
El 15 de octubre de 1946, hace exactamente 80 años, el exjerarca del Tercer Reich ingirió una cápsula de cianuro para evitar la horca
Hermann Göring, el jerarca nazi que llegó a ser el segundo de Adolf Hitler en el liderazgo de la Alemania del Tercer Reich, fue condenado a muerte por sus múltiples crímenes contra la humanidad en el juicio que se le realizó en Nüremberg. Pero en la noche del 15 de octubre de 1946, horas antes de morir en la horca, se suicidó. Para ello, se tragó una cápsula de cianuro.
Por muchos años fue un verdadero misterio cómo, en una celda de detención absolutamente custodiada y hermética, el criminal nazi había conseguido la píldora con la letal sustancia. Pero décadas después apareció un exsoldado de los Estados Unidos que dijo ser responsable de haberle suministrado el veneno.
Aunque lo hizo, según reveló, sin saber de qué se trataba. “Nunca pensé que Göring se suicidaría”, confesó el estaodounidense 58 años después de la muerte del jerarca nazi, carcomido por el remordimiento.

Sentenciado a morir en la horca
En noviembre de 1945 comenzó en la ciudad alemana de Nüremberg el juicio contra 24 jerarcas del gobierno nazi por los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. A través de testimonios, el mundo conoció la maquinaria de exterminio implantada por los alemanes para acabar con los judíos en ese país y en todos los territorios ocupados.
Las potencias aliadas, vencedoras de la contienda, estaban a cargo de este proceso que concitó la atención de todo el planeta.
Entre todos los reos juzgados, el que poseía una jerarquía más alta era el propio Göring. Llegó a ser vicecanciller de Hitler -aunque al fin de la guerra el ‘Führer’ lo consideró un traidor y mandó a degradarlo-, fue el creador de la temible Gestapo, policía secreta del régimen, y comandante en jefe de la Luftwaffe, la Fuerza Aérea Alemana.

Había sido un hombre poderoso. Tras su figura elegante de personaje amante del lujo, las artes y la buena vida, fue uno de los arquitectos de la aberrante “Solución Final”.
El 1 de octubre de 1946, el Tribunal Internacional de Nüremberg dio a conocer las condenas a los enjuiciados en el proceso. Göring fue encontrado culpable de cuatro cargos: conspiración, crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Entre estos últimos podían contarse saqueo de bienes, torturas, asesinatos y esclavitud de civiles. Fue sentenciado a morir en la horca.

Los abogados del exjefe de la Luftwaffe buscaron la manera de echar para atrás esta medida. Apelaron al alto mando aliado de Berlín, al presidente estadounidense Harry Truman y hasta al Vaticano, pero la sentencia quedó firme.
Incluso Göring pidió cambiar el método de ejecución y ser fusilado como un combatiente, pero esa última voluntad también fue desestimada por el tribunal. Pronto se supo que el ahorcamiento se realizaría el 16 de octubre de 1946.

“Este hombre está muerto”
Desde su celda en la prisión de Núremberg, el nazi condenado a muerte escuchaba cómo, en el gimnasio del presidio, los obreros construían el cadalso para él y los demás sentenciados.
El 7 de octubre pudo recibir la visita de su esposa. Luego de ello, el recluso le reveló al médico alemán que atendía a los detenidos, Ludwig Pflucker: “Ahora pueden matarme cuando quieran. Me alegro de haber disfrutado de este momento”.

Pero el jerarca nazi, cínico y manipulador hasta el último de sus días, no daría la oportunidad a sus enemigos de verlo colgado en la horca. A las 22:45 de la noche del 15 de octubre de 1946, el guardia encargado de su custodia nocturna notó al echar un vistazo a la celda que el prisionero, tendido boca arriba y con los ojos abiertos, exhibía un ligero temblor que poco a poco fue incrementándose.
Cuando los guardias, alarmados, ingresaron a la celda junto a un pastor protestante y al médico Pflucker, encontraron al condenado sudoroso, pálido y con problemas para respirar. Poco después, el doctor comprobó sus signos vitales y exclamó: “Este hombre está muerto”.

Al analizar el cadáver del oficial del Tercer Reich encontraron en su boca los restos de una cápsula de cianuro. Entonces llegaron todas las preguntas, las sospechas y las dudas que se prolongaron por varias décadas: ¿cómo había llegado hasta Göring, un hombre atentamente vigilado, esa píldora con veneno?
En aquel momento se llegó a especular como respuesta que el condenado había guardado la pequeña cápsula en alguna cavidad de su cuerpo —ombligo, boca, recto—. Aunque esta versión es poco probable, puesto que los presos estaban sometidos a constantes controles y cacheos por parte de los médicos del lugar, fue la que quedaría como oficial.

Un exsoldado trae la respuesta
Como sea, el caso del suicidio del otrora hombre fuerte de la Alemania nazi se convirtió en uno de los grandes enigmas que dejó como eco la Segunda Guerra Mundial. Y parecía que iba a quedar así... hasta que en 2005 apareció un obrero siderúrgico de unos 80 años de los Estados Unidos que traía la solución a ese añoso misterio. Su nombre era Herbert Lee Stivers y había revestido como soldado en Alemania en tiempos del juicio de Núremberg.
Stivers tenía tan solo 19 años cuando conformaba el 26° regimiento de la 1ª división de Infantería del ejército de los Estados Unidos, el cuerpo que fue destinado a tareas de vigilancia en Núremberg. Así, como guardia de la prisión donde se encontraban los jerarcas nazis, a él le tocó estar cerca de la celda del exjefe de la Luftwaffe, al que definió como “un tipo agradable” con el que solía hablar “de deportes y de aviación”.

El exsoldado le contó su historia al periódico Los Ángeles Times en febrero de 2005. Allí dijo, entre otras cosas, que su trabajo como vigilante de prisión le parecía aburrido, pero que en las horas fuera del presidio solía salir a divertirse con sus compañeros en bares y otros locales de la ciudad ubicada en el centro de Alemania.
En una de esas salidas, Stivers conoció a una joven alemana morocha y atractiva que se presentó con el nombre de Mona. Como una manera de impresionar a la muchacha, el soldado estadounidense le dijo que él estaba a cargo de la custodia de los nazis de Núremberg.
Mona le preguntó si él podía ver a los prisioneros y el soldado respondió que sí. Ella no le creyó, pero él le mostró un autógrafo que le había firmado uno de los detenidos, Baldur von Schirach. La percepción de la joven cambió. Pero el joven norteamericano tendría un regalo más para ella. “Al día siguiente estuve vigilando a Göring, le pedí un autógrafo y se lo di a ella”, contó el exsoldado.

La relación entre el guarda y la alemana continuó. De a poco, ella le entregaba mensajes de sus amigos para Göring escondidos en una lapicera. Luego le dijeron que el exjerarca nazi estaba muy enfermo y que necesitaban hacerle llegar una píldora con un medicamento que también escondieron en el interior de un bolígrafo.
“Me dijo que era una medicina y que si a Göring le iba bien con ella y le hacía sentirse mejor le mandarían más”, contó Stivers, que le hizo llegar con premura la lapicera con la sustancia dentro al prisionero.
Cuando pocos días después Göring terminó muerto en su celda, el soldado que lo había custodiado ató cabos. El medicamento no había sido otra cosa que cianuro. El criminal nazi, además, había tenido tiempo de regodearse por su final. En una carta alardeó que finalmente él había sido dueño de su propio destino, pero aseguró también que había tenido el cianuro en su poder desde el principio del juicio.
Esto último que dijo Göring era una verdad a medias. En efecto, los guardias de la prisión encontraron una cápsula de cianuro escondida en el forro de una maleta del nazi, pero que estaba absolutamente fuera de su alcance, en un depósito seguro del penal.

“No parecía que pensara en suicidarse”
Stivers decidió hablar casi 60 años después de aquel suceso porque lo perseguía el remordimiento y porque su propia hija, Linda, lo convenció de que revelara su historia: “Lo tenés que contar antes de irte”, le dijo.
“Nunca volví a ver a Mona”, confesó el exsoldado en su larga declaración a Los Ángeles Times y realizó una reflexión algo obvia: “Supongo que me utilizó”.
Más allá de que toda su historia indica que el suicidio de Göring aconteció gracias a su colaboración, Stivers trató de justificarse: “Nunca pensé en un suicidio cuando se lo llevé (el medicamento). Nunca parecía enfadado. No parecía que pensara en suicidarse. Nunca le habría entregado conscientemente algo si hubiera sabido que le serviría para evitar la horca”.

Pese a que está comprobado que en verdad Stivers estuvo entre los guardiacárceles de Göring y los demás enjuiciados nazis, no todos terminan de creer su relato. “Su historia es lo suficientemente loca para ser cierta. Pero no hay modo de saberla”, opinó en su momento Aaron Breitbart, del Centro Simon Wiesenthal de Los Ángeles.
En términos legales, es difícil saber qué tipo de delito militar habría cometido el soldado Stivers, pero de todas formas ya prescribió. Además, el exsoldado norteamericano falleció el 31 de mayo de 2018. Tenía 91 años y contaba con el alivio de no haberse llevado su verdad a la tumba.

