El curioso hallazgo de un Pollock foodie

Juana Libedinsky
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25 de julio de 2015  

SOUTHAMPTON.- Alcohólico, adúltero? ¿y foodie? Los dos primeros adjetivos son los que uno siempre escucha en referencia al gran pope de la pintura arrojada e hijo dilecto de los Hamptons, Jackson Pollock (quien, de hecho, murió aquí al estrellar, borracho, su auto contra un árbol acompañado de su amante mientras su mujer, Lee Krasner, estaba en Europa). Pero en esta punta de Long Island donde todo lo relacionado con Pollock ha sido investigado y analizado hasta el infinito, lo último es realmente una novedad. Me lo cuenta Melinda Hackett, la " it" pintora de estas playas hoy. Hackett es toda una institución aquí. Las casas sobre el mar, por más multimillones que le hayan puesto encima, no se consideran terminadas hasta que un Hackett no cuelga en el living. Es la tapa de la revista Hamptons, que marca el quién es quién del aquí y ahora. Pero, además, su familia es, desde hace generaciones, la gran benefactora del museo local, lo cual dio un marco institucional a la histórica bohemia de los Hamptons, los artistas que desde Childe Hassam hasta Andy Warhol y Julian Schnabel dieron a estas playas una aura especial. Así que si ella dice que el tema del momento son las creaciones culinarias de Pollock, eso aquí es palabra sagrada.

Esto no es un tema puramente frívolo o pintoresco. Hackett, originariamente una historiadora del arte, recuerda que a través de la cocina se puede ver un nuevo costado del artista. Por ejemplo, en el flamante libro Dinner with Jackson Pollock, que compila sus recetas recién descubiertas, las que éste señalaba como emblemáticas suyas eran de muy sofisticada repostería. Para eso se requiere de paciencia y precisión, dos cosas antagónicas al concepto que se suele tener del hombre que se hizo famoso por tirar baldazos de pintura al piso. Y su obsesión por la confección de panes muestra que, de hecho, disfrutaba de por lo menos algún tipo de disciplina en el procedimiento.

La investigación empezó cuando Robyn Lea, una fotógrafa australiana fue a visitar la casa de East Hampton de Pollock, ahora convertida en museo. Le llamó mucho la atención que las ollas y sartenes fueran marca Le Creuset y la loza, Eva Zeisel. Algo que distingue a los foodies de hoy, pero que en los 40 y 50 no tenía nadie. Pudo rastrear más de un centenar de recetas manuscritas y anécdotas de quienes conocieron a Pollock que lo mostraban realmente dedicado a la cocina. Creaba menús basados en comida siria, por ejemplo, y hacía sofisticados picnics en las playas salvajes Montauk recreando un ambiente oriental. Incluso su pastel de manzanas ganaba en los concursos gastronómicos de las ferias de pueblo.

Por supuesto, no todas las recetas son indicios de una vida hogareña apacible. En la cocina, Pollock hacía intentos desesperados por superar su adicción al alcohol, con recetas en base a licuados de repollitos de Bruselas y diente de león. Pero a todo lo preparaba de la misma manera: "Aprovechando hasta la última sobra; guardando todos los restos para la próxima; usando un color o forma, y luego otro. Nunca había nada para tirar", sostiene su sobrina Francesca Pollock. "La pintura, como la cocina, para él era una forma de vida."

Si bien las recetas, acompañadas de fotos y testimonios, en última instancia son un libro de verano -y como me subraya Hackett, el que se volvió de rigor llevar de regalo cuando se va a comer a lo de amigos-, tiene algo de muy maravilloso que es que mirar a cualquier figura histórica a través de los lentes de la comida los hace tanto más humanos.

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