
El pabellón VIP: los presos “famosos” que pasaron por Devoto, la fuga que inspiró una película y el único reo que se escapó dos veces
Historias, miserias y fugas de aquellos que se convirtieron en presos tristemente célebres por pisar los calabozos de la cárcel de Devoto, que también funcionó como centro clandestino de detención durante la última dictadura
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“Disculpá, tengo que cortar porque me vino a buscar la policía”, recuerdo que alcanzó a decir Silvio Soldán mientras lo entrevistaba aquella noche del 2 de abril de 2004 cuando un patrullero paró frente a su casa de la calle Céspedes, en el barrio de Belgrano. Su abogado, el doctor Miguel Ángel Pierri, le había adelantado que podía suceder algo así. Antes había conversado con Mauro Viale en el programa Diario de la tarde, por América, cuando se vio forzado a interrumpir la charla. “Todo esto lo inició hace mucho tiempo la señora Silvia Süller”, fue su frase de despedida mientras le sonaba el timbre.

Los agentes lo sacaron esposado ante decenas de vecinos del barrio. Estaba acusado por “estafas reiteradas y tráfico de medicamentos” y lo llevaban con las manos envueltas en una campera de jean para disimular los grilletes en sus muñecas. Primero fue a parar a la comisaría 33, pero como se descompuso lo llevaron al Hospital Pirovano y luego a una clínica de la calle Saavedra al 1100, en el barrio de San Cristóbal, donde fue estabilizado.

Por entonces, el juez Mariano Bergés investigaba si el animador tenía algo que ver con la clínica llamada CIDENE –Centro Integral de Estética, Nutrición y Salud-, que dirigía su novia de entonces, Mónica María Cristina Rímolo –quien también fue a parar tras las rejas, pero de Ezeiza-, más conocida como “Giselle”, que cuando se presentaba ante sus “pacientes” lucía un inmaculado guardapolvo blanco con letras bordadas con la inscripción: “DRA. RÍMOLO”. Allí, además de defraudaciones y estafas se investigaba la muerte de Lilian Díaz, una mujer que se atendía con ella.
El destino final de Soldán fue la cárcel de Villa Devoto. Mientras lo trasladaban admitió que lloró. Después de la revisación médica de rigor de la que nadie se salva, terminó en el pabellón 50 “para mayores de 60 años” –había cumplido 69 años el 26 de marzo-acompañado por otros 29 internos.
El lugar tenía unos cuarenta metros de largo por quince de ancho. En el centro había mesas para las visitas y en ambos laterales, quince camas por lado distribuidas en hilera, una a un metro y medio de la otra.
Uno de los presos le indicó cuál sería su cama y le dio un short de Boca y un banderín del club de sus amores. Sobre una improvisada mesita de luz tenía un cepillo de dientes, un dentífrico Close Up, una brocha, una botella de Cimes lima limón, un frasco de champú Wellapon, una radio con auriculares, un cuaderno Gloria, una estampita de la Virgen Desatanudos y otra con la imagen de Jesús.
Allí estuvo durante dos meses escuchando a cada momento los gritos y amenazas que provenían de “La Villa”, el sector más pesado de la prisión, hasta que el doctor Pierri logró sacarlo libre de culpa y cargo gracias a sus habilidades como profesional del derecho. Digamos que Soldán fue una excepción en la cárcel de Devoto en cuanto a prontuario respecto a los detenidos que podrían calificarse como famosos o tristemente célebres ya que se pudo retirar indemne y sin condena, en contraposición a varios más que desfilaron por allí.
Ciudadanos no tan ilustres y el sector Vip
A lo largo de su historia la cárcel conocida como Unidad Penal n° 2 ubicada entre las calles Bermúdez, Nogoyá, Desaguadero y Pedro Lozano, e inaugurada el 2 mayo de 1927, vio desfilar otros nombres que ya eran famosos por su vida pública o por su peligrosidad y la trascendencia de sus causas penales. Por allí pasaron nada menos que Arquímedes Puccio y su hijo Alejandro, alias El Zorri, que cayeron presos por liderar el llamado “Clan Puccio”, una organización familiar criminal que se dedicó al secuestro extorsivo y asesinato de empresarios en su propia casa de San Isidro durante los años 80.

En esa década también estuvieron tras esos muros los hermanos Sergio y Pablo Schoklender, condenados a prisión perpetua por el brutal crimen de sus padres, Mauricio Schoklender y Cristina Silva, ocurrido en mayo de 1981 en su departamento de Palermo.


Otro infaltable que recorrió esa y varias prisiones fue el archiconocido Daniel “Tractorcito” Cabrera, por una extensa lista de delitos que incluían robos a bancos y blindados, piratería del asfalto y constantes planes y ejecuciones de fugas.

Ya en los recordados años 90, otros nombres más que populares recorrieron esos calabozos y otros sectores más acomodados, como el bautizado “Sector Vip” que compartieron el ex futbolista y director técnico Héctor Rodolfo Veira, condenado por abuso sexual (tentativa de violación y corrupción de menores) a un menor de 13 años, Sebastián Candelmo. El Bambino compartió el pabellón con el dirigente peronista y gremialista de la UOM Norberto Beto Imbelloni, detenido por el homicidio de Raúl Cuervo. Otros compañeros de celda de Veira fueron Mario Caserta (ex funcionario menemista que cayó preso en el contexto del Yomagate), José Pirillo (empresario, procesado por administración fraudulenta y estafa) y el ex juez Remigio González Moreno.



También estuvieron en “el sector más cuidado de Devoto” Juan Carlos Delconte, ex administrador nacional de Aduanas durante el gobierno de Raúl Alfonsín, preso por una causa de contrabando agravado; José “Cacho” Steinberg, reconocido intermediario y representante de futbolistas de la época, implicado en la conocida causa de los “autos truchos” importados para personas con discapacidad, luego vendidos a figuras de la farándula y el poder de la época.

De Devoto al Robo del Siglo
Dos integrantes de la banda que asaltó el Banco Río de Acasusso el 13 de enero de 2006 y escaparon por los desagües en un gomón con millones de dólares y joyas pasaron antes por la cárcel de Devoto. Uno fue el uruguayo Mario Vitette Sellanes, que permaneció allí y en otros penales varios años de su vida, y conoció a delincuentes más pesados que él como los narcos de la llamada Operación Langostino y el mandamás de la mafia siciliana Gaetano Fidanzatti.

Su socio en el Robo del Siglo, Rubén Beto de la Torre estuvo en Devoto en 1977 por el encubrimiento del robo de un auto. Y denunció que lo torturaron como a muchos durante la dictadura militar para que se hiciera cargo de delitos de los que según él jamás había participado.

La cárcel de Devoto durante ese período funcionó además como centro clandestino de detención en condiciones deplorables. Y el 14 de marzo de 1978 se produjo la llamada Masacre del Pabellón Séptimo en la que mataron más de sesenta presos. El Indio Solari creó un tema acerca de lo ocurrido que tituló Masacre del Pabellón Séptimo (Relato de Horacio) y dice en su comienzo:
Me asfixio! Dios! pienso en mi cara... Se está quemando, ahora, mi cara
Dios! Una explosión y los colchones se prenden fuego y nos quemamos vivos
Quiero salir, quiero escapar, las puertas siguen encerrojadas
El pabellón, por un segundo se nubló todo, y ya no vemos nada más...
Esa prisión cobró aún más protagonismo cuando sucedió lo que se llamó el Devotazo, que movilizó a una muchedumbre que exigió la liberación de los presos políticos detenidos en la autodenominada Revolución Argentina. Ocurrió el 25 de mayo de 1973 apenas asumió el presidente Héctor Cámpora, quien les concedió ese beneficio en el marco de un proceso que culminó con un indulto y la sanción de la Ley de Amnistía.


El Gordo y La Garza, los más pesados
A propósito de Beto de la Torre, además de ser uno de los cabecillas del Robo del Siglo, también integró la mítica Superbanda que asaltaba bancos y camiones blindados y lideraba nada menos que Luis El Gordo Valor junto a Hugo La Garza Sosa, dos pesos pesados de la delincuencia de antaño, y los únicos mafiosos que alcanzaron renombre y lograron fugarse de ese penal. Una vez lo hicieron juntos, acompañados de otros tres con prontuario como Emilio Nielsen, Dante Paulillo y Julio Pacheco.

Fue el 16 de setiembre de 1994 y un vecino logró filmarlos. Según me contó La Garza -apodo que le puso la policía, por eso prefiere que se le diga El Flaco o Cacho-, cuando charlamos allá en 2011 en su lavadero de autos de Quilmes, él fue quien invitó a El Gordo a huir. Se vistieron como médicos, con delantales blancos, y empezaron a “caminar” el penal.
Según Sosa, los del servicio penitenciario los saludaban creyendo que eran profesionales de la salud. Y el paso siguiente fue deslizarse por los muros a través de sábanas que habían anudado. De acuerdo a su relato, llevaban armas de madera y no reales, y “su gente” lo estaba “aguantando” en la calle con un auto para escapar. Cuatro meses más tarde lo volvía a detener la policía por otro asalto a un camión blindado.
Consultado Valor en su casa de Villa Rosa en Pilar, la explicación que me dio fue distinta, quizás producto de que aquella complicidad que tenían un día se rompió y se juraron venganza. Dijo que sí tomaron el hospital y bajaron con sábanas desde el séptimo piso de la cárcel, pero insistió primero con que él portaba una metralleta Halcón y los otros cuatro secuaces pistolas 9 milímetros. Y deslizó que la Garza cuando pisó la calle, se subió al auto y se fue sin esperar al resto de los fugados, que milagrosamente pudieron “interceptar” un remise al que iba a subir una mujer y se fueron “a todo pique”. El Gordo cayó preso nuevamente el 18 de mayo de 1995 en una tapera de General Rodríguez donde se escondía.
La Garza siempre se jactaba de que él había escapado dos veces de la prisión de Devoto, algo que nadie logró, una especie de infortunado “Récord Guinness”. Y para colmo, esa primera huida de Devoto que protagonizó tres años antes dio lugar a una película estrenada en 2011, que se llamó El túnel de los huesos, que protagonizó Raúl Taibo junto a Daniel Valenzuela, Luciano Cazaux, Jorge Sesán, Paco Redondo, Germán De Silva, Martin Scarfi y Daniel Polo, con dirección de Nacho Garassino, basada en una excelente investigación del periodista y escritor Ricardo Ragendorfer, que le valió el premio Príncipe de Asturias.

Esa fuga que consumaron siete presos sucedió en la medianoche del 30 de noviembre de 1991. Tardaron un mes para cavar un foso de reducidas dimensiones que los llevó al otro lado de la vereda del penal de Devoto. Para lograrlo robaron del hospital de la prisión anfetaminas para permanecer despiertos y alcanzar el objetivo en menos tiempo, trabajando día y noche. Además, llevaron tubos de oxígeno al túnel para poder respirar cuando les faltaba el aire.
Les faltaba muy poco para concretar la huida cuando, de repente, encontraron huesos humanos. Vértebras, peronés tibias... No dejaron que la sorpresa y el horror los detuviera. Allí mismo, en las entrañas del penal, hicieron un breve rito en el que le solicitaron permiso a los fallecidos para seguir adelante. Además, les ofrendaron comida y cigarros. Y se prometieron que, de alguna manera, iban a hacer trascender a la opinión pública semejante hallazgo.
Cuando ganaron la calle, luego de ponerse a salvo, se contactaron con Ragendorfer para que registrara la historia y la hiciera pública.
Sosa, alias La Garza, Cacho o simplemente El Flaco, siempre reflexionaba en voz alta y entre sonrisas, explicando el porqué más allá de ser ladrones muy pesados y experimentados la policía lograba detenerlos en algún momento: “Sencillo, maestro, ellos están alertas, se pasan la posta y hacen guardia las 24 horas. Yo, mientras tanto, dormía cinco o seis horas, no más, pero mientras lo hacía descansaba y no pensaba. Con ese momento que me tomaba y disfrutaba, estaba dando ventajas. Y pagaba la ventaja con encierro. Así de simple y de terrible”.
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