universidad de Harvard.

Un viaje interior

La educación le estaba cambiando la vida. Sin embargo, ese lugar de privilegio en la universidad más prestigiosa de América, no lo hacía feliz frente al recuerdo de su familia. Necesitaba llenar de sentido su saber para ellos. En esa búsqueda un amigo le sugirió que fuera a un país lejano llamado Argentina, a estudiar a unos hombres de espíritu libre que poseían un fuerte vínculo con la tierra: los gauchos. Aplicó a una beca, la Michael C. Rockefeller Fellowship, y al poco tiempo pisó la tierra de la provincia de Salta y se rodeó de sus gauchos. Allí volvió a su tierra sin volver. También conoció Jujuy, Tucumán, Catamarca, Trenque Lauquen y Pehuajó.

"En algún sentido yo no elegí la Argentina. La Argentina me eligió a mí. Aparte de Messi y Maradona, no sabía nada de Argentina. No vine puntualmente a estudiar, vine en un viaje hacia el interior de mí mismo. Estaba (y estoy) buscando mi lugar en el mundo pero la Argentina me ayudó tener la confianza, plantear las dos pies firmamente en la tierra de nuevo y empezar a tomar decisiones".

Habían pasado tan solo dos meses desde su llegada a la Argentina cuando conoció un chico en Jujuy que lo invitó a su casa para almorzar con su familia. "Cuando llegamos, saludé a la madre con un abrazo y parecía un re-encuentro más que un encuentro. Y a pesar de que no manejaba muy bien el español, tuvimos un almuerzo muy lindo con los hijos. El papá volvió desde su trabajo a la tarde y me dio un beso como si volver a su casa en San Salvador de Jujuy para almorzar con un negro extraño fuera lo más normal en la vida. Antes de salir de la casa ese día me invitó a dejar mi hostel y quedarme con ellos. Cuando llegué al día siguiente ya me habían hecho una llave de la casa. Mi plan era quedarme tres días en Jujuy pero terminé quedándome en esta casa por tres semanas. Estando con ellos, hablando con ellos, empezó un proceso en mi cuerpo donde los nudos empezaron a deshacerse. Una semana después (cuando estaba en Tucumán) me llegó un paquete con ropa nueva que me habían comprado, una torta y la llave de la casa con una nota que decía: Negro, que vas a hacer cuando llegues a casa, y no estemos?".

Pascal fija la mirada en el horizonte y dice que lo primero que le viene a la mente es una frase de la escritora, poeta, cantante y activista por los derechos civiles estadounidense Maya Angelou: la gente olvidará lo que dijiste, también olvidará lo que hiciste, pero jamás olvidará cómo les hiciste sentir. Confiesa que su futuro lo ve ligado al servicio. ¿Cómo? Aún no lo tiene claro. "Espero llegar a vivir hasta ver mis sienes plateadas por las nieves del tiempo. Y rodeado de hijos, nietos. Espero poder mirarme en el espejo y sentir que hice todo lo que pude para devolver lo que la gente me fue regalando en la vida - mi viejo americano, muchos en EEUU, mi profesores, la Argentina, etc-. ¿Cómo lo voy a hacer? Ahí está mi aventura - llena de miedos, angustias y posibilidades - es emocionante".

La voz del especialista

Agustín Porres es Director de Fundación Varkey. Tiene una Maestría en Políticas Públicas con especialización en educación de la McCourt School of Public Policy de Georgetown University, Washington. Y un posgrado en Política, Gobierno y Administración en la Universidad Católica de Argentina, donde también realizó la carrera de grado en Filosofía. En este audio reflexiona sobre la educación como solución a los problemas y una propuesta para dar vuelta la mirada y aprovechar las oportunidades.

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