
DIVOS Y DIVAS: UN TOQUE DE MAGIA
Los hay falsos, efímeros, con duende construido por aparatos de promoción. pero también están los verdaderos
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En el verano del 99, fui invitado por Mirtha Legrand, junto con otras personas, a almorzar en Casablanca, su casa de Manantiales, cerca de Punta del Este. Terminado el almuerzo, tomamos el café en la terraza que da a la playa, distante unos veinte metros. Mirtha había ido a cambiarse y volvió toda vestida de rosa, pantalón y chaqueta, y con una capelina de paja. Alguien la avistó desde la playa y comenzaron a oírse voces reclamando un saludo. Ella se acercó a la balaustrada, se asomó, levantó un brazo y agitó la mano, enarbolando su espléndida sonrisa. ¡Mirtha! ¡Mirtha! , gritaba el considerable grupo de personas amontonadas allá abajo. ¿De dónde son? , interrogó la estrella, haciendo bocina. ¡Del Paraguay! , fue la respuesta. Y surgió, nítida, una voz de mujer, por encima de las demás, que con inocultable acento proclamó: ¡Ya puedo morir tranquila porque he visto a Mirtha Legrand! Por si algo faltaba para considerar a la Legrand una auténtica diva, ahí se tuvo la confirmación. Este culto de la personalidad, esta cuasi idolatría, justifica la calificación de quienes de tal manera provocan la adhesión y hasta el fanatismo de mucha gente: diva, divo. El Diccionario de uso del español, de María Moliner, da esta definición: (Latín, divus, del griego theós, como deus). 1) (nombre): dios pagano. 2) (adjetivo): aplicado a los dioses paganos, a los emperadores que recibían honores de dios y, también, a algunos personajes ilustres de la Roma antigua. Divino. 3) Cantante de ópera de primera categoría.
Fue en la ópera donde por primera vez se empleó esa palabra con el sentido que le damos hoy. Pero ya en la antigua Roma existían personajes que, en distintas actividades, hubieran podido reclamar el calificativo. Igual que ahora, eran, fundamentalmente, los luchadores del circo, los mimos (el famoso Batilo, cuya procacidad sin límites fascinaba a los emperadores lascivos) y algún militar afortunado. Eran los equivalentes de los actuales ídolos deportivos, cantantes, figuras de la TV y, últimas llegadas al Olimpo, las modelos.
Desde la creación misma de la ópera como género, los grandes cantantes se instalaron en la imaginación popular como criaturas dotadas de una aureola de fascinación: seres excelsos, esto es, bajados del cielo. Dioses, en fin, que condescienden a visitarnos y a quienes se debe adoración. Por esa cualidad divina, al concepto de divismo van unidas, desde siempre, algunas características sin las cuales difícilmente se ingrese en la categoría: capricho, arrogancia, arranques histéricos y, sobre todo, transgresión. Un modelo que los castrati encarnaron, pues, como nadie antes ni más tarde.
Es, desde fines del siglo XVIII, el movimiento romántico el que definitivamente fija el status del divo y, sobre todo, de la diva, redacta implícitamente su código y lo impone a las personas comunes. La imaginación romántica, con el culto del individuo y de la pasión, busca ansiosamente concretar sus aspiraciones. En el mundo de la incipiente Revolución Industrial -heredera ilegítima de la Francesa-, regido por burgueses ávidos de poder a través del dinero, ¿quiénes sino los artistas ofrecen la materia prima para la construcción de un refugio para el espíritu, tal como lo entenderá Hegel? A condición, claro, de ser triunfadores y de proponer un estilo de vida totalmente divorciado del código de la normalidad de la época. Se convertirán, simultáneamente, en modelos de lo que Shakespeare llamó la vida inimitable y en emisarios del infierno.
La aureola diabólica de Paganini, la agitada vida sexual de Liszt, la tuberculosis (unida al talento, claro) de Chopin; los triunfos, los amores y las rabietas de grandes bailarinas como Fanny Elssler, Carlotta Grisi o María Taglioni; las fiorituras, los agudos y los caprichos de cantantes como María Malibrán o Giuditta Pasta; las excentricidades y los hermosos físicos de actores como Talma o Le Bargy; la astucia de esa maestra de la publicidad que fue Sarah Bernhardt; las aventuras amorosas y los delirios decadentistas de D´Annunzio, otro genio de la promoción personal: todo eso, las anécdotas, las frases célebres -a menudo apócrifas-, los derroches de temperamento y de dinero de esos personajes, conforman algo así como la prehistoria, en el siglo XIX, del divismo contemporáneo.
La vida inimitable venía a ser, según Shakespeare, el disfrute lujoso y sin tasa de los sentidos, y también el goce de los bienes culturales, a la manera grandiosa, despreocupada, de Antonio y Cleopatra en la tragedia homónima. Los buenos burgueses del siglo XIX -y conviene recordar que descendemos, a la vez, de ellos y de los excesos románticos- se sentían atraídos y repelidos por la tentación de lo diferente. Igual que nosotros, sospechaban que toda una parte de la vida quedaba obliterada por el acatamiento al dogma religioso, a la ley y, sobre todo, a los prejuicios y las convenciones. Admiraban a quienes transgredían ese sistema, pero a la vez sentían -y con razón- que la frágil capa de civilización que encubre a la barbarie elemental se basa sobre la contención, y no sobre la libertad irrestricta.
De ahí la ambigüedad esencial de la condición de divo. Debe de ser muy gratificante, pero implica un riesgo que puede incluso ser mortal. Guay del divo que dé un paso en falso, o que les falle a sus seguidores: la caída y el castigo son atroces.
La masificación incesante de la cultura (en el sentido más amplio del vocablo), la difusión de medios de comunicación de alcance planetario, la baja de nivel de la educación y la suba de nivel del consumismo y el facilismo, han multiplicado en nuestro tiempo a los falsos divos. Por lo general, de breve vigencia; dada, además, la velocidad con que hoy se suceden modas y prestigios. Pero muchos de los auténticos han marcado el siglo, determinaron cambios importantes en la vida y la conducta de las personas comunes, y a veces decidieron destinos: Greta Garbo, Rodolfo Valentino, Marlene Dietrich, Caruso, Nijinsky, Gardel, Evita. Algunos viven todavía y varios hasta son relativamente jóvenes: Plácido Domingo, Vittorio Gassman, Mick Jagger. En la Argentina, hoy: Susana Giménez, Maradona. Rara vez un escritor -Borges -, un científico -Favaloro-, un músico -Piazzolla-.
Queda en discusión qué rasgos, qué atributos, qué condiciones generan el divismo. Hay una parte considerable, es evidente, de atracción sexual, pero no necesariamente ligada a la belleza. Hay una cuota de simpatía (tampoco es imprescindible) y otra de misterio. El divo, la diva, deben mantener una cierta distancia de su público: que no se note demasiado, ni se transforme en aislamiento, pero que señale la frontera tácita entre el adorador y la divinidad. En las religiones antiguas, anteriores al cristianismo, el dios se ocultaba en el último recinto, el más sombrío y de difícil acceso del templo. La televisión impone hoy mostrarse, pero detrás del muro infranqueable de la pantalla. Si se presentan en público, los guardaespaldas los rodean y los envuelven: se ve fugazmente una mano, una sonrisa, un mechón de pelo. Y se entiende. Porque, como en los ritos paganos, sus fieles serían capaces de matarlos para comérselos en el banquete ritual. Basta ver a las adolescentes a las puertas de los grandes hoteles donde se alojan sus ídolos: si las dejaran, se comportarían como las bacantes con Orfeo. Reflexión final. En su libro Las estrellas de cine , el sociólogo francés Edgar Morin define a esas personas como aquellas que, en el gris y tedioso mundo de las vastas aglomeraciones urbanas de este tiempo, para la imaginación popular son las que todavía pueden caminar sobre las aguas. Los dioses y las diosas de la época. Dentro de poco, ni siquiera necesitarán ser humanos, serán el fruto de la electrónica. Y así habrán perfeccionado su rasgo más auténtico: ser virtuales.
Notas sobre el glamour
Creo que nunca he usado la palabra glamour, sino en el contexto de una broma. Pero, ante el pedido de una definición, me he puesto a pensar que, de alguna manera, hay algo en nuestro universo que puede llamarse glamour.
Me parece que el glamour es la expresión exterior de una realidad interior. Si miramos una foto de Greta Garbo, quizás el arquetipo máximo del glamour, veremos que más allá de los esfuerzos de los maquilladores, los estilistas y los iluminadores de la época, la cámara capta una instantánea de la realidad interior de la actriz sueca. En su caso, glamour es la fuerza que su interioridad tiene para romper la barrera del artificio. Garbo es glamorosa a pesar del maquillaje, el vestuario, el peinado.
La creación del glamour es otra cosa. Pero el glamour es una verdad interior. A veces está, a veces no está. Cuando no está no se puede inventar.
Yo no uso mucho la palabra glamour, pero se utiliza mucho en el sentido de construcción, artificio. Ni siquiera conozco su etimología. Pero siempre significó para mí, en su sentido más alto, lo que los árabes llaman kaif. Los españoles (sobre todo los gitanos de Andalucía) tradujeron esa palabra como duende. Eso quiere decir que, cuando está presente, no tenés ninguna duda de que existe y cuando no está, nadie tiene ninguna duda de que no está.
Creo que el glamour sigue existiendo, está por todas partes. Obviamente, entendido en el sentido de los años 1930 y 1940 ya no está, porque los años 1930 y 1940 ya pasaron, pero el glamour está vivo. Lo que no tiene vigencia es el sentido del siglo XIX de lo que es elegante y lo que no lo es. Muchas cosas que eran consideradas no elegantes tradicionalmente son, hoy, glamorosas. Los nuevos códigos dicen que hay belleza en lo horrible también, en lo decadente. La belleza está en el ojo del que mira. La idea de lo bello no está relacionada con los atributos clásicos. Por ejemplo, Jeanne Moreau nunca hubiera sido una star en el siglo pasado. Simplemente, no tiene los cánones de la belleza clásica. El encuentro de elementos no clásicos de este siglo viene, por supuesto, de una tendencia que empieza por las artes plásticas. Nada de lo que la pintura ha hecho en este siglo hubiera sido considerado bello en otra época. Pero la percepción de lo bello también es cultural, no solamente histórica. Si voy ahora al norte de Africa y hay una nómada con la cara completamente tatuada, puedo aceptar eso como bello y natural, ahora que las chicas se están tatuando por todo el cuerpo. El concepto es mucho más amplio que hace cuarenta años.
Como todo se está globalizando, estamos incorporando todos los elementos del planeta en una misma concepción estética. Si uno fuera a Las Vegas hoy, vería que prácticamente todos los idiomas visuales y todos los códigos culturales están mezcaldos, como en el tango, la biblia junto al calefón. Nada significa ya nada. Las razones para las cuales esos elementos fueron creados no existen. Fuera de contexto, estos bastardos fragmentos de la historia humana yacen, estériles, en apilado desorden. Si hay un lugar en el planeta que no tiene glamour, para mí ese lugar es Las Vegas.
Las Vegas es lo opuesto a Greta Garbo.






