
El Instituto Bayard nació como Jardín de Infantes en mayo de 1956 y se convirtió con los años en una institución educativa señera del barrio de Palermo, sin dejar de ser un proyecto con una fuerte impronta familiar
En 1956, por causa de la epidemia de poliomielitis, en Buenos Aires las clases no comenzaron en marzo, como era habitual, sino un par de meses más tarde. Así, el lunes 14 de mayo de ese año se inauguraba el ciclo lectivo en la ciudad. En esa fecha, una nueva escuela abría sus puertas en Palermo: se trataba del Instituto Bayard, un pequeño establecimiento que nació como Jardín de Infantes con solo seis alumnos.
El emprendimiento fue la concreción del sueño del ingeniero Paul Henirksen, un inmigrante danés que, junto a su hija Annelise, quiso levantar una escuela para agradecer a la Argentina todo lo que el país le había dado. Por ello hoy, el logo del colegio, que 70 años después de su humilde creación cuenta con 600 alumnos en sus tres niveles, rinde homenaje a su fundador exhibiendo una bandera de Dinamarca.

“Aquí se buscó siempre la excelencia. Desde lo edilicio hasta lo pedagógico, poniendo el acento en la cultura. Y con mucho énfasis en valores”, dice Patricia de Forteza, asesora general del Colegio pero también alumna fundadora y descendiente directa de sus creadores. Ella es nieta de Paul e hija de Annelise y la encargada de contarle a LA NACION la historia del Bayard, un lugar donde la pasión por la enseñanza atravesó varias generaciones de la misma familia.
De Dinamarca a Buenos Aires
La escuela hoy cuenta con dos edificios en la misma manzana de Palermo. Uno en Castex 3348 y el otro, a la vuelta, en Salguero 2969. Pero la historia comenzó muchísimo antes. Podría decirse que en otro continente y a comienzos del siglo XX.

—Patricia, ¿cómo llegó Paul Henriksen, su abuelo, de Dinamarca a la Argentina?
—Él nació en Copenhague en 1895. Allí se recibió de ingeniero civil. En un viaje a Italia conoció a Elvira Rezzo, una argentina que vivía en ese país desde hacía 15 años. Se encontraron por primera vez en la Catedral de Florencia, donde ella se ofreció como intérprete porque él no hablaba italiano. Así comenzó la historia entre ellos. Se enamoraron y se casaron.
—¿Entonces vienen a la Argentina?
—No. Ella se va a vivir a Dinamarca y él, poco después, a Nueva York, porque en su país no había mucho trabajo para ingenieros después de la Primera Guerra Mundial. Poco más tarde ella viaja también a Nueva York y allí, en 1927 nace mi madre, Annelise. Viven dos años en Estados Unidos y después vienen a Buenos Aires, donde estaba la familia de mi abuela, que ya había regresado de Italia.


—¿Qué hace él en Buenos Aires?
—Él fue contratado como ingeniero jefe para la construcción del Subte Lacroze (hoy Línea B). Luego, para 1934 creó una empresa propia, Dinaco, con la que proporcionó e instaló usinas eléctricas en la mayor parte de las grandes ciudades de la provincia de Buenos Aires y también del interior del país. Así fue conociendo y tomándole cariño a su país de adopción.
—¿Cómo nace el colegio?
—Mi madre, mientras tanto, se forma en la UBA como profesora de lo que hoy sería Ciencias de la Educación, que en ese momento se llamaba Pedagogía. También se especializa en enseñanza de música para niños, su otra gran pasión en la vida. Cuando mi abuelo se retiró, pensó que el país le había dado mucho, lo había tratado muy bien. Por eso le quería devolver algo de lo que la Argentina le había dado. Entonces decidió que la educación era lo más importante para un país, que los niños se formen para ser “ciudadanos del futuro”. Así se funda el Colegio Bayard en 1956.


—¿Desde un principio él sabía la orientación que le quería dar al Bayard?
—Sí, por más que él era ingeniero de profesión, era un hombre muy humanista, al que le gustaba un poco de todo. Medio renacentista, entre comillas. Le gustaba la astronomía, la filosofía, la literatura. Amaba el arte. Tocaba el piano, el violín.
—¿El Colegio se crea donde está ahora?
—No. Estaba originalmente en una casa vieja que quedaba a tres cuadras, en Canning (hoy Scalabrini Ortiz), cerca de Figueroa Alcorta. Ahí estuvimos primero. Yo fui alumna fundadora: hice ahí sala de 5, que era lo único que había en ese momento.

—¿Y los actuales edificios cuándo se construyen?
—Mi abuelo, que vivía por Libertador y Oro, compró los dos terrenos. Primero se construyó el de Castex y, cuando yo estaba en tercer año, en 1965, ya no entrábamos más. Estuvimos un tiempo en una casa alquilada en Coronel Díaz y Centeno. En 1966 empezamos en Salguero, edificio que hoy está terminado gracias a mi hermano Eduardo, que es tercera generación como yo y que se dedica a toda la parte de la reconstrucción y esto se fue para arriba. Hace poco, se hicieron dos pisos y la terraza.
—¿Los edificios se construyeron de cero o ya existía algo en los terrenos?
—No, se construyen desde cero para ser colegios. No son casas viejas reestructuradas.

El señor de Bayard, sin miedo y sin tacha
—Si bien abrazó su nueva patria, su abuelo nunca cortó las raíces danesas.
—No. Mi abuelo trabajó mucho por Dinamarca durante la Segunda Guerra Mundial. Él era el presidente del Club Danés en Buenos Aires y movilizó a la colonia danesa (en su mayor parte en torno a Tres Arroyos y Tandil) para juntar ropa, víveres, todo, para mandarlo a Dinamarca ocupada por los nazis. El rey Christian X se lo reconoce y lo condecora primero con la Medalla de la Libertad y luego como Caballero de la Orden de Dannebrog, que es la segunda orden más importante de Dinamarca después de la Orden del Elefante. Fue por su fervor patriótico y su obra solidaria.
—¿Su abuela Elvira también participó de estas campañas solidarias?
—Sí. Mi abuela, por su lado, tenía un grupo de 15 amigas que se reunían y cosían y tejían ropa para enviar a Checoslovaquia, Dinamarca, Noruega y otros países ocupados. Además, ella había sido enfermera voluntaria en Génova durante la Primera Guerra. Dejó unas memorias interesantísimas. Mucho después encontramos en la casa de mi madre las postales de los soldados que ella había atendido que le agradecían el trato dispensado, porque ella era muy amorosa, paciente e inteligente, sobre todo. De modo que, en conclusión, la solidaridad es algo que viene desde el primer momento, uno de los valores Bayard.
—¿Por qué llamaron Bayard al colegio?
—Porque mi abuelo estaba anoticiado de un personaje que existió a comienzos del siglo XVI, un noble, aunque no de primera línea, al servicio del rey de Francia, Francisco I. Se destacó notablemente en la destreza militar. Era Pierre du Terrier, conocido como señor de Bayard. Era respetado por los suyos y también por sus enemigos. A tal punto que cuando él es herido de muerte en una batalla (la del río Sesia, en 1524), el combate se detiene. Mi abuelo admiraba todas las virtudes de este caballero, al que definían “sin miedo y sin tacha”, y decide ponerle su nombre a la escuela.
En la página oficial del Bayard se señala que Paul Henriksen estuvo en los últimos años de su vida en la administración y hasta en los más mínimos detalles del colegio. Sabía el nombre de cada uno de los alumnos, a quienes les daba los buenos días en la puerta cada jornada a las 8 de la mañana. Lo mismo que a los docentes. Este hombre, que de la lejana Dinamarca trajo a la Argentina su espíritu de progreso y el amor por la cultura, fue sin dudas el “alma mater” de esa institución que creó junto a su hija para dar las gracias a su país de adopción. Falleció el 30 de junio de 1978.

—¿Desde el comienzo el colegio fue bilingüe?
—Sí. Bilingüe, laico y mixto. Fue un colegio para chicos de distintos credos y mixto, porque mi abuelo pensaba que el colegio tenía que ser como la vida misma, donde conviven varones y mujeres.

—La escuela contó también con una orquesta filarmónica. ¿Cómo es su historia?
—Sí, ese fue el sueño de mi madre, que siempre estuvo en contacto con la música. De a poco, ella se fue interiorizando porque había unas escuelas en Chascomús que armaban pequeñas orquestitas. Entonces se metió en el tema y dijo: “Vamos a tratar”. Se compraron los instrumentos. Empezamos con violines, violas, se agregaron violonchelos, clarinete. Hacíamos presentaciones anuales en la Facultad de Derecho. Ahora funciona fuera del horario escolar, en lo que nosotros llamamos el Espacio Cultural Bayard, que está abierto a la comunidad e incluye también otras actividades. Es un espacio que siempre existió, aunque sin ese nombre. Allí se trajo a (Jorge Luis) Borges para una conferencia, vino también (Gregorio) Klimovsky, Beatriz Guido.

Alumnos famosos
En medio de la campaña presidencial del año 2023, el exlegislador del PRO Federico Pinedo subió a sus redes sociales una foto en blanco y negro de su infancia. En ella, se lo ve de niño junto a otros compañeros de colegio y una maestra, todos ellos sonrientes. En el saco del uniforme, todos los estudiantes exhibían el escudo del Colegio Bayard.
Pero eso no era todo. Quien fuera presidente interino de la Nación por unas horas en 2015 subió también otra imagen en la que, entre las niñas del mismo colegio, se encontraba una pequeña que más tarde también incursionaría en el mundo de la política. Se trataba de Patricia Bullrich.

El exlegislador y la actual senadora compartieron las aulas en los años 60. “Con Federico Pinedo éramos compañeros de primer grado. Íbamos al mismo cole, tenemos las fotos ¿viste? Sin dientes, en esa edad”, comentaba Bullrich en la mesa de Mirtha Legrand.
Patricia de Forteza da pistas de otro famoso que también pasó por las aulas del tradicional colegio de Palermo con una anécdota ocurrida en 1969.
“Un día nos reúne el primer rector del colegio en la entrada, se llamaba Herberto Balbiani, y era muy estructurado porque venía del Colegio Militar, pero al mismo tiempo era un sol. La cosa es que había un wincofón, de los viejos. Puso un disco y dijo: ‘Hoy vamos a hacer un pequeño anuncio. Porque hay un alumno de acá que ha compuesto una obra y se ha editado’. Era un músico que había hecho su primera canción, con motivo del nacimiento de su sobrino, que se llamaba Facundo. Era César Pueyrredón”.

César “Banana” Pueyrredón acababa de sacar el hit “Facundo ha llegado al mundo” y su logro se reconocía en el lugar donde se educó. Además de todos los éxitos que este cantante compondría después, también es el autor de la letra y la música nada menos que del himno del Colegio Bayard: “Arriba Bayard / por siempre adelante, Bayard / tu nombre bien alto queremos gritar”, dice el estribillo de la canción.
“Después hemos tenido alumnos que se han dedicado a la diplomacia, han sido embajadores en distintos lugares. También abogados importantes”, dice de Forteza. “Y hay muchos exalumnos que vuelven con sus hijos. Y ya hay nietos de exalumnos también en el Bayard”, añade Munné, para dar cuenta de la identificación que tienen con el colegio quienes han pasado por sus aulas.

—¿Cuántas generaciones de la misma familia estuvieron ya en el colegio?
—Ya somos cuarta generación. Mi abuelo, mi madre, nosotros somos cuatro hermanos. Yo empecé a trabajar acá en 1970. Antes fui alumna. Fui secretaria, hice sueldos. Fui profesora de historia muchos años y rectora también. Cuando se jubiló mi madre fui asesora general. Hoy vengo menos, pero vengo. Pero además está la generación que sigue. Tenemos dos hijos de mi hermano Eduardo, Manuel y Catalina, que son miembros del Comité Directivo. Todos mis sobrinos pasaron como preceptores o auxiliares de deporte por acá. Todos estudiaron aquí, además. Menos uno que se mudó lejos.
El 18 de septiembre, en el cóctel de exalumnos que se realiza cada año, se va a invitar a exdocentes o administrativos que “creemos dejaron una impronta importante por su paso por el Bayard”, señala de Forteza, cuando se le pregunta si hay alguna actividad planeada para celebrar los 70 años de la Institución.
“Tenemos varias actividades pedagógicas en torno a los 70 años —añade Munné—. El Family Day fue sobre los 70 años. El Art Week y los Art Days también. También una General Knowledge Competition”. “Sí, porque tampoco agotar a la gente con los 70 años. Está presente, pero no es una pesadez”, remata de Forteza.
—¿Qué pensarían hoy Paul y Annelise Henriksen (falleció en 2022) si vieran cómo está el colegio hoy?
—Creo que mi madre y mi abuelo estarían muy conformes, porque hemos seguido mucho su línea, aggiornados siempre, pero para ellos estar aggiornados era una obligación. Estarían más que contentos.
