En primera persona: el largo camino de las infancias trans en la Argentina

Más allá de la Ley de Identidad de Género, tres familias comparten sus experiencias diarias en una sociedad que todavía no los sabe recibir
Más allá de la Ley de Identidad de Género, tres familias comparten sus experiencias diarias en una sociedad que todavía no los sabe recibir Crédito: Shutterstock
Laura Gambale
(0)
18 de octubre de 2019  • 18:12

En Argentina existen cientos de niños y niñas trans que, poco a poco están siendo comprendidos, en principio, por sus familias. Sin embargo, en la escuela, en el médico, en las plazas y en casi cualquier rincón de la sociedad todavía falta un larguísimo camino por recorrer. Se trata de niños con vagina y de niñas con pene. ¿Esto es posible? Sí, a pesar de que la biología nos sigue enseñando que el mundo es binario, y aunque desde el 2012 rige la L ey de Identidad de Género (26.743) por la cual toda persona tiene derecho a reconocerse a sí misma sin importar el sexo biológico con el que haya nacido. Con esta ley, el Estado argentino, también se comprometió a no patologizar a las personas trans, esto quiere decir que se deja de tratar su situación como una enfermedad o un trastorno y que pueden obtener su DNI con el nombre elegido.

Desde LA NACION conversamos con tres familias con niñeces trans, y todas coincidieron en que la ley citada es "un gran avance", pero que "todavía falta mucha formación profesional en el ámbito escolar y de la salud para tratar con estas infancias".

Podríamos decir que la infancia trans comenzó a estar en la escena pública hace 6 años, desde el 9 de octubre del 2013. Ese día Luana consigue, con tan solo 6 años, el DNI con el nombre con el que ella se siente representada sin mediación de jueces, ni psicólogos ni psiquiatras y se convierte así en la primera nena transgénero en obtenerlo en el mundo. Desde entonces, su mamá, Gabriela Mansilla, la acompaña en cada nueva conquista. "Si no nos permitimos repensarnos nosotros primero es muy difícil que podamos escuchar sus necesidades", comenta.

"Necesitamos creer que nuevas formas de habitarnos y respetarnos son posibles, aunque suene utópico, es el motor necesario para hacer frente a tantas barreras"
"Necesitamos creer que nuevas formas de habitarnos y respetarnos son posibles, aunque suene utópico, es el motor necesario para hacer frente a tantas barreras" Crédito: Shutterstock

En marzo de 2017, Gabriela crea la asociación civil "Infancias Libres", y junto a un equipo de trabajo con especialistas con perspectiva de Género, acompaña a más de 150 familias con nenes y nenas trans de distintas partes del país. Cuenta que algunas familias se acercan con amor y dispuestas a cambiar paradigmas para poder acompañar las necesidades de sus hijos e hijos, y otros que, en cambio, llegan pidiendo que "los curen" o "los vuelvan a la supuesta normalidad". "Lo principal que hacemos desde la asociación es recordar que ellos y ellas necesitan, antes que nada, ser escuchado/as".

La vida de Luana

"Yo nena, yo princesa" fue una de las primeras frases que recuerda Gabriela dicha por su hija Luana a los 2 años, cuando comenzaba a construir su identidad. En esos primeros años Gabriela le respondía que siguiera jugando, porque eso creía que hacía Luana -que al nacer se la anotó con nombre de varón-: solo estaba jugando.

"Entre los 2 y los 4 años fue la peor etapa de vida de Luana", anuncia antes de descargarse: "Al principio no la escuché, porque sinceramente no entendía lo que me estaba expresando. Pasé por 12 terapias llamadas correctivas, que lo que buscaban solo era eso, ´corregirla´, adaptar su género a su sexo de nacimiento. Me recomendaron cosas horribles, desde que cierre mi habitación con llave para que no me pueda sacar remeras que solía usar como vestidos, que le corte el pelo, que no deje que llore, que solo la deje jugar a cosas de varón. Encima en el jardín la inducían a ser varón con la ropa que me exigían que llevara, con el corte de pelo y con los juegos a los que podía acceder por ser nene".

"Como mamá me encargo de levantarle la autoestima constantemente y acompañarlo en su angustia pero duele mucho"
"Como mamá me encargo de levantarle la autoestima constantemente y acompañarlo en su angustia pero duele mucho" Crédito: Shutterstock

En ese entonces a Luana se le caía el pelo, se daba trompadas y se golpeaba la cabeza contra la pared; también tenía bronquitis a repetición, buscaba vestirse con la ropa del género con el que se identificaba y nunca respondía a su antiguo nombre.

"La psicóloga Valeria Paván, miembro de la Comunidad Homosexual Argentina, fue la primera en decirme que la 'deje ser' y que no busque corregir nada. También me dijo que no tenía que ver con falta de límites, como le decían otras especialistas", recuerda Gabriela.

Cuando obtuvo su DNI, Gabriela supo que era solo el principio de una larga batalla cultural. "Luana no quiere ir al pediatra porque no la respetan. Los médicos no entienden de qué se trata una nena trans y la violentan. ¿Sabés la cantidad de veces que le dicen ´vení princesa, desvestite´, y cuando yo les advierto que se trata de una nena trans no saben qué hacer. Y eso a Luana le afecta y mucho. O me hablaban de su enfermedad cuando no tiene ninguna patología. En la escuela también es difícil, y aunque está la Ley de Educación Sexual Integral no hay un lugar para las transgénero. O sos hombre o sos mujer y lo que falta visibilizar es un tercer lugar, el de las personas trans. Una nena trans nunca va a ser igual a una nena con vagina, y lo mismo ocurre con los nenes. Y eso no está mal, el problema es que la sociedad, al no aceptarlo, los y las fuerza a que se ubiquen y se adapten a lo que se considera debería ser un niño o una niña según los parámetros culturales establecidos. Por eso es necesario que se empiece a pensar y a investigar acerca de estas niñeces que no encajan en la norma binaria y que merecen un lugar donde se sientan respetadas y amparadas por la ley".

La vida de Nicolás

Nicolás es un nene trans de 7 años que llora cada vez que tiene que ir a la escuela o al médico. "Nico rechaza la violencia, la dureza y la idea de que hay que ser fuerte y bien macho para ser varón" explica su mamá Florencia, que acompañó a su hijo para que obtuviera su nuevo DNI, del cual se siente orgulloso.

Los primeros signos de disconformidad de género los tuvo a los 2 años, aunque se dieron cuenta cerca de sus 4 años. "Lo que nos pasó es bastante similar a lo que atraviesa cualquier familia con hijos e hijas trans: desconocimiento, miedo, y muchas veces rechazo. Nadie nos enseña de qué se trata la realidad trans en la infancia. Al día de hoy, las identidades que no responden a la hetero norma no están contempladas en ningún lugar de aprendizaje y formación. Entonces, al no ser nombrados, es como si no existieran". Florencia, luego de leer el primer libro de Mansilla, Yo nena, yo princesa: Luana, la niña que eligió su propio nombre, se puso en contacto con ella y con la asociación.

Nicolás, que hasta ese momento era llamado con un nombre de niña, tenía ataques de ira a repetición porque nadie lo estaba mirando como él estaba pidiendo ser mirado. "En ese entonces se hacía caca encima, no quería comer, se daba la cabeza contra la pared. En cuanto pudo expresarlo cerca de los 4 años, y sobre todas las cosas, en cuanto pudimos entender sus enojos, disminuyó abruptamente. Su personalidad cambió radicalmente cuando se sintió aceptado. Se lo veía feliz". En el jardín cuenta que lo supieron acompañar con mucho amor en la transición que estaba manifestando, y que todo volvió a cambiar cuando empezó primer grado. "Las violencias sufridas desde entonces son constantes y tienen varias aristas: si sos varón tenés que pegar. Si sos varón tenés que pelear con otros y sino sos un fracasado o mariquita", narra su mamá con la voz erguida. "Por más que la escuela quiera disminuir los roles de género, siguen muy marcados, y con una infancia trans es aún peor. A Nicolás no le interesa pegar ni competir, y por eso nos cuesta mucho que quiera ir a la escuela. Todavía la educación no contempla a todas las identidades, y si no lo incluyen, y no le están dando la posibilidad de que tome a la escuela como espacio de pertenencia".

Se sincera: "El tránsito diario es muy duro porque si bien una buena parte acepta otras identidades de género y nos acompaña, otra gran parte sigue siendo muy violenta y expulsiva. Como mamá me encargo de levantarle la autoestima constantemente y acompañarlo en su angustia, pero duele mucho".

La vida de Antonella

"Cuando Antonella tenía 3 años comenzó a mostrarse disconforme con el género asignado, que hasta ese momento era masculino", recuerda Laura, su mamá. "A esa edad comenzó a afirmarse en el género femenino -continúa-, a través de los colores que elegía usar, de los juegos, de los objetos y hasta con las formas de moverse que están socialmente estipuladas para las nenas. A grandes rasgos no sabíamos qué pasaba, aunque le dábamos libertad para que jugara con todo lo que ella deseara, sabiendo que había algo más que solo juego".

Lo que verdaderamente estaba en juego era su identidad, supieron después. Pidieron ayuda a especialistas, pero no supieron orientarlos hasta que conocieron la historia de Luana y la asociación que preside su mamá. "Fue un proceso complejo y de gran aprendizaje, tuvimos que re educarnos primero nosotros, dejar de vincularnos con familiares que juzgaban y lastimaban a Anto y que nos decían que no poníamos límites suficientes". Con tono cada vez más firme, continúa: la sociedad condena tu existencia por el solo hecho de salirte de la norma, como le pasa al colectivo travesti, tratándola como una especie de población sobrante. Con solo conocer que el promedio de vida trans travesti es de 35 años, y el 40% del colectivo termina suicidándose, habría que tomarnos muy seriamente esta realidad".

En el ámbito escolar se encontró con terrenos muy similares a los narrados por las familias de Luana y Nicolás. "Las autoridades no tenían herramientas, no sabían muy bien qué hacer con comentarios discriminatorios y preguntas de sus propios compañeros". Por eso considera que son "contadas con los dedos" las infancias trans que se encuentran de manera saludable dentro de la escuela. "Anto nunca quiere ir, se enferma super seguido, se aguanta para no ir al baño por vergüenza y por miedo a que la esperen y le peguen, y se deprime seguido. A pesar de que existe la ESI, todo el material que se maneja en la escuela es binario, y hay que actualizarlo porque ella, como el resto de las infancias trans, no se encuentra representada en ningún espacio, y esa ausencia de representación es violencia pura. Es como si no existiera".

Actualmente Antonella tiene 7 años, tiene DNI con el nombre que ella eligió, pelo largo, y se viste como quiere. Laura la acompaña y confía en el cambio social, aunque sea lento: "Necesitamos creer que nuevas formas de habitarnos y respetarnos son posibles, aunque suene utópico, es el motor necesario para hacer frente a tantas barreras".

La discriminación, la desinformación y el miedo a lo desconocido violenta, día tras día, la salud de niños y niñas que no hacen más que ejercer el derecho de vivir su identidad de género tal como la perciben. Seamos más respetuosos.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.