
Ubicados sobre el Océano Atlántico, los paradisíacos terrenos que pertenecieron a la viuda de JFK y su hija Caroline pueden ser visitados, aunque hay que cumplir algunos requisitos
La alarma de Alex Wilcox Cheek sonó unos minutos antes de las 10 de la mañana de un reciente domingo. Debía reservar un lugar para estacionar en el comienzo de un sendero ubicado en el extremo más alejado de la isla Martha’s Vineyard. La presión para este trámite, dijo, no era muy diferente a la de comprar las entradas más codiciadas para un concierto.
Más tarde pasaría una mañana entre los árboles —robles, tupelos, arces- retorcidos por el paso del tiempo y la bruma salina del océano Atlántico. Se preguntó: ¿Alguien habrá visto en persona estos árboles?
Era una pregunta razonable. Luego de ser propiedad privada por varias generaciones, más de 133 hectáreas en Aquinnah, que alguna vez pertenecieron a Jacqueline Kennedy Onassis y a su hija, Caroline Kennedy, fueron abiertas al público el año pasado como la Reserva Squibnocket Pond. Y en julio se añadió un nuevo sendero.
La propiedad incluye brezales azotados por el viento, arroyos burbujeantes y una playa exclusiva para nadar. No solo ofrece un ejemplo privilegiado de cómo una de las familias más famosas de la historia –de vuelta en el discurso social gracias a la serie Love Story y a la candidatura al Congreso de Jack Schlossberg, nieto de Jacqueline y JFK– ha disfrutado de la privacidad de la belleza natural. También abre un rincón de Martha’s Vineyard tan intacto que otras propiedades multimillonarias —y la crisis de acceso a la vivienda creada a raíz de ellas— parecen ni siquiera existir.
En 1978, Jacqueline Kennedy Onassis compró la propiedad, conocida como Red Gate Farm, por 1,1 millones de dólares. Caroline Kennedy y su esposo, Edwin Schlossberg, vendieron el terreno en 2020 por 27 millones de dólares a dos de los grupos conservacionistas más grandes de la isla, el Martha’s Vineyard Land Bank y la Sheriff’s Meadow Foundation (La propiedad llegó a ofrecerse a la venta en 65 millones de dólares).
La reserva está compuesta por dos terrenos separados. La entrada norte conduce a un recorrido por el bosque y la entrada sur tiene múltiples senderos, incluidos algunos que conducen a una playa de 80 metros de largo y, novedad de este verano, un camino que bordea el estanque Squibnocket. Allí, los visitantes pueden asomarse a una antigua cabaña de caza donde la ex primera dama solía organizar almuerzos.
El próximo año, las organizaciones de conservación esperan tener kayaks disponibles para usar en el estanque.

Pero llegar allí no es para los débiles de corazón. Los espacios del estacionamiento para acceder a la entrada sur están limitados a 10 lugares por día en verano y requieren una reserva online. La señal de celular es escasa. La presencia de garrapatas es constante. Y hay que caminar unos 25 minutos hasta el océano. “Nuestro objetivo desde el principio fue situar el inicio del sendero lejos, para que haya que caminar para llegar hasta allí”, dijo James Lengyel, director ejecutivo del Land Bank. “Y cuando por fin llegás, te vas a ser recompensado por el aislamiento y la posibilidad de disfrutar la naturaleza prácticamente en solitario”.
El santuario de Jackie
A finales de la década de 1970, Jackie Kennedy Onassis les dijo a sus hijos que “se había enamorado de las colinas onduladas, las dunas salvajes y los estanques silenciosos de Aquinnah”, escribió Caroline Kennedy en una carta a The Vineyard Gazette en 2019. “Mi madre creía que un verano en el Atlántico Norte era uno de los regalos más mágicos de la vida”.
Red Gate Farm, llamada así por el color de la puerta original que se encontraba al frente de la propiedad, “le proporcionó el santuario que necesitaba y la libertad de estar cerca de la naturaleza, de su familia, sus amigos y sus libros”, escribió su hija. “Fue una expresión perfecta de su espíritu romántico y aventurero”.
Kennedy Onassis fue mayormente bien recibida en el pueblo, tanto por sus esfuerzos en la preservación de la tierra como por mantener el estilo de vida de Vineyard: andar en bicicleta hasta el faro de Gay Head, remar en su kayak, revisar sus trampas para langostas, comer helado con sus nietos y mantener un perfil bajo.
La mayor parte de la venta de la propiedad tuvo lugar en diciembre de 2020 cuando se pagó 27 millones de dólares por 123 hectáreas. Un año después, el Land Bank compró un lote adicional de 13 hectáreas a la familia por 10 millones de dólares. (Caroline Kennedy declinó una entrevista para este artículo).
La familia Kennedy-Schlossberg mantuvo la casa con el tradicional estilo Cape Cod, la casa de huéspedes y las 38 hectáreas circundantes fuera de la transacción. Pero si alguien espera echar un vistazo al complejo de los Kennedy o encontrarse con Jack Schlossberg en la playa, no va a tener suerte. La reserva fue ubicada estratégicamente para mantener a salvo la privacidad de la familia.
Aun así, esta tierra está impregnada de recuerdos de los Kennedy: se podía ver a John F. Kennedy Jr. practicando windsurf en el estanque Squibnocket en la década de 1990, antes de morir en un accidente aéreo no lejos de la casa de la familia. Tatiana Schlossberg, la hija de Caroline Kennedy que murió en enero, se casó en la casa de la familia en 2017. Muchos isleños pueden recordar haber caminado por la playa del Atlántico y ser rechazados por un guardia armado cuando la familia estaba en la residencia.
La tierra y la tradición
Vivir todo el año en una comunidad donde la economía depende en gran medida de los turistas de verano siempre fue un baile difícil, y más aún en la última década, con los precios de las viviendas que se dispararon, afectando todas las facetas de la vida en la isla. Pero mucho antes de que surgiera el concepto de “lugar de vacaciones” o de “una Casa Blanca de verano”, esta tierra estaba —y sigue estando— habitada por la tribu Wampanoag de Gay Head (Aquinnah).
Los Wampanoag han vivido en la isla, conocida por ellos como Noepe, durante miles de años, con una comunidad tribal anclada en Aquinnah. La nueva reserva incluye muchos sitios como Black Brook y Witch Pond, que tienen sus raíces en la mitología Wampanoag.
Los líderes de los originarios dijeron que no fueron contactados por la familia Kennedy-Schlossberg antes de la venta, y que, de ser ese el caso, hubieran intentado encontrar una manera de devolver la tierra ancestral a su propiedad o administración.
“Ya sea que la compremos o no, deberíamos ser considerados”, dijo Kevin Devine, presidente de la tribu, en una entrevista.
Los miembros de esta etnia tienen derechos de acceso especiales a la tierra para fines de subsistencia, incluida la caza y la recolección.
En 2006, la familia Kennedy-Schlossberg hizo una donación de 100.000 dólares al comité de acceso a la vivienda del pueblo como parte de un nuevo plan de subdivisión. Para el Land Bank y la Sheriff’s Meadow Foundation, esa donación satisfizo la consideración de cualquier otra necesidad de acceso a la vivienda en la propiedad.
“Cuando mirás la costa desde Boston hasta Washington, hay muy poco que sea natural”, dijo Lengyel. “Así que cuando tenés la oportunidad de proteger algo natural dentro de esos polos, no hay que desperdiciarlo. Tenés que prestar atención”.
Pero Juli Vanderhoop, presidenta de la Junta de Selectores de Aquinnah y miembro de la tribu, dijo que la crisis de acceso a la vivienda que enfrenta la isla, que obligó a muchas familias a mudarse fuera de ella, era demasiado crítica para ignorarla. Vanderhoop dijo que le hubiera gustado ver que parte de la propiedad incluyera viviendas, y que la tribu hubiera administrado la tierra, como una forma de apoyar a las personas que llaman a Aquinnah su hogar.
“¿Qué responsabilidad tienen las organizaciones dedicadas a la conservación de devolver algo a las comunidades que albergan estos lugares tan especiales?”, dijo. “Realmente lo digo porque los estamos perdiendo.”
Vanderhoop, quien también es propietaria de Orange Peel Bakery en el pueblo, conoce bien la magia de este rincón de la isla.
Hay más de 30 especies raras en la propiedad, incluidas tortugas moteadas, orquídeas y aves playeras. Adam Moore, presidente de la Sheriff’s Meadow Foundation, admiró uno de los robles en una mañana reciente y notó los diferentes troncos que salían del tocón.
“Ese es un árbol que probablemente fue talado en algún momento”, dijo. “Por eso tiene uno, dos, tres —no, cuatro— troncos principales”.
Moore continuó más allá de la lavanda de mar y los parches de hiedra venenosa, cruzando pasarelas elevadas que zigzagueaban a través de dunas azotadas por el viento. El océano era al principio una franja en el horizonte, y luego se desplegó ante sus ojos, sin que hubiera otra persona a la vista.
“Cuidado de no perderse en la belleza mientras se camina por las pasarelas”, advirtió. “Casi me caigo de acá porque empecé a mirar hacia afuera”, dijo.
Una foca asomó la cabeza para saludar, mientras los charranes se deslizaban por la orilla del agua. El estado de la playa está en manos de las mareas: a veces es arenosa, a veces, rocosa. Pero una cosa es segura, dijo Moore: “Es una playa increíblemente hermosa”.
