
Harald y Sonia, actuales reyes, se enamoraron cuando tenían 22 años, pero ella no pertenecía a la realeza y él era el heredero al trono; él amenazó que si no era con Sonia, no se casaría con nadie
Los jóvenes tenían 14 años cuando se conocieron en un campamento de verano, en 1951, en la isla de Hankø, Noruega. El flechazo no fue instantáneo: después de ese primer encuentro pasó mucho tiempo hasta que volvieron a cruzarse, concretamente, en 1959, y gracias a un amigo en común. Para entonces ya tenían 22. Y ahí sí, fue amor a primera vista.

Pero venían de mundos completamente opuestos, lo que llevó a que empezaran una relación en principio clandestina, que tendría que atravesar un impedimento esencial, la ley de la monarquía en aquel país: él era Harald V, heredero al trono noruego, y ella, una plebeya, Sonia Haraldsen. En Noruega, los principales medios se refirieron al respecto como “la historia de amor del siglo”.
“¿Qué hago ahora?”
Harald, hijo de Olaf V y Marta de Suecia, era el heredero de Noruega, porque aunque tenía dos hermanas mayores, en aquel entonces la Constitución, que databa de 1814, estipulaba que solo los herederos varones podían acceder al trono. Como en la mayoría de las Casas reales europeas, regía la ley sálica que establecía la exclusión total de las mujeres de la sucesión al trono y prohibía que pudiesen transmitir derechos dinásticos a sus descendientes varones. Su nacimiento garantizó, entonces, la línea de sucesión del trono.

Por esto se esperaba que eventualmente se casara con alguien en su misma posición, otra noble heredera. Cuando conoció a Sonia, sin embargo, la relación representó un cimbronazo y un fuerte debate para la Corona y el Congreso noruegos: ella, hija de un comerciante, era considerada una plebeya.
El romance empezó, como se dijo más arriba, durante el verano de 1959. Johan Stenersen, un amigo de ella y compañero de Harald en la escuela de Smestad, en Oslo, una institución de educación pública (“se hizo hincapié en brindarle una educación arraigada en la sociedad contemporánea, lo más similar posible a la de sus compañeros”, cuenta la página oficial de la realeza), los había invitado a los dos a una fiesta en su casa.

Según uno de los medios más importantes del país nórdico, el Dagbladet, ella contó: “La primera vez que conocí al príncipe heredero fue en una fiesta privada en casa de nuestro amigo común Johan Stenersen. Fue apenas unos meses después de la muerte de mi padre. En junio de 1959. Recuerdo que hacia el final de la noche terminamos parados uno al lado del otro y él me tomó de la mano, y yo pensé: ‘¿Qué hago ahora?’”.
Tenía sentido que se lo preguntara: sabía, como toda la sociedad, que una relación del estilo iba a ser imposible. En ese entonces, ella cursaba, en la Universidad de Oslo, inglés, francés e historia del arte. Al igual que su padre, que había sido comerciante de ropa, se había graduado en Diseño de Moda y trabajado como costurera. Una semana después de la cena, el príncipe la llamó a su casa y la invitó al baile de graduación de cadetes de la Academia Militar en la fortaleza de Akershus, en Oslo.
Se hizo pública una primera foto: un joven Harald mostraba el diploma y, al costado, una mujer con anteojos de sol y aros de perlas que, en ese momento, los medios identificaron como una “dama desconocida”. Por supuesto, era Sonia, pero eso se sabría más adelante.

“Hubo mucho interés en casarnos”
La relación avanzó en secreto, de hecho, después de ese momento no se los volvió a ver. “Empezamos a esquiar juntos, a ir al cine y a quedar con amigos”, contó ella a NRK en 2015, y él agregó: “Nos reunimos varias veces en casa de amigos”. Compartían el mismo círculo social.
Por supuesto, cuando su padre, el rey, se enteró, le ordenó que se separara. Y circuló otro rumor, más coherente con los requisitos reales: en todo el país se empezó a hablar de un posible compromiso entre el príncipe y Sofía de Grecia.

Las monarquías europeas siempre realizaron eventos con el fin de estrechar lazos y, potencialmente, generar matrimonios. Uno de esos fue la fiesta organizada por las reinas Ingrid de Dinamarca y Federica de Grecia en septiembre de 1959, en el castillo de Fredensborg, el municipio danés. Sofía de Grecia, de casi 21 años, y Harald, de 22, estaban entre los invitados. Más de una reina lo tenía a él en la mira para casarlo con alguna de sus hijas: la de Suecia, la danesa y, claro, la griega.

El chisme se propagaba, el pueblo esperaba la noticia, la confirmación. Dagbladet llegó a publicar en el verano de 1960: “Los rumores circulan hoy en la prensa inglesa. La mayoría de los diarios británicos creen que el compromiso del príncipe heredero Harald con la princesa Sofía es inminente”. Pero el Palacio lo desmentía.
Después coincidieron en varios eventos oficiales durante su juventud, pero a pesar de las expectativas de ambas cortes, él estaba perdidamente enamorado de Sonia. En aquel momento, dado que los medios no conocían el romance, muchos creyeron en la hipótesis de que la unión no se concretó porque el gobierno griego le había acercado una propuesta al parlamento noruego con una dote matrimonial que el rey consideró escasa. No se hablaba de Sonia, que, se dijo después, llegó a amenazar a su novio con suicidarse si aceptaba ese matrimonio impuesto.

En 1996, Sofía habló con la periodista Pilar Urbano, su biógrafa, a quien le contó en el libro La reina: “En otoño hacíamos viajes en coche, los cinco de la familia: mis padres, mis hermanos y yo, para conocer Europa: Yugoslavia, Austria, Alemania… Un año, en 1959, fuimos a los países escandinavos, a Dinamarca, Noruega y Suecia. [...] Yo iba a cumplir 21 años. Y no había visto en mi vida al príncipe Harald de Noruega. Pues bien, nada más pisar tierra noruega, nos desayunamos con que los periódicos de Oslo nos daban ya como pareja. ¡Increíble! En primera página, fotografía del príncipe Harald y fotografía mía. ¡Y no nos conocíamos! [...]. Yo sé que hubo mucho interés en casarnos. Se provocaron encuentros, se hicieron cábalas, corrió mucha tinta, etcétera, etcétera, etcétera. El resultado de ese emparejamiento forzado fue nulo”.
La abolición del reino
Pocos años después, en mayo de 1962, Sofía se casó con Juan Carlos de Borbón, que reinó en la península ibérica desde 1975 hasta 2014. Mientras tanto, Harald y Sonia persistían en la relación, en los encuentros secretos. Hasta que el Dagbladet publicó, en marzo del 62, que el príncipe se casaría con esa joven burguesa. Todos los diarios replicaron enseguida la noticia. En el Palacio se desesperaban, tenían que desmentir la información: no podía haber un matrimonio entre un príncipe heredero y una “muchacha de pueblo”.

En ese entonces al príncipe lo describían como “el soltero más codiciado de Europa”, y los rumores de la prensa no caían bien en su entorno: por lo menos dos veces tuvieron que publicar comunicados desmintiendo la boda que ya muchos anunciaban. Para distanciar a los enamorados, los padres de Harald lo enviaron a estudiar a Oxford, en el Reino Unido, mientras que ella fue a Suiza a seguir con su formación, pero enseguida enfermó y él no dudó ni un minuto: la fue a buscar y volvieron juntos a su país.
El amor insistía. Iba a ser difícil, pero en la familia de él había dos antecedentes: su hermana Ragnhild había conocido, a finales de los 40, a Erling Lorentzen, hijo de una acaudalada familia de navieros y guardia personal del rey después de la guerra. Se enamoraron, pero también ellos tuvieron que enfrentar la oposición de la familia por tratarse de un matrimonio desigual, con un plebeyo. Pese a esto, para 1953 lograron que el gobierno les permitiera casarse, y en 1953 se anunció públicamente el matrimonio.

Su otra hermana, Astrid, entabló, por su parte, una relación con Johan Martin Ferner, hijo de un propietario de almacenes en Oslo. Fue difícil: él, cansado de esperar la aprobación real que no llegaba, se casó en 1952 con otra mujer, de la que se divorció tres años más tarde, cuando se reencontró con la princesa. Lo consiguieron: ella se puso en huelga, dejó de lado sus funciones hasta que el padre consintiera la unión. El monarca terminó aceptando, y en 1961 dieron el “sí”.
En el caso de Harald y Sonia tuvieron que pasar nueve años hasta lograrlo. Antes, en 1964, volvieron a circular los rumores. Los diarios publicaban abiertamente que el heredero al trono se había “enamorado de una joven completamente burguesa de Oslo y que, si no consigue casarse con ella, continuará siendo soltero”.
Los medios más conservadores no dudaron en atacar: “La devoción por nuestra Casa Real es tan grande que sería recibida con profundo pesar si el príncipe heredero tomara una decisión que significara el fin de nuestro reino”. Todos remarcaban que la consecuencia de ese matrimonio sería la abolición de la monarquía.

“Tenía sentimientos encontrados. Porque estaba enamorado de Sonja Haraldsen, pero también tenía mala conciencia hacia mi padre y Noruega”, contó él 56 años después a NRK. Y agregó: “Dije que si no puedo casarme con ella, me quedaré soltero. Pero no sé si eso es un ultimátum, exactamente”. El rey Olaf “no dijo nada en ese momento, pero luego las cosas empezaron a ponerse un poco más interesantes”.
El “príncipe melancolía”
Un periodista del periódico Verdens Gang (VG), uno de los principales tabloides del país, publicó una carta abierta dirigida al príncipe: “Quien no quiera ser fiel a su papel [...] debe abandonar el escenario”. La lucha era amor o corona. El Palacio insistía: “Con motivo de los artículos periodísticos publicados en los últimos días sobre los posibles planes de Su Alteza Real el Príncipe Heredero de contraer matrimonio civil, se comunica oficialmente por la presente que esta no es la intención del príncipe heredero”.

El miedo surgía de otra amenaza que había impuesto él mismo: sería rey, pero jamás se casaría, a menos que fuera con Sonia. ¿Qué impacto podría tener eso? Que no hubiera descendientes para continuar la dinastía, la línea sucesoria, porque él era el único varón. De ahí que muchos predijeran la caída de la monarquía si seguía adelante con su plan.
En 1967, el rey Olaf inició las consultas con el gobierno sobre el tema, ya que una boda real es un asunto de Estado. Mientras tanto, con la lucha a cuestas, Harald llamaba la atención del periodismo en países vecinos: escribían sobre su estado anímico, decían que lo veía serio, incómodo, que sus mensajes eran mecánicos y monótonos. En Islandia lo llamaban “Haraldur el serio”, en Suecia, el “Príncipe melancolía”.

Empezaban los debates políticos: algunos defendían que “una joven noruega saludable es tan buena como una princesa extranjera diluida”, otros planteaban que “un matrimonio mixto conduciría a una semimonarquía moralmente depravada”, otros empezaban a plantear la transición a una república.
Acorralado con la decisión de su hijo, Olaf se puso en contacto, entonces, con varios dirigentes políticos para encontrar una solución, especialmente con el primer ministro Per Borten, a quien le planteó el deseo inamovible de Harald de casarse con una plebeya. Cuatro meses después, en febrero de 1968, respondieron a favor.

El 19 de marzo las redacciones estaban en alerta: sabían que habría un anuncio oficial importante. Así lo fue. El rey había enviado un mensaje al Parlamento. Decía: “Es con gran placer que les informo, señor presidente y miembros del Storting [el parlamento], que, tras consultar con el primer ministro, los miembros del Gobierno, usted, señor presidente, y los líderes parlamentarios de los partidos políticos, he dado hoy mi consentimiento para que mi querido hijo, el Príncipe Heredero Harald, tome por esposa a la señorita Sonja Haraldsen, hija del difunto señor Karl August Haraldsen y de la señora Dagny Haraldsen, de soltera Ulrichsen”.
El 29 de agosto de ese año, 850 invitados asistieron a la boda en la catedral de Oslo. Era un evento grande: 2500 rosas, margaritas, fresias, gladiolos, una fila de 3000 soldados en procesión desde el palacio hasta la catedral. Ese año, la revista francesa Point de vue hizo una crónica detallada sobre el evento: Harald entró primero, vestía el uniforme azul de capitán. Con unos minutos de retraso, apareció Sonia del brazo de su suegro, el rey.

“Hasta el último minuto, se había creído que Sonia sería conducida al altar por su hermano, ya que su padre había muerto cinco años antes. Pero el rey tuvo ese gesto paternal que se esperaba de él. Sonia diseñó ella misma el modelo de su vestido, de seda blanca con perlas”, describieron. Durante el banquete él le dijo: “Sabés mejor que nadie lo que siento, tanto ahora como en el pasado. Y mejor que nadie entendés lo que realmente significa este momento”.
Tres años después nació su primera hija, Marta Luisa, y dos después, su hijo, el príncipe Haakon Magnus, actual heredero al trono. El 21 de enero de 1991, y tras la muerte de Olaf, Harald y Sonia se convirtieron en los nuevos reyes. Fue, después, el turno de ellos de vivir, esta vez como padres, la historia de amor controversial de su hijo, que en 2001 se casó con Mette-Marit, también de origen plebeyo, con un matrimonio previo, un hijo fruto de ese amor (Marius Borg, que este año fue condenado a cuatro años de prisión por dos cargos de violación) y un pasado que apenas salió a la luz en el último tiempo en donde se la vincula al escándalo de Jeffrey Epstein.

