Europa sin petroleo

Barcelona es una de las principales ciudades de la Unión Europea en experimentar con transportes que funcionan con energías alternativas, más limpias y más económicas
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18 de mayo de 2003  

Barcelona.– Esta ciudad es una de las principales en experimentar los nuevos sistemas alternativos a la movilidad tradicional: la que funciona a fuerza de gasolina y, obviamente, con petróleo. Un sistema que desde hace algunos años tanto la Comunidad Europea como los mismos empresarios privados y la sociedad civil se han preocupado por desarrollar. Las características climáticas de Barcelona (con sol frecuente durante las cuatro estaciones), su pujante desarrollo económico y su afán por convertirse en centro de las miradas extranjeras la han impulsado a asumir las pruebas de la modernidad.

Joan Clos, alcalde de la ciudad, ha colocado en abril último la primera piedra del Centro de Energía Solar, que alimentará las baterías de los tres ómnibus de hidrógeno privado-estatales (ver recuadro), que recorrerán la metrópoli diariamente.

La empresa público-privada Transports Metropolitans de Barcelona probará estos ómnibus a partir de septiembre próximo en los recorridos normales de tres líneas urbanas cuyos caminos no superan los 200 kilómetros, es decir, la capacidad que aguantan las pilas de hidrógeno. Será la primera vez que se pruebe este tipo de transporte en toda Europa, y si fallan por algún motivo, las consecuencias las sufrirán los mismos ciudadanos. Las probabilidades de problemas, de todas formas, son escasas porque los ómnibus –diseño de la compañía alemana Mercedes Benz– han sido largamente testeados. De funcionar correctamente durante dos años, la empresa de ómnibus de Barcelona cambiará todos sus coches al nuevo sistema.

El proyecto Clean Urban Transport for Europe (CUTE) es uno de los gestores de este impulso. Se trata de un programa de la Comunidad Europea que involucra a nueve ciudades de ese continente (Barcelona, Madrid, Amsterdam, Estocolmo, Hamburgo, Stuttgart, Londres, Luxemburgo y Porto) con diversas características climáticas, sociales y geológicas. Allí se gestan las bases para poner a prueba, este mismo año, veintisiete vehículos de hidrógeno, algunos de ellos asistidos por energía solar y totalmente respetuosos del medio ambiente.

Existen ya, en realidad, vastos precedentes de este tipo de transporte. Además de los cientos de pruebas que se vienen realizando desde hace décadas, ya funcionan en todo el mundo desarrollado ómnibus y autos a fuerza de hidrógeno. Pero éste ha sido, hasta la fecha, extraído del gas natural y, por lo tanto, no entra dentro de los cánones de un modelo absolutamente ecológico. Si el sistema probado en Barcelona funcionara podría trasladarse a otras ciudades, donde el clima permita la extracción de la energía del sol.

Trixi, el triciclo-taxi

Y es justamente gracias al buen tiempo de Barcelona que los fans de los trixis han decidido instalar estos nuevos vehículos con forma de ratones gigantes en esa ciudad. Es que el nuevo transporte no tiene puertas ni resguardo del frío y no sería del todo cómodo en medio de un clima helado y con nieve.

Los trixis son triciclos diseñados para transportar hasta dos pasajeros más el chofer. Funcionan con pedales, pero si el trixista (el conductor del trixi) se cansa puede utilizar un motor de ayuda. La idea y el diseño (un poco futurista), realizado artesanalmente en Berlín por una microempresa que lleva el mismo nombre, es una versión hipermejorada de unos viejos triciclos que transportan gente y mercadería en China.

El diseño del trixi se encuentra todavía en evolución y cada mes un nuevo modelo supera en calidad al anterior. Ya lo han probado cientos de ciudadanos en Amsterdam, Copenhague, Viena, Berlín y Barcelona, pero esta última ciudad es la más afortunada para funcionar con las placas de energía solar, que se le han adjuntado en el último modelo como suministro de electricidad del motor.

El novedoso medio de transporte es tan ecológico que hasta el chasis ha sido elaborado con plástico liviano, absolutamente reciclable. "Es un taxi y no un modelo de auto o bici nueva. Cada trixi cuesta 9 mil euros y es el precio que se paga porque es casi una artesanía. No se trata sólo de un vehículo bonito y divertido, sino de todo un pensamiento distinto respecto de la ecología y de los modos sustentables de movernos", explica Gerald Caspari, uno de los dueños de la compañía en España.

La idea de Caspari es que los trixis se expandan por el sur de Europa y que crucen el continente y puedan ser utilizados por un mayor número de personas, pero sin perder la filosofía verde que los llevó a su creación. Caspari elige con cuidado a los trixistas que manejarán los vehículos, y una de las características que deben tener es una sensibilidad especial hacia estos temas.

Se considera que el trixi es un vehículo tanto para las personas como para la publicidad. Los creadores han utilizado el marketing empresarial como una posibilidad para financiar el proyecto ecológico. De hecho, sin la publicidad que envuelve algunos de los trixis, el proyecto, que se propaga y mejora rápidamente, no hubiera sido posible.

Autos compartidos

Otro ejemplo de la tendencia de las grandes urbes hacia modelos más ecológicos es el que ha impuesto en varios países la misma sociedad civil organizada. Deambular en las ciudades con auto hoy no sólo es poco ecológico, sino cada vez más caro y más tedioso. Entre las filas y filas de tránsito, el costo del estacionamiento, la gasolina, los impuestos, el seguro y el mantenimiento del automóvil, a veces moverse con vehículo propio es peor que hacerlo en un ómnibus o un tren lento y colmado de pasajeros como una lata de sardinas.

Por eso, ya en varios países del mundo grupos de ciudadanos se han puesto de acuerdo para tornar la movilidad un poco más plácida y han formado redes de dueños de vehículos que comparten, de formas diversas, los autos. Cada país suele tener una plataforma en Internet donde es posible encontrar grupos de cada ciudad. En países como Inglaterra, Alemania, Suiza, Canadá, Estados Unidos y España el servicio es utilizado por miles y miles de ciudadanos y cada vez más personas se anotan en las listas.

Existen dos modalidades básicas: la primera es conocida como Car Sharing. Los autos se encuentran estacionados en distintas zonas de la ciudad y cuando el usuario quiere utilizar alguno debe llamar a un número telefónico que le adjudica uno de ellos, en la zona más cercana. Los usuarios europeos pagan una cuota aproximada de unos 10 euros al mes (según el país y los costos), más un extra básico de mantenimiento (0,20 euros) por cada kilómetro recorrido.

La otra modalidad conocida es la que se denomina Car Pooling. En este sistema, los usuarios se anotan en listas para recorrer caminos similares en horarios similares. Lo utilizan, por ejemplo, personas que viven en las afueras de la ciudad y deben llegar al centro todos los días a trabajar. Se ponen de acuerdo y cada día a una hora determinada un vecino transporta a los demás. Los turnos van cambiando dependiendo de los grupos y los gastos se dividen entre los usuarios. Si una persona no cuenta con vehículo puede adjuntarse al grupo pagando la cifra que sus integrantes crean conveniente, que a veces es nula. Este sistema se utiliza también para viajes de larga distancia. Cuando se juntan personas que viajarán a un mismo lugar en la misma fecha comparten los gastos totales del viaje.

Este tipo de organización cívica permite no sólo que no haya tantos vehículos en la calle, sino que además disminuye las probabilidades de accidentes de tránsito, permite bajar costos e impone un modelo de vida más austero y consciente en países donde tanto la abundancia como el desperdicio suelen ser comunes.

Las guerras del oro negro de los últimos años, si bien no han sido las impulsoras principales de los nuevos sistemas, han provocado un mayor interés en el tema del desarrollo alternativo. En perspectiva, y dentro poco tiempo, puede verse a una Europa pionera que funciona con autos ecológicos y bicicletas. Un poco más allá, el mundo le seguiría los pasos.

Para saber más: www.tmb.net/cast/tmb_per_tu/pertu_bhidrogen_1.jsp

Energía limpia en la Argentina

A fines de 2000, BMW presentó los primeros modelos de serie capaces de funcionar con hidrógeno. El proceso es simple: con energía eólica o solar se obtiene electricidad, la que se usa a su vez para separar el hidrógeno de las moléculas de agua. El hidrógeno líquido y congelado es almacenado y utilizado como combustible en lugar de nafta. El resultado de la combustión es soprendente: por el caño de escape del auto no sale dióxido de carbono, sino agua. Un proceso limpio de punta a punta.

¿Qué pasará con los países petroleros? La respuesta es simple: muchos de ellos disponen de abundante energía solar y se convertirán en productores de hidrógeno. No fue casualidad que el primer punto del Clean Nergy Tour de BMW fuese, precisamente, los Emiratos Arabes.

Es un hecho que el hidrógeno es el combustible del futuro.

¿Y la Argentina? Tiene posibilidades eólicas, solares e hídricas para producir electricidad limpia y agua para obtener hidrógeno. La cuestión pasa por poder pensar en un proyecto de país para los próximos 100 años.

Cómo funciona el ómnibus solar

A través de paneles solares fotovoltaicos se transforma la energía solar en electricidad. Luego, mediante un proceso de electrólisis, se rompe la molécula de agua en hidrógeno y oxígeno. Este hidrógeno, almacenado en estado gaseoso, es suministrado –en estaciones de servicio especiales– a unas pilas instaladas en los ómnibus. Allí, por una reacción química controlada de hidrógeno y aire del medio ambiente, se genera una corriente eléctrica de 600 voltios que alimenta el motor, sin la necesidad de un proceso de combustión y sin residuos contaminantes de ningún tipo. Lo único que despide el sistema, de forma silenciosa, es vapor de agua.

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