
Irving Penn, ojos para la belleza
Referente de la fotografía del siglo XX, retrató a figuras como Truman Capote, Miles Davis e Ingmar Bergman en busca de imágenes perfectas. Su aporte a la moda fue fundamental. En el centenario de su nacimiento, el mundo le rinde tributo
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"Fotografiar un pastel puede ser un arte”, decía Irving Penn, uno de los fotógrafos más influyentes y prolíficos del siglo XX, quien, como pocos, lograba traspasar con su cámara la superficie de las personas y de las cosas. De ello dan cuenta sus imágenes para Vogue, sus trabajos publicitarios, y sus retratos de personajes famosos y de ciudadanos comunes, al igual que sus series etnográficas de América latina y África, y de desechos, como las colillas de cigarrillos que encontraba tiradas en la calle.
Amante de la belleza y la perfección, Penn desplegó su talento durante 70 años entre la fotografía comercial y las bellas artes. Como parte de las conmemoraciones por el centenario de su natalicio, el 24 de este mes, el Metropolitan Museum de Nueva York inaugurará Irving Penn: Centennial, una muestra con 150 imágenes donadas por la Fundación Irving Penn y otras 50 provenientes de una colección propia, que comenzó a forjarse en 1959. Las imágenes reflejan cada período de su extensa carrera. Entre ellas se cuentan las tomas icónicas de Lisa Fonssagrives, la primera top model sueca, que fue su mujer y maniquí; los niños quechua de Cusco, Perú; los hombres tribales de Nueva Guinea; retratos de trabajadores urbanos; fotos de flores a color; desnudos, y naturalezas muertas.
Sus admirados retratos de personajes famosos como Truman Capote, Pablo Picasso, Ingmar Bergman e Issey Miyake –con quien mantuvo una fructífera relación publicitaria, desde 1983 hasta 1999– también serán exhibidos, junto con una selección de dibujos pocos conocidos del artista. Según Jeff L. Rosenheim, curador del Departamento de Fotografías del Met, “una de las cosas que Penn se propuso fue explorar el lenguaje de la moda y llevarlo hacia el arte, y viceversa”. Algo palpable en esta exposición, que incluye un calendario internacional que tendrá al Grand Palais de París como primer destino, en septiembre.
Otra exhibición, Irving Penn: Beyond Beauty, se presenta hasta el 29 de mayo en el Frist Center for the Visual Arts, en Nashville. Se trata de una retrospectiva que abarca desde las primeras fotos de Penn, influenciadas por el surrealismo, hasta sus últimos trabajos, en los que exploraba la decadencia, con una línea de tiempo que va desde el presente hasta el pasado, y no al revés. La selección es parte de los archivos de la Fundación Irving Penn y también de la Fundación Smithsonian American Art Museum. “Sus fotografías, una mezcla única de elegancia clásica con innovación formal, fueron largamente observadas durante su larga carrera en la revista Vogue. Sus logros, sin embargo, se extienden más allá de las nociones convencionales de la representación de la belleza o la fama, para incorporar una reconsideración radical de cómo entendemos la moda, la fotografía y el arte, por separado, y en relación con cada una”, afirman los organizadores de la muestra cuya curadora es Merry Foresta, historiadora del arte y autora de numerosos catálogos de arte y fotografía de los Estados Unidos.
Nacido en junio de 1917, en Plainfield, Nueva Jersey, Penn fue el primogénito de un relojero y de una enfermera. Creció en Filadelfia junto con su hermano Arthur, quien era cinco años menor y que más tarde se convertiría en el director de películas como Bonnie and Clyde (1967). Desde 1934 hasta 1938 estudió diseño gráfico en la Escuela de Artes Industriales del Museo de Filadelfia –actual University of the Arts—. Su profesor estrella fue Alexey Brodovitch, el legendario director artístico de Harper’s Bazaar, que lo llevó a trabajar a la revista, y luego volvió a reclutarlo para Saks Fifth Avenue, donde Penn se encargó de rediseñar la publicidad de la tienda. Entre una cosa y otra, el joven diseñador comenzó a fotografiar las calles de Manhattan, hasta que sintió la necesidad de pintar y se marchó a México. Un año en medio de la exuberancia de ese país le permitió descubrir dos cosas: el hecho de que nunca sería un pintor sobresaliente y la importancia de la austeridad de la luz y la simplicidad de las formas, algo que sería vital en su futura carrera como fotógrafo, marcada por los contrastes entre el blanco y negro y por los fondos grises o blancos.
Cuando la Segunda Guerra Mundial casi llegaba a su fin, Penn fue enviado al frente, donde asistió a la armada británica en Italia e India. En su primer destino debió encargarse de conducir una ambulancia y nunca dejó de sacar fotos. Un día, por la calle, vio al pintor Giorgio de Chirico –uno de los fundadores de la pintura metafísica, referente del surrealismo–con una bolsa de compras y lo convenció de dejarse retratar. Esa imagen se convertiría en el primer retrato que el fotógrafo le hizo a un personaje famoso. En los años siguientes, Audrey Hepburn, Marlene Dietrich, Al Pacino, Alfred Hitchcock, Jean Cocteau, Colette, Capote, Francis Bacon, Salvador Dalí, Marcel Duchamp, Rudolph Nureyev y Miles Davis, entre otros, posarían para él.

De regreso en Nueva York, Penn recibió una oferta de otro genio editorial, Alexander Liberman, quien le propuso entrar en el Departamento de Arte de Vogue y modernizar la revista. Después de trabajar un tiempo como su asistente en Diseño, Liberman lo instó a que probara con la fotografía y Penn no tardó en convertirla en su pasión. “Como fotógrafo el realismo del mundo es casi insoportable para mí; hay demasiado dolor que reside en él”, dijo en una ocasión. La fotografía era su forma de escapar de ese oscuro escenario.
Con una cámara prestada tomó su primera imagen para Vogue: la de un guante, una correa y una cartera, publicada en portada en octubre de 1943. Con el tiempo llegaría a hacer unas 150 tapas, tanto de objetos como de personas. Pero, ¿cuál es la mayor contribución de Irving Penn a la fotografía de moda? “Sus imágenes para Vogue marcaron una nueva era en el estilo de presentación. Sus imágenes de la alta costura son una mezcla de arte y diseño que colabora con el arte de la moda –detalla la curadora Foresta a La Nación revista–. A parte de esto, son una colaboración con la modelo, que funciona menos como un maniquí que como una personalidad completa que aporta una dimensión física a la ropa... La colaboración entre vida y arte en las primeras fotos de Penn para Vogue establecieron un campo en el cual la estética del fotógrafo y de la moda podían ir mano a mano.”
En 1950, Penn conoció a Lisa Fonssagrives, quien además de modelo era una bailarina y escultora cuyos rasgos angulosos y porte estilizado y más bien frío inspirarían a los creativos de Disney para el personaje de Cruella de Vil, en los años 60. Juntos tuvieron un hijo, Tom –Lisa también tenía una hija de su matrimonio anterior con el fotógrafo Fernand Fonssagrives– y se amaron hasta la muerte de ella, a los 80 años, en 1992. Si bien Penn retrató posteriormente a supermodelos como Kate Moss y Gisele Bündchen con su Rolleiflex, fueron las imágenes que tomó de su esposa las que se cuentan entre las más simbólicas de su portfolio, entre otras, Harlequin dress, Rocha mermaid dress y Woman with roses.
LA FRAGILIDAD DEL MOMENTO
“Una buena fotografía es aquella que comunica un hecho, toca el corazón, cambia a una persona por haberla visto. Es, en una palabra, efectiva”, afirmaba Penn. Al respecto, Foresta señala que “cada una de las imágenes de Penn refleja de algún modo, pequeño o grande, una respuesta humana hacia el mundo. Aunque sutil, la foto de Lisa Fonssagrives-Penn con el vestido de sirena de Rochas (París, 1950) es, a primera vista, una imagen bella de una bella mujer usando un vestido exquisito. Pero su foto también presenta la situación del estudio: su telón de fondo y un mundo más árido, vacío. De esta forma, Penn también captura la fragilidad del momento, el aspecto artificial y temporal de la belleza”, analiza.
A lo largo de su vida profesional Penn puso en práctica la conocida frase “Menos es más” del arquitecto Mies van der Rohe. Nancy Hall-Duncan, autora del libro Historia de la fotografía de la moda (1979), explica en el foro Irving Penn at the Intersection of Art, Fashion and Photography, disponible en YouTube, que, a principios del siglo pasado, las fotos de moda eran, en realidad, ilustraciones coloreadas venidas de Europa. Luego, grandes fotógrafos como Cecil Beaton, Erwin Blumenfeld, Horst, Adolph de Meyer y Man Ray comenzaron a hacer sus propias imágenes, con el uso de decorados parisinos y locaciones raras, y a jugar con las sombras dramáticas y la luz. “Penn, en cambio, optó por sets moderados” y “revolucionó la moda” mediante aspectos como: claridad (simplificación y eliminación), fondos despojados, espacios pequeños (como sus fotos de personajes arrinconados en el estrecho ángulo en que se juntaban dos paredes), luz de día (septentrional) en el estudio, detalles (una manga o una parte del cuerpo de sus modelos, como las 12 espectaculares tomas de las manos de Miles Davis que capturó en 1986) y poses (que traslucían el interior de los retratados).
El fotógrafo pedía respeto por sus fotos de moda, que fueron el punto de partida de un trabajo mucho más amplio y en constante evolución. Había comenzado a hacer trabajos para publicidad en los años 50, cuando abrió su estudio en Manhattan. Fue una faceta en que brilló sobre todo mediante sus colaboraciones con Clinique, que comenzaron en 1974, duraron 30 años y dejaron campañas memorables. Esto coincidió con la época en que Penn fue interesándose cada vez más por la foto a color y las naturalezas muertas, en lugar de la gente.
Penn era un compositor de imágenes, que sentía fascinación por la textura del lienzo y trabajaba sus fotos como si fueran pinturas. En los años 60 aprendió a imprimir su propio material y revivió la técnica del platino-paladio, que había estado en auge a fines del siglo XIX. ¿El resultado? Tonos bellos y aterciopelados, además de un carácter más perdurable que otros métodos. También se interesó por hallar lo sensual en lo siniestro y lo provocativo en lo sencillo, algo que potenció Phyllis Posnick, la editora más rebelde de Vogue, con quien comenzó a trabajar en 1987. Como muestras: la foto Bee on lips (abeja en los labios) y Cut cream (con la cara de una modelo salpicada por leche-crema) de la serie Extreme beauty, de mediados de los 90.
En palabras de Rosenheim, el curador del Metropolitan Museum, “Penn podía hallar belleza incluso en los despojos de la sociedad moderna y, de hecho, lo hizo”. Además, creía firmemente en que es el arte el que nos hace humanos, convicción que lo acompañó hasta su muerte, a los 92 años, en 2009.
Versátil, imaginativo, riguroso y con una gran capacidad de trabajo, el artista podía resultar, de entrada, intimidante. Pero, en el interior de su estudio, donde reinaba la quietud, proveía seguridad a sus modelos. El actor Warren Beatty, quien fue fotografiado fumando un cigarrillo por Penn en 1967, tras el rodaje de Bonnie and Clyde, dijo que admiraba su sentido de perfección.
“Puedo obsesionarme con cualquier cosa si la miro el tiempo suficiente. Es la maldición de ser fotógrafo”, solía repetir Penn. Para el resto del mundo, su obsesión fue una bendición.





