
Juan Di Natale: el insolente
Es una de las voces más irreverentes de los medios radial y televisivo. Trabaja en la Rock & Pop (que acaba de cumplir 20 años en el aire) desde 1992, y sostiene que en la cultura de masas "no hay lugar para lo excepcional". En esta nota repasa su propia historia
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Nunca tuvo un plan.
Juan Di Natale dice que nunca tuvo un plan o que, al menos de chico, su plan era otro: pensaba que lo suyo eran las matemáticas o la contabilidad. Y fue tan otra cosa: estudiante de letras, profesor de semiología, locutor de Rock&Pop, socio de la revista Los Inrockuptibles, notero y conductor del programa televisivo Caiga Quien Caiga.
Y para todo eso no hubo un plan. Hubo, más bien, todo lo contrario: una concienzuda –y muy afortunada– improvisación.
–A los 15 años ya la matemática no me gustaba demasiado y la contabilidad no la entendía. Me gustaba leer. Pero trabajar en los medios no era ni siquiera una posibilidad.
El gusto por la lectura descendió como un ovni hasta su cuarto, de la mano de la colección del sello Minotauro que atesoraba Norberto, su hermano diez años mayor.
–A los 12 años yo ya había leído muchos libros de Calvino, todo El señor de los anillos, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Brian Aldis. Y después, de adolescente, Flaubert, Dostoievsky, clásicos del siglo XIX.
Era hijo de una familia común, de clase media. Su padre era jefe de personal de un laboratorio y su madre tenía una boutique en una galería del barrio de Caballito.
–Tuvieron durante treinta años un negocio ahí, con mi tía abuela. El negocio se llamaba Linelia, y había sido una mercería que manejaban mi abuela y sus dos hermanas: los nombres de las tres eran Lidia, Neldia y Elia: Li-ne-lia.
Fue su otro hermano, Alejandro, siete años mayor que él, quien lo llevó a su primer recital: un show de León Gieco en el gimnasio de un colegio de San Martín.
–Yo tendría 11 años. Era plena dictadura. A mí me gustaban mucho también Kiss y Queen. Cuando terminamos sexto grado hubo un acto y el plan de nuestro curso era disfrazarnos de Kiss. Y los de séptimo grado, que eran más grandes y más forzudos, nos robaron la idea. Terminamos haciendo a Village People, que era como la segunda opción.
Le tocó el personaje de obrero en esa banda que reunía a señores musculados con estética gay, provistos de ropajes que representaban diversos oficios.
–En esa época, todo lo que tenía que ver con la cultura gay tenía un componente subliminal que hacía que un chico de 11 años no tuviera ninguna lectura de eso. Yo era fanático de Village People, de Queen, y no andaba pensando si Freddie Mercury era gay o no. Y nadie te lo decía, además. No recuerdo a mis hermanos mayores o mis padres diciéndome algo que tuviera que ver con la vida sexual de mis ídolos. Bueno, el caso es que yo hacía el obrero: me había conseguido los Ray Ban que usaba el tipo, el casco amarillo, la camisa leñadora y un bigote que tenía que ser rubio, así que mi mamá me lo hizo con lana. Estábamos en pleno acto, haciendo la coreografía de YMCA, cuando se me cayó el bigote. Un bajón.
Del Pellegrini a Pergolini
Cuando terminó el colegio secundario en el Carlos Pellegrini, la idea de ser contador había desaparecido y quedaba, más bien, un horizonte de libros, de modo que empezó a estudiar Letras en la Universidad de Buenos Aires. Paralelamente, y durante seis meses, estudió Periodismo en el Instituto Grafotécnico. En los 90 consiguió un cargo docente como ayudante de segunda de la cátedra de Semiología, y presentó un proyecto de investigación sobre el entrecruzamiento de la vida de los escritores en la obra de cada uno. Y entonces, en esa existencia sin planes precisos, apareció la posibilidad, de la mano de su amigo y compañero de colegio Leo Fernández, de hacer un programa en Radio Belgrano. Casi inmediatamente, en 1991, empezó a trabajar como notero en La tevé ataca, el programa televisivo de Mario Pergolini. En 1992 le ofrecieron un espacio en Rock&Pop –la radio que ideó Daniel Grinbank hace 20 años–, y así comenzó su carrera, con un programa llamado Se nos viene la noche, al que se sumó, en 1993, Sábado maldito, que en los últimos tiempos mutó a Day Tripper.
–Ya había renunciado a la facultad, en el 91. Es que sentía que esa imagen que mis alumnos veían por la tele era incompatible con el lugar de profesor. Me veían haciendo payasadas por televisión y yo después pretendía darles clases de semiología. Seguramente no entré a la tele desprejuiciado, pensé que era un medio frívolo. Pero después, con el tiempo, entendí que la frivolidad está en todas partes, y no hay menos en un ambiente académico que en la tele, la moda o el rock. Frivolidad y tontería hay en todos los ámbitos. Hasta en la Facultad de Filosofía y Letras. Los intelectuales no viven todo el tiempo dedicados a pensamientos elevados. Pero a mí empezaron a ponerme una etiqueta que yo detesto: el intelectual de la tele. Yo no soy intelectual. Pero esto tiene que ver con lo rudimentaria que es la manera de hablar y razonar de la gente de la tele o la radio, y entonces, comparado con eso, cualquiera que terminó la secundaria parece un intelectual. Es un mote torpe, porque qué quiere decir. ¿Que uso palabras esdrújulas, que no digo vistes? La verdad, no siento que haya algo de gran valor en lo que hago.
–Eso es como decir que lo que vos hacés lo podría hacer cualquiera.
–Y, no sé si cualquiera, pero mucha gente lo podría hacer. Por distintos motivos, las oportunidades las tienen unos y no otros, pero no me considero una persona particularmente talentosa. He desarrollado un oficio y debía de tener, supongo, una aptitud para trabajar con la palabra, o tener una respuesta más rápida que la media en un determinado contexto. Pero no es excepcional. Porque si fuera excepcional no funcionaría. La gente en general no consume lo excepcional en los medios. Y, acá, de lo que se trata es de que te escuche y te vea la mayor cantidad de gente posible. Lo excepcional no resulta atractivo para la industria del entretenimiento. En la cultura de masas no hay mucho lugar para lo excepcional. Me parece que lo excepcional circula por otros lados.
–¿Y a qué le llamás excepcional?
–Y, es el don, el talento. En la música se da mucho eso, cuando das con algo que suena como de otro mundo, totalmente ajeno a ese sonido que predomina en la radio, en la tele en los bares. Esa no es una propuesta a la que accede el gran público porque resulta casi intolerable, inaudible, ruido. El ruido sólo llega a ser escuchado por la gente si se hace digerible. Y entonces ese ruido gana, pero gana perdiendo, porque tiene que negociar para encajar en ese molde. Pasó con la música electrónica, con el punk rock.
–¿Y vos negociaste o sentís que nunca estuviste en estado de excepción?
–Yo pienso que todo el tiempo tenés que negociar. Que la negociación tiene que ver con aceptar las reglas del juego en el medio en que te toca trabajar. A mí, si me dieran a elegir, preferiría no pasar la música que paso todos los días por la radio. Tengo un rato para pasar lo que yo quiero, pero tengo que cumplir con una serie de compromisos. Si me dan a elegir, preferiría no hablar todo el tiempo de conciertos que no son los que más me gustan. Pero es un compromiso que tengo que tomar porque trabajo en una empresa que tiene intereses, entre ellos la promoción de conciertos. Es la famosa "industria del entretenimiento". Mi trabajo, supongo, es entretener. Es el trabajo que tenés cuando estás poniendo tu cara o tu voz en un medio. Esto puede adoptar distintas formas, y podés nutrirte de distintos recursos, pero el único objetivo es entretener y que el que está viendo o escuchando se quede ahí cuando llegue el momento de venderle lo que le querés vender.
–El pase de CQC a Telefé se planteó como cuestión de principios: no podemos estar en el mismo espacio porque tenemos ADN incompatible con Tinelli. Tinelli también es industria del entretenimiento.
–Por supuesto. Pero son graduaciones. Yo soy un peón en este caso. Me parece, de todos modos, que cuando en televisión se habla mal de otro personaje que sale por la tele, tiene que ver con el rol que le toca a uno y a otro. Estamos hablando desde el personaje, y a lo mejor nos cruzamos en la calle y nos saludamos. A mí igual eso me incomoda un poco. Lo bueno sería que todo el mundo supiera que es así. Si no es como que estás engañando al espectador, que puede creer que hay un conflicto real cuando en realidad están viendo una gran representación.
–Con Tinelli parecía más personal.
–Sí, bueno, en realidad a mí no me llega mucho de eso. Estoy seguro de que en la decisión que tomaron Diego y Mario hay convicciones personales, pero supongo que no hay un único motivo para tomar una decisión así. Son muchas personas las que laburan en un programa, y de este tipo de decisiones depende el trabajo de mucha gente.
A partir de 1995, Juan dejó de ser sólo una voz en la radio para ser, además, una cara conocida: su pelo incandescente, su tez blanca, sus ojos de hielo, su sonrisa de lobo, asomaron en Caiga Quien Caiga con la forma de notero ácido. El explotaba su cara inmutable para hundir, sin miramientos, estocadas a fondo con una corrección idiomática digna de un lord inglés y una rapidez de centella a la hora de repreguntar: Carlos Corach (ex funcionario del gobierno de Carlos Menem) huía de su presencia y la por entonces ministra de Educación Susana Decibe la pasó mal cuando él le preguntó por la capital de Sri Lanka y el Teorema de Pitágoras. En 1999, CQC hizo un intervalo y recomenzó en 2001, pero entonces él ya no salió a la calle a hacer notas: permaneció en el piso, a la izquierda de Mario Pergolini, descerrajando inusuales gotas de humor negro.
–No extraño para nada ser notero. Lo que menos soportaba era la presión del entorno. Cuando estás en un lugar y tenés que hacer tu trabajo, te encontrás con que están quienes quieren impedirte que lo hagas, los que te sugieren ideas, los que quieren que les mandes saludos. No es lo mismo hacer una nota en el Malba que en la cancha de Almirante Brown, con cuatro duhaldistas que no quieren que le digas nada a Chiche y te dicen que te van a romper la cara a trompadas. Extrañaría no hacer radio, pero no el hecho de que la gente no me reconozca por la calle.
Para saber más
www.fmrockandpop. com
Perfil Di Natale, año por año
- Nació en Buenos Aires, estudió en el Colegio Carlos Pellegrini y siguió Letras en la Universidad de Buenos Aires.
- En 1992 tuvo su primer trabajo en la radio. Fue en Rock& Pop y el programa se llamó Se nos viene la noche. Desde 1993 –y durante años– hizo, además, Sábado maldito. En los últimos tiempos hace Day Tripper, de lunes a viernes.
- En 1995 comenzó a trabajar como notero y conductor en el programa televisivo Caiga Quien Caiga. En 2001 decidió que sería sólo conductor del ciclo QCQ.





