La caja azul, el primer invento de los creadores de Apple que usaron para hacer una broma al Vaticano: “Hola, soy Kissinger”
Steve Wozniak y Steve Jobs crearon una caja azul digital para telefonear gratis a cualquier parte del mundo; en broma, intentaron comunicarse con Paulo VI haciéndose pasar por Kissinger y Nixon
5 minutos de lectura'
A comienzos de los 70, antes de fundar Apple y redefinir la industria tecnológica, Steve Wozniak y Steve Jobs diseñaron y vendieron la "blue box", o “caja azul”, un dispositivo capaz de hackear el sistema telefónico global y hacer llamadas gratuitas a cualquier parte del mundo. Fue el primer proyecto en el que trabajaron juntos y que, como más tarde diría el propio Jobs, dio el puntapié para lo que se transformó rápidamente en una de las colaboraciones más emblemáticas del mundo tecnológico.

Engañar a la red
La historia empieza en 1971, cuando Wozniak leyó en la revista Esquire un artículo sobre los "phone phreaks", hackers que habían descubierto cómo manipular la red de AT&T, una de las empresas de telecomunicaciones más grandes del mundo, mediante tonos. La fascinación fue inmediata. Al instante, tuvieron una revelación: ellos podrían construir su propia versión. Wozniak puso manos a la obra y creó una caja azul digital, más estable y exacta que la analógica ya existente.

El resultado fue, en palabras de Jobs, algo único: “Estábamos fascinados. Construimos la mejor del mundo, la primera caja azul digital del mundo. Las regalábamos a nuestros amigos y las usábamos nosotros”. El dispositivo emitía combinaciones de tonos que engañaban a la red telefónica y abrían el acceso a funciones reservadas a operadores. En términos prácticos, significaba poder llamar gratis a cualquier lugar del planeta.
El mundo en sus manos
El dispositivo no quedó en un mero experimento. Mientras Jobs veía a Wozniak hacer demostraciones en dormitorios universitarios de Berkeley, entendió que había una oportunidad comercial. Propuso venderlas por unos 150 o 170 dólares y salieron a ofrecerlas “puerta a puerta”.
“Experiencias como esa nos enseñaron el poder de las ideas. El poder de comprender que si podés construir esta caja, podés controlar cientos de miles de millones de dólares en todo el mundo, es algo poderoso. Si no hubiéramos fabricado cajas azules, no habría existido Apple”, diría Jobs años más tarde. “Para nosotros fue algo milagroso. Las cajas llevaban una notita escrita por nosotros que decía: ‘tiene el mundo en sus manos’”.
Tenían un protocolo de seguridad rudimentario. A menudo usaban seudónimos: Wozniak era “Berkeley Blue” y Jobs era “Oaf Tobark”.

“Voy a llamar al papa”
Para Wozniak, en cambio, había otro costado igual de importante: el juego. “Nunca hice hacking malicioso. Hacíamos cosas por diversión”, recordaría. No era solo un genio tecnológico, como su compañero. También se dejaba dominar constantemente por su sentido del humor. El escritor Phil Lapsley en el libro Exploding the phone (Explotando el teléfono), describe y cuenta: “A Wozniak siempre le habían encantado las bromas, sobre todo las ingeniosas y de alta tecnología. Por ejemplo, en su primer año de universidad construyó un pequeño circuito que interfería con los televisores, y lo usaba para molestar a sus compañeros de residencia manipulando subrepticiamente la recepción del televisor compartido”.

Enseguida se dio cuenta de que su “caja azul” también tenía potencial para las bromas. Así, un día se le ocurrió que debían llamar al Vaticano y pedir hablar con el Papa. En aquellos tiempos, el Sumo Pontífice era Paulo VI.
Años más tarde, en una entrevista con Marc Fennel para el canal australiano de YouTube SBS The Feed, entraría en detalles. El periodista arrancó yendo al grano: “¿Es cierto que una vez fingiste ser Henry Kissinger y llamaste al Papa?“. Entre risas, Woz abordó la cuestión y contó la gestación de la broma.

“Es totalmente cierto. Esto fue en mis días universitarios, hace mucho tiempo, décadas. Tenía un pequeño dispositivo llamado ‘caja azul’, que hacía bip bip bip [sic] en teléfonos americanos y te permitía llamar gratis a cualquier parte del mundo. Para presumir, solía llamar a París y, una vez, a modo de chiste, dije: 'Bueno, voy a llamar al Papa‘. Pero como para que pasen la llamada tenés que decir que sos alguien, telefoneé a Italia, pedí por Roma y por el Vaticano, me atendieron y dije: ‘Soy Henry Kissinger acá con Richard Nixon en la reunión cumbre en Moscú. Nos gustaría hablar con el Papa’“.
—¿Al menos fingiste el acento?
–Esperá. En el momento solo estaba hablando con una operadora, así que al principio, no hablé con ningún acento. Ella respondió: “Son las 5.30 de la mañana, está durmiendo”. Y contesté: “Despiértelo. Lo voy a llamar de nuevo en una hora”. Llamé a la hora y empecé a usar un acento. Dije: “Solo llamo para hacer una confesión”.

El final de la broma, contado por él mismo, fue el siguiente: “Bueno, una hora después volví a llamar y ella dijo: ‘De acuerdo, pondremos al obispo, que será el traductor’. Entonces le dije, todavía con ese fuerte acento: ‘Dees es el señor Kissinger’. Y él dijo: ‘Mire, acabo de hablar con el señor Kissinger hace una hora’. Habían comprobado mi historia y habían llamado al verdadero Kissinger en Moscú”.
Es decir que la broma cae antes de completarse, pero había llegado lo suficientemente lejos como para convertirse en leyenda.
1Rituales de Luna llena rosa para este jueves 2 de abril
2“La flota no se fue, se replegó”: las memorias de dos marinos que combatieron en Malvinas embarcados en destructores
3¿Cuáles son los riesgos de guardar la carne y el pollo en la misma bolsa del supermercado?
4Convertí tu jardín en un santuario natural: el método en tres pasos para atraer aves






