srcset

Historias para conocer

La curiosa historia del matrimonio que trajo su casa desarmada de Japón y montó un museo

Pablo Mascareño
(0)
26 de julio de 2019  • 00:58

En un rincón de Boulogne, al norte del conurbano bonaerense, en San Isidro, los dieciocho mil kilómetros que separan a la Argentina de Japón parecen acortarse. Testeo ilusorio y tangible a la vez. Es que allí, rodeada de naturaleza, se yergue una imponente construcción que transporta espiritualmente a sus visitantes. Una Minka original, con 300 años de antigüedad, sorprende tras un paredón que esconde el tesoro que pocos conocen. Se trata de un tipo de vivienda campesina que forma parte de la más pura tradición arquitectónica japonesa. Minka significa: "Casas de la gente".

De eso se trata. Su origen ancestral convierte hoy a una Minka en un lugar de preservación histórica y de reverencia a los ritos y hábitos atávicos. Patricia y Guillermo Bierregaard son los responsables de la proeza que tiene mucho de aventura. Este matrimonio de argentinos vivió, desde 1973, poco más de tres décadas en Japón, lo que le permitió embeberse de esa filosofía oriental que hoy comparten en esta casa que, además de ser un museo con un acervo de arte sumamente rico, es la vivienda de la pareja. Y si, de por sí, una réplica hubiese despertado interés, acá se trata de piezas originales que, bajo un sistema de encastres, constituyen esta monumental construcción que fue traída desarmada a bordo de un buque.

El silencio invita a meditar. Y desmiente que estemos a pocas cuadras de una estallada autopista Panamericana. Atravesar el amplio parque se convierte en un viaje a otro orden espiritual y a encontrarse con una formidable colección de piezas escultóricas e instalaciones de destacados artistas japoneses. "Para nosotros, el gran planteo fue el regreso. Cuando decidimos la vuelta a la Argentina, nos preguntamos cómo hacer para poder transmitir una experiencia tan enriquecedora y que eso no se limite a una charla con los amigos. Ahí nace la idea de crear algo que tenga que ver con lo cultural", explica Guillermo Bierregaard a LA NACIÓN, mientras camina por la nutrida vegetación que rodea a su propiedad.

Crédito: Victoria Gesualdi/AFV

Las visitas guiadas a La Casa de Japón duran dos horas y están abiertas a todo público, pero son celebradas, especialmente, por los amantes del arte, los que sienten empatía por la filosofía de vida oriental y por quienes desean experimentar, en primera persona, el tránsito por los ambientes de esta vivienda tan particular que esconde un curioso sistema de construcción. Una excusa apasionante para sumergirse en otro mundo. Aquel mundo.

Oriente en Buenos Aires

A la vista del visitante, esta Minka emplazada en el Partido de San Isidro resulta opulenta, imponente, pero, en realidad, se trata de una construcción de características sencillas que era utilizada para ser habitada por los campesinos, artesanos y comerciantes, las tres castas no samuráis, en una suerte de organización comunitaria. "Esta propiedad estaba ubicada a 1800 metros de altura, en los Alpes. En invierno, no había caminos, así que se hacían diversos trabajos aquí dentro para poder sobrevivir", explica Guillermo. La Minka se contrapone con las casas pequeñas del campesinado, que dialogan con el poco espacio existente en la geografía del país asiático.

"Lo que nosotros sabemos de la casa es que actuó como campamento militar. Esto está relacionado con la época en la que Japón le cerró las puertas al mundo en 1603. Eran los tiempos de Tokugawa, gobernaban los militares y la capital se llamaba Edo. Cuando Japón se unifica, en 1868, comienza el tiempo del emperador Meiji. En ese momento, desaparece el feudalismo, entonces estos campamentos ya no tenían razón de ser. Por ese entonces, la parte de arriba de esta casa se convirtió en una fábrica de sake, porque la familia que la habitaba se sostenía con eso", enuncia Guillermo, mientras su mujer Patricia prepara un exquisito té verde en vasijas originales. "Más allá de habitar esta casa, tratamos de continuar con varias de las tradiciones. Nos sentimos hermanados por esta cultura, aunque también reconocemos que Argentina es nuestro lugar", explica Patricia sobre la dualidad Oriente-Occidente que ha marcado la vida del matrimonio que no ha tenido hijos, pero que depositó en esta vivienda museo un legado para futuras generaciones.

Crédito: Victoria Gesualdi/AFV

Los Bierregaard hablan pausado, con refinamiento. Su historia es, por cierto, atípica. El vínculo de Patricia con Asia remite a su infancia: su padre fue Agregado Comercial en la Embajada Argentina en Japón y, años más tarde, ella misma desempeñó tareas para Japan Airlines. Guillermo, por su parte, había terminado la carrera de ingeniería y recibido, a sus 26 años, una oferta para trabajar en el país asiático. Durante muchos años, se desempeñó en el campo de la publicidad, ofreciendo servicios para una de las agencias más importantes del mundo con más de cinco mil empleados. En aquellos meses iniciáticos, todo estaba dado para armar el equipaje y partir en busca de realizaciones personales, una vida diferente. "Jamás pensamos en quedarnos tanto tiempo. Aunque no hablábamos de plazos", confiesa ella. Su marido reconoce que "hablar de tiempos para el regreso hubiese significado no poder organizar ningún proyecto allá".

A pesar del crecimiento laboral, las diferencias en el estilo de vida se convirtió en uno de los motivos para pensar en el regreso a la Argentina: "Vivir en una cultura de tradición tan ancestral implica que uno tiene que seguir las costumbres como parte de la vida cotidiana. El individuo no se puede desarrollar a través de sus principios, uno tiene que despojarse de todo lo occidental. En el día a día, cuando terminaba mis actividades, me sentía algo fuera de esa cultura", dice Guillermo apelando a un lógico sentido común y dejando en claro que las raíces eran un llamado para volver.

Una hazaña de varias décadas

Así como Eugene O´Neill plasmó aquella idea del Largo viaje del día hacia la noche, el derrotero de esta Minka bien podría constituirse en una aventura literaria por sí misma, un largo periplo de Oriente a Occidente de varias décadas. O, en términos más aventureros, una travesía digna de Julio Verne. En 1979, apareció la posibilidad de adquirir la vivienda. En cierta forma, fue la excusa para pensar en un posible regreso y en acercar a la Argentina todo aquello lactado en Japón: "Ante una cultura tan rica, es muy difícil sustraerse", explica Guillermo, mientras que su mujer reconoce que "no todos los amigos ni familiares entendieron nuestra permanencia allá y este proyecto que trajimos con nosotros".

Guillermo tenía 34 años cuando adquirieron la casa: "No teníamos ayuda y necesitábamos tiempo para conocer sobre la cultura y el arte. Ni bien la compramos, la hicimos desarmar. Quedó cinco años guardada en un tinglado generado para ese propósito". Cuando se decidió que la Minka ocuparía un destino en tierras bonaerenses, sus partes fueron trasladadas 350 kilómetros hasta los diques del puerto de Nagoya, uno de los centros de comercialización y embarque más importantes del país. "Allí encontramos un predio donde la volvimos a edificar en un ochenta por ciento porque, antes de traerla, teníamos que estar seguros que no íbamos a tener problemas con los encastres por los deterioros sufridos por filtraciones o el trabajo de los insectos sobre la madera. Ahí se hizo un ajuste en la disposición de la casa para convertirla en museo. Cada pieza fue enumerada antes de ser embarcada", explica el ingeniero Bierregaard.

Crédito: Victoria Gesualdi/AFV

Nada de réplicas. Acá todo es original. Los mil metros cuadrados de la construcción se armaron a través de un inteligente sistema de encastres. Columnas y vigas de madera, una base de piedra, y hasta ventanas de papel a la usanza oriental. El bambú es otra de las estrellas de la construcción. El sistema es de tal fortaleza que permite soportar lo inhóspito del clima rural japonés donde los temblores y los tifones tienen cierta asiduidad. Ya lo decía el proverbio oriental: la nieve no rompe las ramas del sauce.

En la última planta se encuentra la gran buhardilla, el espacio de intimidad del matrimonio. Un amplio living con equipo de música incluido y una cocina de ensueño. Todo reluce. Acético y cuidadosamente dispuesto. Minimalismo en estado puro. No hay opulencia sino buen gusto. No hay desaforados signos de bienestar sino arte contando algo en cada escondrijo, emanando sabiduría Zen. Guillermo se pasea mostrando cada rincón con el orgullo de saberse uno de los responsables de la proeza. Patricia tiene perfil más bajo, e insiste en que la historia personal no tiene valor, sino la casa y los objetos que conforman la muestra de arte moderno. Un patrimonio tangible y simbólico al mismo tiempo.

El montaje en Argentina fue todo un desafío y requirió de una logística sumamente cuidada: "Trajimos carpinteros y trabajadores locales para que la vuelvan a armar porque conocen las técnicas antiguas que permiten el montaje de este tipo de casas. Eso es algo que se transmite de generación en generación. Ellos son los únicos que lo pueden hacer. De hecho, fue la única condición que pusimos al comprarla: que quienes la desarmaran allá, la tenían que armar acá. Fue una odisea, vinieron carpinteros que nunca habían salido de Japón. En tres semanas se montó la estructura. Luego estuvimos 22 años terminándola. Acá no se enseña arquitectura del Asia, así que fue complejo el proceso de finalización", reconoce Guillermo rememorando aquella experiencia de pasión y perseverancia.

Hombre y naturaleza

El amplio parque, que rodea la casa en 360 grados, es otro de los grandes atractivos. Está diseñado de manera tal que replica, en buena medida, el tipo de vegetación japonesa. Patricia repasa las especies y se enorgullece de la importancia del jardín: "Para el hombre japonés, la naturaleza es fundamental. Es fuente de energía insustituible".

La concepción que se tiene de la naturaleza es sumamente interesante. El jardín debe ser una parte constitutiva de la casa, como lo es el hombre dentro de la naturaleza. No son compartimentos estancos. Ambos conforman una unidad armónica de vida. Incluso las formas del parque están en armonía con la construcción. Las obras de arte emplazadas sobre el césped replican los movimientos y curvaturas de la naturaleza, como la metafórica pieza de granito que reproduce el movimiento de las olas. Nada está librado al azar. Todo tiene un sentido, una razón y su coherencia.

La temperatura ambiente de la inmensa planta baja de la casa no es asfixiante. Al contrario. El frío externo parece filtrarse en el interior. Es que para la cultura oriental lo binario sostenido en la relación interior exterior no es concebido como dualidad. La filosofía indica que uno es naturaleza y, por lo tanto, no se debe invadir sobre ella sino acompañar sus ciclos.

Crédito: Victoria Gesualdi/AFV

Los cerezos y la superficie de hojas caídas transportan emocionalmente. En ese jardín que abraza a la Minka, se pierde la noción de territorialidad. Se convierte en un viaje alucinado. El interior de la casa no tiene cortinas sino biombos. El desplazamiento de los mismos permite la visual imponente de los árboles. "Dejamos de vivir en sintonía con la naturaleza", se lamenta Patricia mientras vuelve a ofrecer una taza de té sin artificios endulzantes.

El museo

Si la construcción original es, en sí misma, una obra de arte y un motivo de interés para el visitante, la colección de piezas escultóricas desafía los sentidos. "Convertir la vida en arte", comparten a dúo a modo de sustento filosófico de su existencia.

Es la mayor colección de arte moderno japonés fuera del país, cuenta con 850 piezas de exquisito valor artístico. "Cubrimos la época moderna, que es cuando Japón se unifica. Las obras hechas con anterioridad tenían que ver con zonas o áreas, mientras que hoy los artistas producen sus piezas de manera independiente", explica Guillermo.

A pesar de conservar el metraje, forma de encastre y tipos de materiales originales, algunos ambientes de la Minka fueron acondicionados para albergar la colección. Un gran espacio central parece ocupar el centro del interés de la casa. Allí se pueden apreciar varias instalaciones que van significando de acuerdo al rincón donde esté parado el visitante. "El valor reside en lo que la pieza representa, no lo que uno ve", explica el ingeniero Bierregaard.

Como sucede con el arte, las obras remiten a la sensibilidad humana. Una de las instalaciones más significativas es Sinfonía, de Miwa Kazuhiko, que conecta con las emociones de acuerdo al punto de vista del espectador en un abanico de valores cromáticos que es una verdadera paleta de colores emocional.

Crédito: Victoria Gesualdi/AFV

Visitar la Casa de Japón es transportarse en un viaje físico y sensorial. Al salir, luego del recorrido de dos horas, algo queda impregnado en el visitante. Quizás la semilla de un deseo hacia una vida más despojada, en contacto directo con la naturaleza y con menos artilugios de la modernidad. Filosofía oriental, sabiduría Zen y el arte como vehículo entre un estadío terrenal y una elevación espiritual. Como en Japón, pero en San Isidro.

La Casa de Japón. Cap. Juan de San Martín 1596, Boulogne, San Isidro. Visitas guiadas con reserva previa. Tel. 011 4737-9293 / minka_en@yahoo.com.ar

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.